China vuelve a mostrar señales de fortaleza industrial, pero detrás de los indicadores positivos persisten desequilibrios que mantienen en alerta a economistas e inversores. Los últimos datos publicados por el diario estadounidense The Wall Street Journal reflejan que la segunda economía del mundo continúa expandiendo su actividad manufacturera, aunque a un ritmo más moderado y con una fuerte dependencia de las exportaciones tecnológicas.
Durante junio, el índice privado de gerentes de compras (PMI) del sector manufacturero se ubicó en 51,7 puntos, apenas una décima por debajo del registro de mayo (51,8). Si bien la cifra confirma un nuevo mes de crecimiento, también evidencia una desaceleración de la producción fabril, que avanzó al ritmo más lento de los últimos tres meses.
La lectura contrasta con el indicador oficial elaborado por la Oficina Nacional de Estadísticas de China, que mostró una leve mejora hasta los 50,3 puntos, superando incluso las previsiones del mercado. Para los analistas, la diferencia entre ambos relevamientos responde a que cada uno mide segmentos distintos de la economía: mientras el índice oficial refleja principalmente el desempeño de las grandes empresas estatales, el privado capta con mayor precisión la realidad de las pequeñas y medianas industrias orientadas a la exportación.
El crecimiento chino sigue apoyándose en un motor muy específico: la demanda internacional de productos vinculados a la inteligencia artificial, los semiconductores y las tecnologías verdes. La fuerte venta de computadoras, chips y equipos electrónicos permitió sostener la actividad industrial pese al deterioro del mercado inmobiliario y a la debilidad del consumo interno, dos problemas que continúan limitando la recuperación del país.
Precisamente allí aparece la principal preocupación de los economistas. Mientras las exportaciones tecnológicas mantienen a flote la producción, la demanda doméstica continúa mostrando signos de fragilidad. El consumo de los hogares permanece contenido y la inversión privada sigue afectada por la prolongada crisis del sector inmobiliario, que desde hace varios años representa uno de los mayores desafíos para Beijing.
Otro dato que refleja esa dualidad es la evolución de los pedidos. Las nuevas órdenes internas crecieron durante junio, pero los nuevos negocios provenientes del exterior disminuyeron por segundo mes consecutivo, una señal que podría anticipar mayores dificultades si la demanda global comienza a perder fuerza.
Aun así, existen algunos indicadores alentadores. Las empresas manufactureras aumentaron sus contrataciones por primera vez en tres meses y el ritmo de creación de empleo fue el más elevado desde agosto de 2023. Al mismo tiempo, los costos de producción descendieron hasta su nivel más bajo en cinco meses, reduciendo parcialmente las presiones inflacionarias que habían afectado a la industria durante el último año.
El desafío para el gobierno chino consiste ahora en transformar ese crecimiento industrial en una recuperación más equilibrada. Diversas consultoras internacionales consideran probable que Beijing implemente nuevos estímulos fiscales durante las próximas semanas mediante una mayor emisión de bonos y un incremento del gasto público, aunque descartan, por el momento, un paquete masivo de incentivos debido a que la meta oficial de crecimiento económico para 2026 todavía parece alcanzable.
El panorama, en definitiva, muestra una economía que continúa creciendo, pero con bases todavía desiguales. La manufactura mantiene su expansión gracias al impulso exportador y al auge global de la inteligencia artificial, mientras el consumo interno y el mercado inmobiliario siguen sin encontrar una recuperación sólida. Para China, el verdadero desafío ya no pasa únicamente por crecer, sino por hacerlo de manera sostenible y con un equilibrio mayor entre la demanda externa y la doméstica.
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