Científicos descubrieron que los abejorros de cola amarilla son capaces de encontrar soluciones ingeniosas sin necesidad de entrenamiento previo. En un experimento, los insectos debían alcanzar una flor artificial cargada de azúcar que estaba suspendida fuera de su alcance. Para lograrlo, muchos de ellos idearon por sí solos una estrategia inesperada: empujaron una pequeña bola hasta colocarla debajo de la flor y luego la utilizaron como escalón para llegar a la recompensa. Lo más llamativo es que nunca habían aprendido esa maniobra. Solo sabían que la flor contenía alimento y que la bola podía moverse. Aun así, combinaron ambas informaciones y encontraron una solución completamente nueva. Los investigadores comparan esta prueba con un famoso experimento realizado hace más de un siglo con chimpancés que apilaban cajas para alcanzar una banana. En esta ocasión, los protagonistas fueron pequeños insectos capaces de planificar acciones y actuar con un objetivo claro. Incluso cuando la flor estaba oculta y no podían verla directamente, algunos abejorros lograron llevar la bola al lugar correcto.
El hallazgo sugiere que estos diminutos animales poseen una capacidad de razonamiento mucho más flexible de lo que se pensaba y abre nuevas preguntas sobre la inteligencia en el mundo natural.
Un hallazgo digno de saga nórdica sorprendió a los arqueólogos en Noruega: más de 3.000 monedas de plata enterradas durante siglos salieron a la luz y conforman el mayor tesoro vikingo encontrado en ese país. Todo comenzó de forma casi casual, cuando dos aficionados detectaron 19 piezas en un campo cercano a Rena. Lo que parecía un descubrimiento modesto terminó convirtiéndose en una verdadera joya histórica. El tesoro, bautizado como Mørstad Hoard, reúne 3.150 monedas acuñadas en distintos rincones de la Europa medieval, desde Inglaterra hasta Dinamarca. Entre ellas aparecen ejemplares de tiempos de Æthelred II y Canuto el Grande, lo que refleja la intensa red de intercambios de la época. Además, piezas del reinado de Harald Hardrada permiten fechar el conjunto alrededor del año 1050, en el ocaso de la era vikinga. Lo curioso es que este botín no parece vinculado a saqueos, sino a la producción de hierro, una actividad clave para el comercio.
Junto a las monedas también se hallaron fragmentos de plata usados como pago. Las excavaciones siguen y los expertos no descartan que aún haya más secretos bajo tierra.
Un grupo de loros salvajes acaba de dar una lección de inteligencia colectiva. Un estudio de la Universidad Nacional Australiana reveló que estas aves aprenden a probar alimentos nuevos mirando a sus compañeros, una estrategia que les evita riesgos y acelera su adaptación.Los científicos observaron a más de 700 cacatúas de cresta amarilla en Sídney. Para el experimento, entrenaron a unas pocas a comer almendras sin cáscara pintadas de colores, algo totalmente novedoso para el grupo. Al principio, las demás las ignoraban con cautela. Pero bastó con que algunas aves “experimentadas” dieran el ejemplo para que el resto empezara a imitarlas. El cambio fue sorprendentemente rápido: en apenas diez días, la mitad de las aves ya había incorporado el nuevo alimento. El fenómeno, conocido como aprendizaje social, permitió que la información se propagara casi como un rumor dentro de la comunidad. Además, no todos aprendieron igual. Los adultos tendían a copiar a sus compañeros cercanos, mientras que los más jóvenes seguían lo que hacía la mayoría.
Incluso surgieron “modas” en la forma de pelar las almendras, con técnicas que se repetían entre vecinos.Más allá de lo curioso, el hallazgo muestra cómo los animales pueden adaptarse a entornos cambiantes gracias a la observación.
En un mundo cada vez más transformado por el ser humano, saber aprender de otros puede marcar la diferencia entre sobrevivir… o quedarse con hambre.
En lo alto de la selva amazónica ocurre algo fascinante: una especie de “red de comunicación” natural que conecta a distintos animales en cuestión de segundos. Cuando aparece un depredador, algunas aves lanzan señales de alarma que no solo alertan a sus pares, sino también a otras especies que viven entre las copas de los árboles. El mensaje viaja rápido y se multiplica, como si fuera un sistema de avisos compartido. Un equipo internacional de investigadores comprobó este fenómeno similar a una internet “natural” durante una expedición en la Amazonía peruana. Para hacerlo, provocaron llamadas de alerta con aves rapaces entrenadas y luego reprodujeron esos sonidos en el bosque. La reacción fue inmediata: distintas especies comenzaron a responder y a repetir la advertencia. Las más activas en este “boca a boca” selvático fueron las aves pequeñas, que difundían el mensaje con mayor frecuencia.
Pero no se quedaron solas: también se sumaron monos capuchinos y monos araña, ampliando el alcance de la alerta. Así, el aviso inicial se expandía por el bosque como una ola. Este sistema colaborativo permite a los animales reducir riesgos y ganar tiempo frente a una amenaza. Sin cables ni tecnología, la naturaleza demuestra que también sabe cómo crear su propia red de información.
A simple vista parecen bolitas secas que el mar deja en la orilla, pero las llamadas pelotas de Neptuno esconden una historia mucho más interesante. Se forman a partir de fibras de la planta Posidonia oceanica, que al desprenderse se enredan y compactan con el movimiento del agua hasta convertirse en esas esferas curiosas. Durante siglos, en las costas se las reutilizó como relleno o aislante. Sin embargo, hoy llaman la atención por otra razón: su sorprendente capacidad para atrapar microplásticos. En las praderas submarinas donde crece la posidonia, el agua circula más lento y eso facilita que pequeños residuos queden atrapados entre sus fibras. Cuando esas hojas se desprenden, arrastran consigo esos fragmentos y los encierran dentro de las bolas. Algunas pueden contener hasta 1.500 pedacitos de plástico por kilo, una cifra que da una idea del problema. Luego, las corrientes las empujan hasta la costa, como si el mar devolviera lo que no debería estar allí. Más que una solución, son una señal de la contaminación invisible.
Por eso, aunque resulten curiosas, no conviene retirarlas: también ayudan a proteger las playas. El verdadero desafío sigue siendo otro: reducir el plástico que llega al mar desde el inicio.
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