Israel atraviesa una creciente disputa política tras las elecciones legislativas, con acusaciones cruzadas entre el primer ministro Benjamin Netanyahu y su principal rival, el centrista Gadi Eisenkot. Mientras el oficialismo denuncia, sin presentar pruebas que lo acrediten, que los partidos árabes “robaron” los comicios, la oposición sostiene que esas afirmaciones forman parte de una estrategia para desconocer la pérdida de la mayoría parlamentaria y obstaculizar un cambio de gobierno.
Con más del 99% de los votos escrutados, las proyecciones difundidas por medios israelíes otorgan 53 bancas al bloque de Netanyahu, integrado por aliados religiosos y nacionalistas, y 48 al espacio opositor encabezado por Eisenkot. Los partidos árabes reúnen los 19 escaños restantes, su mejor resultado histórico, y podrían inclinar la disputa por el poder.
Aunque el oficialismo queda como el bloque más numeroso, pierde la mayoría de 61 diputados necesaria para controlar el Knéset, el Parlamento de 120 miembros. La oposición tampoco alcanza ese umbral por sí sola: necesitaría un acuerdo con las fuerzas árabes, una posibilidad que concentra tanto las negociaciones como los ataques del Likud.
La polémica se profundizó después de que el presidente de la comisión electoral, el juez Noam Sohlberg, solicitara al servicio de seguridad interior Shin Bet que investigara sospechas de interferencia extranjera. Sohlberg aclaró que no podía verificar las afirmaciones recibidas, pero consideró que su gravedad justificaba una pesquisa.
Netanyahu y su partido se apoyaron en ese pedido para intensificar sus cuestionamientos. “¡Las elecciones en Israel han sido robadas!”, afirmó el Likud, que vinculó la supuesta injerencia con un intento de “islamización de Israel” y de derrocamiento del gobierno de derecha.
El primer ministro compartió las acusaciones, mientras su partido sostuvo que ninguna fuerza sionista debería cooperar con Raam o con la Lista Conjunta, las dos formaciones árabes que podrían facilitar una mayoría opositora.
La ofensiva incluyó señalamientos contra Catar por una presunta financiación de actividades destinadas a influir en los resultados. Doha negó categóricamente cualquier intervención y calificó las acusaciones de “ridículas y peligrosas”.
La respuesta de la oposición
Eisenkot, exjefe del Ejército y principal adversario de Netanyahu, respondió que el oficialismo intenta convertir su retroceso electoral en una disputa sobre la legitimidad de la votación.
El Likud y el primer ministro se embarcaron en una “campaña coordinada y organizada para deslegitimar los resultados”, denunció. “Lo hacen porque han perdido. No tienen mayoría”, agregó.
El dirigente opositor sostuvo que las autoridades deben investigar cada denuncia, pero advirtió que la pesquisa no puede ser utilizada para retrasar la entrada en funciones del próximo Parlamento, prevista para el 10 de noviembre.
En la misma línea, Yair Golan, líder del partido Demócratas, acusó a Netanyahu de impulsar una campaña contra la voluntad de los votantes y, en particular, contra la población árabe.
Los dirigentes de las fuerzas señaladas también rechazaron las denuncias. Mansour Abbas, jefe de Raam, respaldó la investigación y aseguró que su partido no tiene relación con las presuntas irregularidades. “No encontrarán nada porque no hay nada”, afirmó. La Lista Conjunta, por su parte, interpretó los ataques como una expresión del temor del primer ministro ante el crecimiento electoral árabe.
Una investigación y una mayoría por construir
En medio del enfrentamiento, las autoridades electorales marcaron una diferencia entre la investigación abierta y las acusaciones de fraude generalizado. La comisión señaló que, hasta donde tenía conocimiento, no existía fundamento para sostener que se hubieran producido violaciones sistemáticas de la integridad electoral.
El Shin Bet también aclaró que la pesquisa no buscaba poner bajo sospecha a una comunidad que ejerció su derecho al voto de manera democrática y legal. El presidente Isaac Herzog pidió investigar los elementos sospechosos, pero advirtió que no debía estigmatizarse a toda la población árabe, que representa alrededor del 20% de los habitantes de Israel.
La disputa se superpone con las negociaciones para formar gobierno. Eisenkot se mostró dispuesto, bajo condiciones, a cooperar con los partidos árabes. Ese entendimiento podría permitir desplazar a Netanyahu, aunque persisten resistencias políticas dentro del campo opositor.
Las fuerzas árabes también podrían respaldar iniciativas parlamentarias sin integrar una coalición, entre ellas la elección de un nuevo presidente del Knéset. Ahmad Tibi, dirigente de la Lista Conjunta, confirmó contactos con la oposición para discutir ese paso.
Mientras se define si alguno de los sectores logra reunir los apoyos necesarios, Netanyahu continúa al frente del gobierno. Si fracasan los intentos de construir una mayoría, Israel podría encaminarse a nuevas elecciones a comienzos del próximo año, una salida que tanto Herzog como Eisenkot dijeron querer evitar.
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