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Temen que la IA y los robots gobiernen a la humanidad

Los principales CEOS insisten sobre los riesgos de los sistemas automatizados. Alerta por los humanoides

Los robots cada vez reemplazan más tareas humanas / AFP

Por Redacción

La inteligencia artificial atraviesa una carrera tecnológica en la que cada avance promete nuevas capacidades, pero también abre interrogantes sobre seguridad y control. Y miedo.

Por eso, algunos de los principales ejecutivos del sector comenzaron a plantear una idea incómoda para Silicon Valley: reducir el ritmo de desarrollo para comprender mejor los riesgos antes de seguir avanzando.

Dario Amodei, director ejecutivo de Anthropic, defendió una desaceleración coordinada de la IA global avanzada y recibió el respaldo de Sam Altman, de OpenAI; Elon Musk, de xAI; Demis Hassabis, de Google DeepMind; y Satya Nadella, de Microsoft.

Pero la competencia empresarial, la disputa entre Estados Unidos y China y la reticencia del gobierno de Donald Trump complican cualquier intento de poner un freno común.

¿QUÉ PROPONEN LOS LÍDERES?

Amodei -respaldado por Altman, Musk, Hassabis y Nadella- propone coordinar a las compañías para moderar el desarrollo de los sistemas más avanzados y estudiar mejor sus consecuencias. No plantea abandonar la innovación, sino establecer un ritmo que permita evaluar capacidades todavía difíciles de controlar.

¿POR QUÉ AHORA?

El pedido aparece cuando la IA ingresa en una etapa de mayor autonomía. Los modelos ya pueden ejecutar tareas, interactuar con servicios digitales y encadenar acciones con menor intervención humana. Amodei llegó a advertir que un enjambre de agentes podría apoderarse de internet en seis a 12 meses si no se acuerda una desaceleración.

¿REDUCIR LA VELOCIDAD POR SU CUENTA?

La principal contradicción es que las grandes empresas pueden reconocer públicamente los peligros, pero ninguna quiere ser la primera en levantar el pie del acelerador mientras sus rivales continúan avanzando. Hay inversiones multimillonarias y posiciones de mercado en juego.

El problema es que una pausa voluntaria tiene un costo inmediato. Si una empresa demora el lanzamiento de un modelo mientras otra avanza, puede perder clientes, inversión y talento. Esa presión crea un incentivo permanente para interpretar la seguridad como una carrera más: todos quieren demostrar que sus controles son mejores, pero ninguno quiere ser quien reduzca primero la velocidad.

Amodei se mostró dispuesto a coordinarse con competidores, aunque planteó inicialmente hacerlo entre países democráticos y excluir a China. La ausencia de un acuerdo deja a cada compañía ante el mismo dilema: moderarse por seguridad puede significar perder terreno.

¿MANIOBRA MARKETINERA?

El llamado de Amodei también despertó sospechas. Para algunos empresarios y figuras del capital de riesgo, la defensa de una IA más segura puede beneficiar a las compañías que ya cuentan con recursos para cumplir normas exigentes.

Brian Roemmele interpretó el discurso como una estrategia comercial, especialmente por la posible salida de Anthropic a bolsa. Otros inversores hablaron de “captura regulatoria”: que nuevas reglas consoliden la posición de las empresas grandes y dificulten la entrada de competidores.

¿PUEDE FRENARSE LA IA SIN APOYO DEL GOBIERNO DE TRUMP?

Trump rechazó los llamados a desacelerar y calificó las advertencias más alarmistas como una “enferma conspiración”. En otro mensaje, sostuvo que el temor a que la IA tome el control del mundo y destruya a la humanidad es una “PATRAÑA”.

Trump considera que Estados Unidos debe conservar su ventaja sobre China y que una regulación demasiado dura podría entregarle esa ventaja a su rival. El presidente resumió su visión con otra frase: “¡QUIEN GANE LA IA, GANA!”. Amodei, Altman y Hassabis sostienen, en cambio, que las empresas no pueden ser al mismo tiempo desarrolladoras, evaluadoras de riesgos y creadoras de reglas. A su juicio, hace falta supervisión pública porque los incentivos comerciales empujan a acelerar.

¿UNA PAUSA SIN CHINA?

La dificultad aumenta con Beijing. Amodei sostiene que un liderazgo chino en IA supondría un grave peligro y reclama mantener restricciones sobre los chips de última generación y los equipos para fabricarlos. Su propuesta combina una desaceleración en seguridad con medidas destinadas a conservar la ventaja estadounidense.

La inteligencia artificial avanza más rápido que las reglas para controlarla

El conflicto con China agrega otra dificultad. Amodei ha defendido controles de exportación más estrictos para los chips estadounidenses avanzados y mayores salvaguardas contra la apropiación de tecnologías occidentales. Pero Beijing interpreta esas medidas como parte de una estrategia de contención. Así, una propuesta presentada como mecanismo de seguridad termina vinculada a la disputa por el liderazgo tecnológico.

China rechazó esa lógica. Guo Jiakun, portavoz de su Ministerio de Exteriores, afirmó que “el alarmismo, la confrontación y la competencia despiadada solo perturbarán el proceso de gobernanza global de la IA, lo cual no beneficia a nadie”. Beijing defiende la cooperación internacional y rechaza que Estados Unidos imponga su propio marco.

¿QUÉ PASA CON EL TRABAJO?

El avance de la IA y de los robots también expone cada vez más tareas humanas a la automatización. La IA puede asumir funciones cognitivas y digitales como redactar, traducir, analizar datos, programar o procesar documentos, mientras los robots avanzan sobre tareas físicas y repetitivas en fábricas, depósitos, logística, agricultura y servicios.

Los trabajos más expuestos son aquellos con tareas repetitivas, predecibles y fácilmente digitalizables: carga de datos, administración rutinaria, cajeros, telemarketing, contabilidad básica, producción de contenidos simples y determinadas funciones de programación. En el terreno físico, aumenta la presión sobre puestos vinculados con manufactura, almacenamiento, transporte y reparto.

En cambio, presentan mayor resistencia los trabajos que requieren interacción humana, adaptación a situaciones imprevisibles, responsabilidad, negociación o habilidades manuales complejas, como enfermería, cuidados, docencia, trabajo social, electricidad, plomería y mantenimiento.

La automatización no implica necesariamente desempleo masivo: muchas veces reemplaza tareas y transforma puestos. Pero puede hacer que una empresa necesite menos personas para producir lo mismo y, al mismo tiempo, crear nuevos empleos vinculados con programación, supervisión, mantenimiento y control de IA y robots. El desafío será determinar quién se beneficia de ese aumento de productividad y qué ocurre con los trabajadores desplazados.

La paradoja es evidente: para desacelerar habría que coordinar a los principales desarrolladores, pero Estados Unidos y China compiten por dominar tecnologías que podrían definir la economía y la seguridad de las próximas décadas. Desacelerar no significa necesariamente detener la innovación, sino decidir cuánto riesgo está dispuesto a aceptar el mundo antes de que la tecnología avance más rápido que su capacidad para controlarla.

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