Hay maratones que se corren contra el reloj. Y está la del Médoc, en Burdeos, Francia, donde apurarse parece casi una falta de respeto. A lo largo de 42,2 kilómetros por los viñedos de Burdeos, los corredores encuentran cerca de 20 puestos para degustar vinos, además de croissants y canelés (pastelitos), ostras, jamón y hasta trozos de carne recién asada.
El Maratón de los Castillos del Médoc reúne cada año a unos 8.500 participantes y a decenas de miles que quedan en lista de espera. La carrera es apenas una parte del atractivo: la consigna parece ser comer, beber, bailar y llegar a la meta sin demasiado apuro.
En la largada, los disfraces ya anticipan el espíritu de la jornada. Este año, con temática de los años 80, había corredores vestidos como personajes de aquella década. Richard Pacey, de 44 años, llevaba un traje rosa del Osito Cariñoso. “Es una fiesta en toda regla. El hecho de que se acerque un maratón es casi secundario”, resumió.
Dominique Laurent, de 68 años, conoce las reglas no escritas. Completó la prueba 16 veces y asegura que en Médoc la palabra “rápido” no se usa. La mayoría llega justo antes del límite oficial de seis horas y media. “Cualquier tiempo menor es un desperdicio”, bromeó mientras saboreaba un vino de unos 100 dólares la botella. Después de probarlo, levantó las cejas y pidió otra copa.
Los puestos de hidratación aparecen cada pocos cientos de metros y hay médicos y kinesiólogos preparados para atender a quienes se pasen de entusiasmo. El calor puede obligar incluso a extender el tiempo máximo. “Hay que tener en cuenta que, en cierto modo, también te estás deshidratando a propósito”, reconoció Will Ash, de 32 años, que disputaba su vigésimo maratón vestido con un mono blanco con aire a un integrante de ABBA.
A mitad del recorrido, la escena parece más un picnic multitudinario que una competencia. Un grupo empujaba un carrito con forma de barco vikingo y repartía jamón entre los corredores. Más adelante aparecían bandejas de canelés y, en los últimos kilómetros, el menú se volvía más tentador: ostras recién abiertas y cubos de carne a punto, listos para comer con la mano.
“Casi se puede saborear la gloria”, dijo Aiden Westaway, de 30 años, que participaba en una despedida de soltero. Otros, directamente, parecían haber convertido la carrera en una gira gastronómica. Un grupo de franceses sin remera, que había bebido varias copas en un castillo, respondió a la pregunta sobre su vino favorito con un grito: “¡El tinto!”.
No todos llegan igual a la meta. Algunos terminan abrazados y entre lágrimas; otros necesitan asistencia médica. Pero hasta los que cruzan tambaleando reciben su medalla. Michel Bach, de 80 años y con más de 30 Médoc en las piernas, este año fue remolcado por cuatro amigos dentro de una enorme tarta de cartón con ruedas.
Para él, la explicación de tanta convocatoria es sencilla: “Es una felicidad compartida, y la necesitamos en el mundo en que vivimos”. Después de 42,2 kilómetros, vino, ostras y brindis, la medalla parece casi un detalle.
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