Donald Trump salió ayer con dureza al cruce de quienes sostienen que Estados Unidos enfrenta una escasez de municiones y calificó de “traidores” a quienes difunden esas versiones, en momentos en que el elevado consumo de misiles durante la guerra contra Irán genera preocupación sobre la capacidad de Washington para afrontar un conflicto prolongado.
“Las personas y los medios de comunicación que insisten una y otra vez en que no tenemos municiones (¡y están 100 % equivocados!) son, en realidad, traidores”, escribió el presidente en Truth Social. Según Trump, quienes cuestionan la disponibilidad de armamento preferirían que Estados Unidos perdiera una guerra antes que reconocer su victoria.
El mandatario insistió en que Washington está ganando el conflicto contra Irán con facilidad y volvió a elogiar al secretario de Guerra, Pete Hegseth, por las operaciones militares. Durante un acto con legisladores republicanos en la Casa Blanca, aseguró que Hegseth había dado a Irán “una paliza de las buenas” y sostuvo que la campaña marcha favorablemente, pese a las críticas de la prensa.
La contundencia de Trump contrasta con distintos análisis sobre el estado de los arsenales estadounidenses. El Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) señaló que la guerra contra Irán provocó un fuerte desgaste de varias municiones consideradas clave. Según sus estimaciones, Estados Unidos utilizó alrededor de la mitad de sus existencias iniciales de interceptores Patriot y THAAD, mientras que el consumo de misiles de largo alcance como los Tomahawk y JASSM rondó un tercio de los arsenales previos al conflicto.
El CSIS aclara que esto no significa que el Pentágono se haya quedado sin armas para continuar la guerra con Irán. El problema aparece al pensar en otros escenarios y, especialmente, en una eventual confrontación con una potencia militar como China. La reducción de las reservas disminuye el margen de maniobra de Washington y podría dificultar una respuesta simultánea ante varias crisis.
Los interrogantes también alcanzan a los aliados. El uso intensivo de sistemas de defensa aérea puede afectar la capacidad estadounidense para reponer equipos destinados a otros socios y obligar a priorizar determinados escenarios. Además, recuperar los niveles anteriores a la guerra podría llevar años en algunos sistemas, debido a los tiempos necesarios para fabricar y entregar nuevos misiles.
Frente a estas advertencias, el Pentágono mantiene una posición tajante. Su portavoz, Sean Parnell, rechazó que exista una escasez que comprometa las operaciones y afirmó que las Fuerzas Armadas estadounidenses continúan siendo “la fuerza de combate más poderosa del mundo”.
Trump, por su parte, apuesta a cerrar la discusión con un mensaje político: Estados Unidos tiene suficiente poder militar, está ganando la guerra y puede reponer sus reservas. Pero detrás de la disputa pública permanece una cuestión estratégica: cuánto tiempo necesitará Washington para reconstruir sus arsenales y qué margen tendrá para responder a una nueva crisis mientras mantiene desplegadas fuerzas y armamento en Medio Oriente.
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