Bajo las aguas del océano Pacífico se mueve una gigantesca pieza de la corteza terrestre que, aunque avanza apenas unos centímetros por año, tiene capacidad para sacudir ciudades enteras. Se trata de la Placa de Nazca, una de las principales placas tectónicas oceánicas del planeta y una de las grandes responsables de la intensa actividad sísmica que afecta a la costa occidental de Sudamérica.
Con una superficie aproximada de 15,6 millones de km2, la placa se extiende frente al litoral sudamericano desde el sur de Colombia hasta el sur de Chile. Su desplazamiento es particularmente rápido: avanza entre 7 y 8 centímetros anuales sobre el manto terrestre. Ese movimiento constante genera enormes tensiones en el subsuelo, especialmente en la zona donde la placa se introduce por debajo de la Placa Sudamericana, un proceso conocido como subducción.
El problema es que ambas placas no se deslizan de manera uniforme. En determinados sectores quedan trabadas durante años o incluso siglos, mientras la presión continúa acumulándose. Cuando la tensión supera la resistencia de las rocas, se libera de manera repentina y puede producir terremotos de gran magnitud.
Ese mecanismo explica buena parte del riesgo que comparten Chile, Perú, Ecuador y Colombia. Los cuatro países se encuentran vinculados al mismo sistema tectónico y forman parte del Cinturón de Fuego del Pacífico, una extensa franja que concentra numerosos terremotos, volcanes activos y fosas oceánicas.
El reciente terremoto colombiano volvió a poner ese peligro en primer plano. El sismo, de magnitud 7,4, tuvo su epicentro en las cercanías de San José del Palmar, en el departamento del Chocó, y ocurrió a unos 100 kilómetros de profundidad. Según el geólogo Raúl Pérez, del Instituto Geológico y Minero de España, se trató de un fenómeno de subducción “bastante complejo”, que deberá ser estudiado en profundidad debido al daño que provocó pese a haberse producido tan abajo.
La profundidad también lo diferencia de los terremotos registrados en Venezuela el pasado 24 de junio. Aquellos tuvieron focos cercanos a los 10 kilómetros, mientras que el colombiano se produjo a unos 100 kilómetros y sus epicentros estuvieron separados por alrededor de 1.000 kilómetros. Aunque responden a contextos tectónicos diferentes, ambos están relacionados con la interacción de grandes placas que convergen en la región.
En Colombia, además, el impacto pudo verse amplificado por el llamado “efecto de sitio”. Las características del terreno pueden aumentar la amplitud de las ondas sísmicas y, con ello, los daños sobre las construcciones. Esto explica por qué un terremoto profundo puede generar consecuencias importantes en determinadas zonas.
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