Los equipos de rescate de Indonesia seguían excavando ayer entre escombros y deslizamientos en busca de sobrevivientes, un día después del terremoto de magnitud 7,7 que sacudió la isla de Flores y dejó al menos 53 muertos y 135 heridos. El potente movimiento ocurrió temprano a la mañana, a unos 10 km de profundidad, y provocó escenas de pánico mientras las autoridades emitían una alerta de tsunami que luego fue levantada. Desde entonces se registraron 995 réplicas, aunque solo 46 fueron percibidas por la población.
Los rescatistas concentraban sus esfuerzos en Manggarai, Manggarai Oriental y Nagekeo, zonas afectadas por derrumbes que bloquearon caminos y aislaron comunidades. Aunque varias rutas fueron reabiertas, los cortes de electricidad y comunicaciones complicaban las tareas. Más de 900 viviendas quedaron destruidas y otras 450 dañadas, mientras unas 5.000 personas debieron refugiarse en albergues temporales. En Labuan Bajo, muchos residentes pasaron la noche al aire libre por temor a nuevas sacudidas.
La ayuda comenzó a llegar con agua, alimentos, mantas y medicamentos. Indonesia, ubicada en el llamado Anillo de Fuego del Pacífico, es especialmente vulnerable a terremotos y tsunamis.
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