A los 97 años, murió Carlos Alonso, en su casa de Unquillo, Córdoba. Lo anunció su familia, que lo despedirá en la intimidad. Con él se va el último gran pintor de una generación que atravesó el siglo XX argentino con el pincel en una mano y la historia en la otra.
Nacido en Tunuyán, Mendoza, en 1929, dibujaba desde chico tirado de panza en el suelo, aunque, según contaba, lo hacía en todas las clases menos en la de dibujo, porque lo académico lo abrumaba. En Tucumán encontró a su maestro, Lino Enea Spilimbergo, de quien aprendió lo esencial: la pintura como ejercicio de la libertad del artista. Le devolvió la deuda con medio centenar de retratos, pintados en los 60 mientras el Di Tella decretaba la muerte de la pintura. Alonso se plantó del otro lado. Para él el oficio no estaba agotado; lo que hacía falta era tener algo para decir.
Y tenía mucho. Ilustró el Quijote, el Martín Fierro, la Divina Comedia y El matadero de Echeverría, de donde nació su gran metáfora: la fusión de hombre y vaca, el cuerpo como carne sometida a la violencia. En 1969 empezó Lección de anatomía, que cruzaba a Rembrandt con las fotos del cadáver del Che exhibido sobre una mesa. Le censuraron esas obras en el Palais de Glace, y respondió con un cuadro titulado La censura. Tampoco se ajustó al realismo soviético, y el Partido Comunista terminó expulsándolo.
En abril de 1976, un mes después del golpe, inauguró El ganado y lo perdido. Hubo una amenaza de bomba y la galería fue desalojada. Partió al exilio, primero en Italia y después en España. En junio de 1977 su hija Paloma, de 21 años, fue secuestrada y desaparecida. Alonso pasó seis años sin poder pintar. Cuando volvió a hacerlo fue para que quedara memoria. De ese dolor surgió Manos anónimas, la serie que hoy custodia el Palacio Ferreyra.
Un mes después del golpe, tras inaugurar El ganado y lo perdido, partió al exilio
Nunca fue un pintor de mercado ni el mimado de las instituciones. Él mismo lo asumía sin rencor: decía que la marginación era la consecuencia legítima de ocuparse de temas incómodos. Semanas atrás, con el pelo blanco trenzado y el taller como único refugio, dejó escrita su última declaración de principios. Dijo que seguía creyendo en el arte y en su “memoria insobornable”, capaz de fijar las heridas que la realidad deja en nosotros. Es también la mejor definición de su obra.
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