A simple vista parecen bolitas secas que el mar deja en la orilla, pero las llamadas pelotas de Neptuno esconden una historia mucho más interesante. Se forman a partir de fibras de la planta Posidonia oceanica, que al desprenderse se enredan y compactan con el movimiento del agua hasta convertirse en esas esferas curiosas. Durante siglos, en las costas se las reutilizó como relleno o aislante. Sin embargo, hoy llaman la atención por otra razón: su sorprendente capacidad para atrapar microplásticos. En las praderas submarinas donde crece la posidonia, el agua circula más lento y eso facilita que pequeños residuos queden atrapados entre sus fibras. Cuando esas hojas se desprenden, arrastran consigo esos fragmentos y los encierran dentro de las bolas. Algunas pueden contener hasta 1.500 pedacitos de plástico por kilo, una cifra que da una idea del problema. Luego, las corrientes las empujan hasta la costa, como si el mar devolviera lo que no debería estar allí. Más que una solución, son una señal de la contaminación invisible.
Por eso, aunque resulten curiosas, no conviene retirarlas: también ayudan a proteger las playas. El verdadero desafío sigue siendo otro: reducir el plástico que llega al mar desde el inicio.
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