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Hay que desconfiar de los animalitos. Lo advierte en su programa el propio BitBang, el festival de animación que celebra su duodécima edición hasta el sábado en Buenos Aires, y cualquiera que haya visto una película de Alberto Vázquez sabe que la advertencia es justa: detrás de esos ositos de ojos enormes, de esos pajaritos tímidos y de esos ratones desocupados se esconden la guerra, la adicción, la depresión, el fanatismo y la sospecha, cada vez más razonable, de que el mundo es una gran farsa.
Vázquez, que este viernes a las 20 dará una charla en la Escuela Da Vinci (todas las actividades son gratuitas), nació en A Coruña en 1980 y llegó a la animación por la puerta lateral. “Yo vengo del cómic, y en el mundo del cómic pude desarrollar mi universo personal, estos animales en crisis existencial”, cuenta, de visita en Buenos Aires. Era ilustrador de prensa —”el otro día las conté: creo que son 1.500 ilustraciones para periódicos”, calcula— cuando el productor Pedro Rivero leyó su cómic Psiconautas y le propuso llevarlo al cine. Como financiar un largo oscuro, dramático y para adultos era una quimera, primero hicieron un corto, “Birdboy”, “y funcionó muy bien: conocí el sector de la animación, viajé mucho por festivales, vi las posibilidades artísticas y narrativas”. “Birdboy” ganó el Goya, y años después llegó “Psiconautas, los niños olvidados” (2015), con otro Goya bajo el brazo. Siguieron el corto “Decorado” (2016), Goya también; “Unicorn Wars” (2022), esa guerra entre ositos de peluche y unicornios que en Estados Unidos vendieron como “Bambi meets Apocalypse Now”, y “Decorado” (2025), la versión larga de aquel corto sobre un ratón que sospecha que su vida es un guion escrito por otros, que este año se quedó con el Goya a la mejor película de animación. Cinco Goya y más de un centenar de premios internacionales después, es uno de los nombres imprescindibles de la animación europea.
Sus tres largos, además, parecen conformar una especie de trilogía no oficial que comparten mundo distópico y animalitos quemados. Pero él dice que “nunca me he planteado” que la cosa sea un tríptico. “Es mi mundo, que tampoco es mío: al final estos animales antropomorfos pertenecen a la historia de la animación, a la historia del cómic, se entienden en cualquier lugar. Vienen de Disney, pero también de antes de Disney, de las fábulas, de los cuentos clásicos. Lo único que hago yo es poner a los personajes en situaciones conflictivas”. En la genealogía entran Robert Crumb y su gato Fritz y, sobre todo, el norteamericano Jim Woodring y su surrealista Frank. “Me gusta mucho utilizar estos animales que no tienen un tiempo ni un lugar: tú ves estas películas y no sabes si son francesas, japonesas, españolas”, dice. “Todos los directores que son un poco autores tienen sus propias neuras, que se repiten constantemente en su obra”.
“Cualquier historia es un espejo de la realidad: puede estar más o menos distorsionado, más o menos sucio, más o menos roto”
La fantasía, en su caso, nunca es evasión. “Aunque trabajes con la fantasía más fantástica que puedas imaginar, es imposible escapar completamente de la realidad. Cualquier historia es un espejo: puede estar más o menos distorsionado, más o menos sucio, más o menos roto, pero funciona como un espejo”. Y por eso, dice, la fantasía permite “llegar a lugares que no puedes llegar en otros medios”: hablar de ciertas cosas como no se puede en el cine de ficción, en la literatura o en el documental. El arte, en esa lógica, no es adorno sino necesidad: “Es lo que nos saca de un pensamiento gris. Te hace tener un pensamiento crítico, te hace reír, te hace viajar a lugares que no has viajado. Desde que el hombre es hombre, siempre ha hecho arte”.
Como hacer animación y no morir en el intento
Hacer ese cine desde Galicia, lejos de cualquier centro de poder, es un ejercicio de paciencia y rompecabezas. Con una ventaja: Galicia tiene idioma propio, y por lo tanto ayudas propias. “Las películas se montan con un poco de dinero de aquí, un poco de dinero de otra región, una coproducción con Francia, con Portugal... se trabaja en varios sitios al mismo tiempo, y así se hacen, por trocitos”, explica. Y defiende las ayudas públicas con una vehemencia que, dicha en la Argentina de hoy, resuena —”aquí también las había, creo”, deja caer, y no hace falta que nadie le complete la frase—: “Mucha gente piensa que las ayudas al cine son para que hagas una película de mierda y te quedes con el dinero. No: crean industria, crean puestos de trabajo, como la industria automovilística”.
Lo que no hace es negociar su mirada. “Yo no negocio, ¿eh? Yo hago lo que hago, y el productor que quiera estar conmigo sabe qué tipo de cine hago”, dice. Puede darse ese lujo porque nunca dejó la ilustración, su red de seguridad: “Si sale esto, bien, y si no sale, sigo para adelante. No me la juego toda a una carta”. Formado en Bellas Artes, defiende la mirada propia por encima de todo, y admite sin falsa modestia que es ambicioso: “Si ni siquiera me lo creo yo, no se puede hacer. Tengo que fliparme conmigo mismo y decir: esto va a ser la leche”. Los premios, aclara, no son la brújula y además conviene ponerlos en escala: la española “es una industria pequeña, donde se producen ocho largometrajes de animación al año”, y precisamente ahí, ser distinto es lo que hace que te miren.
Después de dieciséis años sin parar, ahora piensa en un descanso, y quizás en volver al primer amor. “Lo que me atrae del cómic es que lo puedes hacer tú solo, sin dinero, solo con papel y tinta”. Los animalitos, se ve, también necesitan vacaciones.
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