Varios días después de los devastadores terremotos que sacudieron la costa norte de Venezuela, la esperanza de encontrar sobrevivientes se reduce con el paso de las horas, aunque cientos de rescatistas, voluntarios y familiares continúan removiendo escombros sin descanso. En medio de la tragedia, una réplica de magnitud 4,6 volvió a estremecer ayer la zona afectada, incrementando el temor de la población y complicando las tareas de búsqueda.
Las autoridades informaron que se trata del temblor secundario número 431 desde el doble sismo del pasado 24 de junio. El movimiento, con epicentro frente a la costa de La Guaira, también se sintió con fuerza en Caracas, donde numerosos vecinos abandonaron apresuradamente sus viviendas. Como medida preventiva, el metro (subte) de la capital suspendió temporalmente el servicio para inspeccionar su infraestructura.
BALANCE ATERRADOR
El balance oficial ya supera los 1.700 fallecidos, mientras miles de personas permanecen sin hogar. Sin embargo, organismos humanitarios y expertos consideran que el número real de víctimas y damnificados podría ser considerablemente mayor. La NASA estima que cerca de 58.900 edificios sufrieron daños o colapsaron, muy por encima de los 855 inmuebles reportados por el gobierno venezolano.
En las zonas más castigadas, familiares de desaparecidos permanecen junto a las cuadrillas de rescate esperando noticias. “Hasta que no vea el cuerpo, tengo fe”, expresó Ana Rada, quien desde hace días aguarda novedades sobre su hermano. Las organizaciones de ayuda recuerdan que las primeras 72 horas son decisivas para hallar personas con vida, aunque las posibilidades pueden extenderse si los atrapados logran acceder a agua o alimentos.
Mientras arrecian las críticas por la lenta respuesta inicial de las autoridades, el gobierno asegura que logró restablecer el suministro eléctrico en el 90% del estado de La Guaira y habilitó 15 campamentos temporales para alojar a los desplazados. También informó que continúa inspeccionando edificios con riesgo de derrumbe.
La emergencia movilizó a decenas de países. Estados Unidos encabeza uno de los mayores despliegues internacionales, con unos 300 rescatistas sobre el terreno, un puente aéreo de aviones militares C-17 que transportan ayuda humanitaria y un aporte financiero superior a los 300 millones de dólares. Además, personal estadounidense colabora en la reparación del puerto de La Guaira y en la recuperación de la torre de control del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar, dañada por los sismos.
Entre quienes trabajan removiendo escombros se encuentra Jean Sosa, un minero venezolano deportado de Estados Unidos a comienzos de año.
Desde su llegada a La Guaira afirma haber participado en el rescate de unas veinte personas con vida. Según relató, durante los primeros días la falta de equipos obligó a trasladar heridos en vehículos particulares y motocicletas. A su juicio, muchas vidas podrían haberse salvado si la respuesta oficial hubiera sido más rápida.
La magnitud de la catástrofe también quedó reflejada en las estimaciones de Naciones Unidas, que advierte que hasta 6,8 millones de venezolanos podrían verse afectados por la pérdida de viviendas o de servicios esenciales como agua y electricidad. La Cruz Roja Venezolana prevé que las tareas de asistencia se prolongarán durante al menos dos años.
En medio del caos y las fallas en las comunicaciones, decenas de miles de familias recurren a bases de datos digitales para intentar localizar a sus seres queridos. En una de esas plataformas ya se registraron más de 50.000 denuncias de personas desaparecidas, una cifra que refleja la dimensión de una tragedia cuyo impacto humanitario podría extenderse mucho más allá del final de las operaciones de rescate.
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