Donald Trump pasó de presentar a China como una amenaza para la economía estadounidense a recibir a su presidente, Xi Jinping, con honores en Washington. Este jueves, ambos líderes se reunirán en la Casa Blanca, en un encuentro que exhibe el giro del mandatario republicano hacia una relación mucho más cordial con su principal rival geopolítico.
Cuando Trump llegó a la política, acusaba a Beijing de vaciar las fábricas de EE UU, destruir empleos y erosionar a la clase media. Ahora, en cambio, describe a Xi como “un gran caballero” y destaca que ambos mantienen una “muy buena relación comercial”. Incluso ha relativizado acusaciones contra China, como la supuesta entrega de imágenes satelitales a Irán, y evitó anticipar represalias por el acceso chino a archivos de votantes estadounidenses.
LAS RAZONES DEL CAMBIO
El cambio tiene una explicación: la estrategia de máxima presión económica mostró límites. Los elevados aranceles impuestos por Trump no frenaron la industria china y Beijing utilizó su dominio sobre las tierras raras, esenciales para la electrónica, para presionar a Washington y forzar una tregua comercial. China, además, encontró nuevos mercados y mantuvo un enorme superávit comercial. A esto se suma otro factor. Trump ha debilitado lazos con aliados tradicionales de EE UU, desde Canadá hasta algunos socios europeos, mientras China busca proyectarse como una potencia estable. Según el exdiplomático canadiense Michael Kovrig, esa política terminó favoreciendo la influencia de Xi y llevó a otros gobiernos occidentales a acercarse a Beijing.
La cordialidad tampoco indica que haya desaparecido la competencia. China sigue fortaleciendo sus capacidades militares y de inteligencia artificial, mientras Washington intenta asegurarse el acceso a tierras raras y acelerar su desarrollo tecnológico. Trump sostiene que EE UU sigue por delante, pero la disputa por el liderazgo global permanece.
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