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En Afganistán, el comercio paga el costo de excluir a las mujeres

En la ciudad de Herat, las ventas cayeron hasta un 50% tras el endurecimiento de los controles a la vestimenta femenina
Un hombre y una mujer afganos ingresan a un centro comercial en Herat. Los negocios han sufrido una baja en la clientela femenina / AFP

Por Redacción

Las calles comerciales de Herat, una de las ciudades más importantes del oeste de Afganistán, atraviesan un inusual silencio. Donde antes había mujeres recorriendo negocios de ropa, calzado y alimentos, hoy predominan los locales vacíos y los comerciantes que esperan durante horas a clientes que ya no llegan. Detrás de este cambio se esconde el endurecimiento de las restricciones impuestas por el gobierno talibán sobre la vestimenta y la movilidad femenina, una política que, además de limitar las libertades de millones de afganas, está golpeando con fuerza a la ya debilitada economía del país.

En junio, decenas de mujeres fueron detenidas en Herat por presuntamente incumplir el estricto código de vestimenta. Aunque muchas utilizaban abaya (túnica) y velo islámico, las autoridades consideraron insuficiente esa indumentaria y reforzaron los controles para exigir prendas que cubran por completo el cuerpo, como el burka o el chador. Días después, una protesta contra esas detenciones fue reprimida violentamente y dejó al menos dos muertos, según Naciones Unidas.

MIEDO A LA “POLICÍA DE LA MORAL”

Desde entonces, el temor se apoderó de muchas familias. Numerosas mujeres optaron por permanecer en sus hogares para evitar ser interceptadas por la llamada policía de la moral, encargada de vigilar el cumplimiento de las normas impuestas por el régimen talibán. “Desde estos incidentes ya no hay mujeres en los centros comerciales”, resume el sastre Ramin Ghafoori, quien asegura que la actividad cayó de forma abrupta. En Herat, las mujeres representan la mayor parte de la clientela. Son ellas quienes tradicionalmente realizan las compras del hogar, tanto para sí mismas como para sus familias.

El comerciante Nazeer Ahmad Azimi, propietario de una zapatería, estima que alrededor del 90% de sus ventas dependían de las mujeres. Según explica, la mayoría de los hombres trabaja durante la jornada y dispone de poco tiempo para recorrer los comercios.

La ausencia de las compradoras provocó, calcula, una caída cercana al 50% de la facturación de los negocios, que además ya sufrían el impacto económico derivado de los conflictos regionales, sobre todo la guerra con Irán y las tensiones con Pakistán.

En junio, decenas de mujeres fueron detenidas en Herat por no estar tapadas por completo

El deterioro alcanza también al transporte urbano. Conductores de taxis y rickshaws (vehículos ligeros de dos o tres ruedas utilizados para el transporte de pasajeros), que obtenían buena parte de sus ingresos llevando a mujeres hacia locales, centros de estudio o reuniones familiares, ahora ven reducirse drásticamente su trabajo. Farshid Karimi, de 21 años, cuenta que antes lograba ganar el equivalente a nueve dólares diarios, mientras que hoy apenas reúne cuatro, una cifra que prácticamente se destina a cubrir el combustible.

Las propias mujeres describen un clima de miedo permanente. Una joven de 27 años relata que asistía todos los días a clases de idiomas utilizando transporte privado, pero abandonó sus estudios tras el endurecimiento de los controles.

Otra residente afirma que dejó de reunirse con amigas, salir a comer o recorrer tiendas, actividades habituales hasta hace pocas semanas. Ahora solo abandona su vivienda cuando resulta absolutamente imprescindible.

El impacto económico es considerable. Una mujer de 31 años recuerda que solía gastar más de 20 dólares en cada salida de compras, una suma importante en un país donde el ingreso promedio es muy bajo.

Ese dinero ya no circula en los locales, afectando a comerciantes, vendedores ambulantes y pequeños emprendedores que dependen del consumo cotidiano.

LA VUELTA DEL TALIBÁN

Desde el regreso de los talibanes al poder, en agosto de 2021, las restricciones sobre las mujeres se multiplicaron. Las autoridades prohibieron que continúen estudiando más allá de la educación primaria, cerraron el acceso femenino a universidades, limitaron su presencia en numerosos empleos, impidieron el ingreso a parques y gimnasios y restringieron severamente su participación en la vida pública.

Organismos internacionales, entre ellos la ONU, han denunciado que estas medidas constituyen una forma de discriminación sistemática y han advertido que el aislamiento de las mujeres también compromete el desarrollo económico del país.

La situación resulta muy preocupante porque Afganistán atraviesa una profunda crisis humanitaria. Según estimaciones de la ONU, cerca de un tercio de la población necesita asistencia alimentaria de emergencia, mientras el desempleo y la inflación continúan deteriorando las condiciones de vida.

Al mismo tiempo, la reducción de la ayuda internacional ha obligado a las autoridades talibanas a apostar por el fortalecimiento del sector privado como motor de la economía.

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