El hiperrealismo del platense Andrés Compagnucci, todo su colorido mundo de pequeños objetos, souvenirs y recuerdos de la cultura popular trasladados al lienzo con filetes, flores y paisajes alegres, vuelve a mostrarse en La Plata. De la mano de la mayor muestra que ha realizado a lo largo de su trayectoria, sus “40 años de vacaciones” toman la nave central del Pasaje Dardo Rocha con 50 obras que podrán visitarse durante todo el mes con entrada gratuita.
Desarrollada en dos partes bien diferenciadas, la muestra se presenta como una gran puerta de entrada al trabajo del premiado artista local. Una vidriera de 1.500 metros cuadrados para indagar en su laberinto de colores y nostalgia con el que Compagnucci espera “poder contagiar entre la gente esa alegría de un momento de felicidad que hayan tenido, poder atrapar eso que está ahí, inasible, y traerlo al presente. Yo con eso soy feliz”, asegura en diálogo con EL DIA.
RECORRIENDO LA MUESTRA: INICIO DERECHO
“Lo que pinta este pincel ni el tiempo lo ha de borrar” es una estrofa del Martín Fierro que Compagnucci ha homenajeado en una de las obras que se muestran apenas se ingresa al recorrido que propone el ala derecha. Está en el frente interior de un micro antiguo, de esos de punta redondeada, vestido de filetes y estridencias, con un escudo de Independiente, un muñequito de Belgrano pintor colgando y el infaltable cobertor de peluche de la palanca de cambio. Detalles de precisión quirúrgica que logró tras recorrer, primero, y analizar, después, más de 300 fotos tomadas desde diferentes ángulos de ese vehículo de los años 90.
La obra de Compagnucci parece ser un escudo contra el paso del tiempo, un llamador que activa la memoria de varias generaciones que no necesitan demasiada información para conocer qué se esconde en su universo. Muchos de los personajes y criaturas apelan a un ayer que, para muchos, fue feliz: el mate cocido humeante y el pan con manteca en la mesa mientras en la tele de tubo Manuel García Ferré hacía reír a Larguirucho con una onomatopeya inolvidable. Allí donde fui feliz.
En este recorrido aparecen las primeras obras de Compagnucci. Destacan sus características flores que, cuenta, empezó a pintar después de una fiesta de América TV de la que se llevó todos los centros de mesa que pudo y que, sin saberlo esa noche, se convertirían a la mañana siguiente en su inspiración. También están los mencionados colectivos de los años 90, con los que experimentó en un nuevo formato de fileteado que definiría su lenguaje estético, y varios recuerditos —desde sirenitas marplatenses hasta virgencitas de Luján y varias torres parisinas— que forman parte de su colección privada.
Dice que la cantidad de souvenirs y muñequitos que tiene es “impresionante” y todos fueron adquiridos bajo un criterio: “Me los he comprado siempre porque me gustan pero, además, con la excusa de pensar que los podía llegar a pintar algún día”. De todos los que atesora, dice, solo ha pintado un 10%.
RECORRIENDO LA MUESTRA: INICIO IZQUIERDO
Los que decidan iniciar el paseo por el ala izquierda podrán disfrutar de un recorrido temático. No abundan las grandes series en la obra de Compagnucci y, por eso, esta selección se torna especial. Dice que este es el principal motivo por el que no suele hacer exposiciones individuales con demasiada frecuencia. En los últimos 20 años solo ha realizado dos en La Plata: una en el Pasaje, en la década del 2000, y otra en el Pettoruti en 2023.
Las obras que se muestran en esta sección son las más recientes de su producción y están agrupadas bajo un concepto: buscó reflejar(se) a los diferentes tipos de artistas que colorean la paleta del rubro. La serie comenzó, como la mayoría de sus obras, a partir de objetos que buscó especialmente por diferentes rincones del mundo.
“Compré todos los muñecos que existían en el mundo que tuvieran una paleta y un pincel en la mano”, cuenta. La búsqueda demandó varios años, fue precisa y hasta obsesiva por momentos, en el intento por adquirir las versiones temáticas de reconocibles personajes que van desde Los Pitufos o Plaza Sésamo hasta Tweety, Van Gogh y Bob Ross, entre otros.
El público, así, podrá apreciar no solo la obra hiperrealista en la que el muñeco pintado está en el centro de un universo especialmente adaptado para esa característica puntual sino que, además, sobre un pedestal, podrá ver el muñeco real que inspiró su creación.
Durante el paseo, los cuadros hablan y muestran personalidades que van desde el narcisista —un Tweety reflejado en el agua— hasta el que rinde homenajes a sus referentes —un Big Bird agradecido a sus maestros. También aparece el ególatra, el copión y hasta el romántico, al igual que el materialista, el conflictivo, el rebelde y el más comprometido y espiritual.
Pero hubo un problema. En medio de la factura de esta serie, el artista se dio cuenta de que le faltaban muñecos para reflejar otras personalidades. Sin poder comprarlos, porque no los encontró, los imprimió en 3D con resina. En base a animales, creó sus propios muñecos: un león que representa al rey de los artistas y una tortuga que se identifica con un pintor perseverante, de paso lento pero seguro, reconocido hacia el final, son los más llamativos. Aunque hay uno que destaca del resto.
“Siento que nunca trabajé. Pero, bueno, ya voy a crecer y algún día empezaré a trabajar”
Se trata del zorro, el artista astuto y habilidoso, que fue el elegido como “la cara” de la muestra: una enorme réplica inflable de seis metros de altura y llamativo colorido recibe al público en el centro de la nave central, dividiendo con su gran presencia naranja el recorrido propuesto.
¿Cuál de todos estos es Andrés Compagnucci? Un poco de todos. Hace unos años, tomando algunas de estas grandes piezas, que ha demorado hasta tres meses en terminar, realizó una exhibición en Buenos Aires a la que llamó “Los artistas que habitan en mí”. Un título que habla por sí solo.
VIVIR DE VACACIONES
Graduado de la Universidad Nacional de La Plata, las obras de Compagnucci se expusieron en Madrid, París, Londres, Singapur, Grecia, Ecuador y Uruguay, destacándose el Art Basel de Miami y el Museum of Modern Art de Viena. En 2009, fue declarado ciudadano ilustre de La Plata y recibió distinciones del Palais de Glace, el Museo Sívori, el Fondo Nacional de las Artes, la Fundación Fortabat y el Museo Nacional de Bellas Artes.
Feliz con esta retrospectiva, la que temía no poder “llenar” debido a las dimensiones del espacio —usó obras propias y otras prestadas por museos y coleccionistas privados—, se ríe del título que eligió porque, advierte, “es verdad”. Así, los “40 años de vacaciones” terminan condensando también su manera de entender una trayectoria dedicada a hacer aquello que disfruta.
“Es como una broma porque en realidad yo siento que nunca trabajé en estos 40 años. Pero, bueno, ya voy a crecer, y algún día empezaré a trabajar”, cierra.
La muestra podrá visitarse todos los días, de 12 a 20, en el Centro Cultural Pasaje Dardo Rocha, 50 entre 6 y 7, hasta el 30 de agosto.
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