Estados Unidos bombardeó ayer objetivos en Irán y Teherán respondió con misiles y drones, en una nueva escalada de una guerra intermitente que lleva más de seis meses. Los ataques reavivaron un conflicto que había entrado en una pausa de un mes y que amenaza con extenderse por la región.
El Comando Central estadounidense sostuvo que la ofensiva respondió a intentos iraníes de atacar buques comerciales y fuerzas de Estados Unidos en la región.
Según Donald Trump, además, las fuerzas estadounidenses golpearon radares iraníes que estaban siendo reconstruidos. El presidente advirtió que, si Teherán toma represalias, habrá nuevos ataques “mucho más duros”.
La respuesta iraní no tardó en llegar. La Guardia Revolucionaria afirmó haber lanzado misiles balísticos contra una base estadounidense en Jordania, cerca del golfo de Aqaba. Emiratos Árabes Unidos también informó que había derribado un dron iraní sobre sus aguas.
En el sur de Irán se registraron fuertes explosiones, especialmente en Bandar Abbas y la isla de Qeshm, ambas próximas al estrecho de Ormuz. La televisión estatal iraní aseguró que Estados Unidos atacó instalaciones civiles, un muelle pesquero y sectores de la red eléctrica de la provincia de Hormozgán. También informó de un ataque contra el aeropuerto civil de Jiroft, aunque sin víctimas ni daños en la pista. Entre los blancos estadounidenses hubo una vivienda donde se celebraba una boda, con cuatro muertos y decenas de heridos.
El punto más sensible vuelve a ser el estrecho de Ormuz, por donde normalmente circula cerca del 20% del petróleo mundial. Irán lo mantiene efectivamente cerrado desde el comienzo de la guerra y ahora amenazó con endurecer aún más esa situación. El riesgo de interrupciones energéticas ya repercutió en los mercados: el petróleo acumuló una fuerte suba esta semana y el crudo lleva un incremento superior al 50% en lo que va del año. En Estados Unidos, la nafta regular llegó a 4,10 dólares por galón, frente a los 3,19 dólares de un año atrás.
La escalada también expone los límites de la estrategia de Washington. Antes de los bombardeos, el gobierno de Trump había apostado a que las sanciones y la presión económica llevarían a Teherán al límite. Ahora vuelve a recurrir a la fuerza militar, mientras las reservas estadounidenses de interceptores avanzados se reducen y la guerra es impopular entre amplios sectores.
El presidente iraní, Masoud Pezeshkian, había dicho el martes, antes de los nuevos ataques, que su país estaba dispuesto a regresar al acuerdo provisional de alto el fuego alcanzado en junio si Estados Unidos también cumplía sus compromisos. Aquel entendimiento contemplaba una tregua inmediata y 60 días de negociaciones, pero terminó derrumbándose.
Con la ofensiva, el riesgo es que el enfrentamiento vuelva a convertirse en un conflicto abierto y de mayor alcance, con consecuencias no solo militares sino también económicas para una región clave en el suministro mundial de energía.
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