Detrás de una urna de cristal antibalas, el abogado Abelardo de la Espriella se convirtió en un fenómeno político que combinó espectáculo, discurso radical y una narrativa de orden. Abelardo de la Espriella, conocido como “El Tigre”, capitalizó el desencanto con la clase política y con la izquierda para proyectarse hacia la presidencia de Colombia mediante una campaña de alto impacto mediático y fuerte carga simbólica.
Con un estilo performático y una cuidada estética de campaña, el dirigente de 47 años se presentó como un “forastero” dispuesto a romper con la política tradicional. En sus actos públicos, entre fuegos artificiales y la figura recurrente del tigre, prometió “reconstruir la República”, endurecer la seguridad y defender la democracia “por la razón o por la fuerza”, instalando un discurso de confrontación directa con sus adversarios.
Su propuesta se apoya en una visión de derecha dura, con referencias a líderes como Donald Trump, Javier Milei y Nayib Bukele, y en la idea de reducir el tamaño del Estado, reforzar el orden público y reconfigurar el sistema judicial. Entre sus planteos más polémicos figuran la construcción de megacárceles, el endurecimiento de penas y el desmonte de estructuras surgidas del acuerdo de paz con las FARC.
El candidato también cultivó una imagen de empresario exitoso, con marcas propias, presencia constante en redes sociales y una estética de lujo que lo acompañó antes y durante la campaña. Sus seguidores lo ven como un “dique” frente a la izquierda y al crimen organizado, mientras sus críticos lo acusan de populismo punitivo y de llevar el debate político a los extremos.
En el plano político, ha mostrado afinidad con sectores de la derecha tradicional y mantiene cercanía con el expresidente Álvaro Uribe, lo que refuerza su ubicación dentro del espectro conservador.
Su figura, entre el espectáculo y la política, divide con fuerza a la opinión pública y redefine el debate electoral en el país.
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