Europa atraviesa un momento decisivo en materia de seguridad. Después de casi un siglo apoyándose en Estados Unidos para afrontar los grandes desafíos internacionales, el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, hace un año y medio, obligó al continente a asumir un papel mucho más activo en la guerra de Ucrania. La disminución del respaldo estadounidense, tanto financiero como militar, generó incertidumbre, pero el desarrollo del conflicto terminó ofreciendo un panorama muy distinto al que muchos preveían.
Lejos de debilitarse, Ucrania logró sostener la resistencia y, con el paso de los meses, recuperar la iniciativa en distintos escenarios. Kiev ya ejecuta ataques con decenas de drones sobre Moscú, interrumpe las comunicaciones terrestres con Crimea y desarrolla operaciones de largo alcance que alcanzan zonas cercanas a los Urales. En varias capitales europeas consideran que 2026 marca el inicio de una etapa en la que Rusia comienza a perder la guerra.
Ese cambio responde en buena medida al desempeño ucraniano. Tras más de cuatro años de combates, el país construyó unas Fuerzas Armadas consideradas entre las más preparadas de Europa y desarrolló una industria de defensa moderna, flexible y con gran capacidad de innovación. La que fuera la segunda república más poblada de la antigua Unión Soviética dejó en claro que Moscú no ha conseguido ni parece estar cerca de quebrar su resistencia.
La percepción europea también cambió respecto de Rusia. Crece la convicción de que el tiempo ya no juega a favor del Kremlin. Muchos gobiernos sostienen que la economía rusa acusa un desgaste creciente, que las bajas en el frente superan la capacidad de reemplazarlas y que dentro del propio país empiezan a surgir señales de descontento hacia Vladimir Putin.
Lejos de debilitarse, Ucrania resistió y, fue recuperando la iniciativa en distintos escenarios
El mandatario lanzó una invasión que imaginaba breve, de apenas días o semanas, pero cuatro años y medio después sus tropas siguen empantanadas en el este de Ucrania mientras drones ucranianos alcanzan incluso la capital rusa.
Los países vecinos de Ucrania, especialmente aquellos que permanecieron bajo la órbita soviética durante la Guerra Fría, también modificaron su visión sobre el poder militar ruso. Entienden que el gigante del este no es tan invencible como parecía y que cada recurso humano o material perdido en Ucrania representa una menor capacidad para proyectar fuerza sobre otros frentes. Esa lectura explica por qué varios de esos gobiernos no tienen apuro por cerrar un acuerdo de paz y figuran entre los más reticentes a negociar con Moscú.
Las dudas reaparecieron cuando Trump ordenó los ataques contra Irán. En Europa existía el temor de que esa crisis redujera el acceso al armamento estadounidense y terminara favoreciendo indirectamente a Rusia. La inquietud aumentó cuando Washington alivió sanciones a Moscú para incrementar la oferta de petróleo y contener el alza de los precios internacionales provocada por el conflicto en Medio Oriente.
Sin embargo, con la atención de la Casa Blanca concentrada en Irán, los europeos aprovecharon esa ventana para reforzar su coordinación. Sin depender de nuevos envíos de armas estadounidenses, consolidaron una estrategia común de respaldo absoluto a Ucrania.
Como prueba de ese compromiso aprobaron hace pocas semanas un paquete de ayuda de 90.000 millones de euros. Dos tercios de esos fondos estarán destinados al suministro de armamento y el resto servirá para sostener el funcionamiento de la administración ucraniana.
Además, reiteran que apoyarán cualquier negociación aceptada por Kiev y rechazarán toda propuesta de paz que el gobierno ucraniano considere inaceptable.
El escenario político dentro de la Unión Europea también cambió con la salida del húngaro Viktor Orbán, considerado durante años el principal aliado del Kremlin dentro del bloque. Bruselas dispone ahora de un margen mayor para coordinar posiciones.
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