Hay pocos directores vivos capaces de convertir un estreno en un acontecimiento planetario, y Christopher Nolan es, probablemente, el último de esa especie. El 16 de julio llega a los cines “La Odisea”, su adaptación del poema de Homero con Matt Damon como Odiseo y un elenco que parece una alfombra roja completa: Tom Holland, Zendaya, Anne Hathaway, Robert Pattinson, Charlize Theron y Lupita Nyong’o. Con un presupuesto estimado en 250 millones de dólares —la película más cara de su carrera— y el mérito histórico de ser la primera rodada íntegramente con cámaras IMAX, la expectativa es tal que las entradas para las funciones en IMAX 70 milímetros se pusieron a la venta un año antes del estreno y se agotaron en horas.
Para calentar la previa, Universal+ sumó a su catálogo una colección de ocho títulos que funcionan como mapa de su filmografía: “Memento” (2000), “Batman Inicia” (2005), “The Prestige” (2006), “Batman: El Caballero de la Noche” (2008), “El Origen” (2010), “Interestelar” (2014), “Tenet” (2020) y “Oppenheimer” (2023), su consagración definitiva con siete premios Oscar, incluidos mejor película y mejor director. Ocho películas que, vistas en orden, cuentan una historia paralela: la de un cineasta que empezó haciendo cine con dos pesos y terminó siendo el máximo defensor del espectáculo cinematográfico en tiempos de streaming.
Pero incluso a través de esa evolución, una obsesión permaneció igual en todas sus películas: el tiempo. Si algo definió a Nolan desde el arranque fue su rechazo a contar las cosas en orden. “Memento”, la película que lo puso en el radar mundial, narraba la historia de un hombre sin memoria de corto plazo con una estructura que avanzaba hacia atrás: el espectador quedaba tan perdido como el protagonista. Era un truco, sí, pero un truco al servicio de una idea. Y esa idea —que la forma de contar es tan importante como lo que se cuenta— atraviesa toda su obra.
“The Prestige” entrelazaba diarios íntimos y líneas temporales como si fueran los pases de un acto de magia. “El Origen” apilaba sueños dentro de sueños, cada uno con su propia velocidad temporal. “Dunkerque” —ausente de esta colección— cruzaba tres relatos que duraban una semana, un día y una hora. “Tenet” directamente invertía la flecha del tiempo. Y “Oppenheimer” alternaba dos líneas temporales, una en color y otra en blanco y negro, para contraponer la experiencia subjetiva del padre de la bomba atómica con la mirada objetiva de sus enemigos.
El propio Nolan explicó esta obsesión en una entrevista con el youtuber francés HugoDécrypte: prefiere las estructuras no lineales para ofrecer experiencias complejas y correr siempre un paso adelante del espectador, “ni demasiado por delante, ni demasiado por detrás”. Para el director, la experiencia de la sala debe tratarse del misterio: si uno entiende toda la historia desde el principio, no hay nada que revelar. En tiempos de streaming, donde todo se puede pausar y rebobinar, su apuesta fue hacer las narrativas más densas, no más fáciles.
La pantalla que desaparece
El segundo eje de su carrera es más físico: la obsesión por el formato. Nolan filma en fílmico cuando la industria entera se pasó a lo digital, y rueda con cámaras IMAX desde “El Caballero de la Noche”, cuando nadie usaba esos aparatos ruidosos y pesados para el cine de ficción. En una entrevista con la agencia AP durante el lanzamiento de “Oppenheimer”, lo explicó con precisión de predicador: “La nitidez, la claridad y la profundidad de la imagen son incomparables. Al filmar en película IMAX de 70 milímetros, la pantalla prácticamente desaparece. Se experimenta la sensación del 3D sin necesidad de gafas”.
Los números le dan la razón: la resolución de un fotograma IMAX es casi diez veces mayor que la de un proyector de 35 milímetros. Pero lo suyo no es fetichismo técnico sino una cruzada cultural. “Es una manera estupenda de ofrecer al público una experiencia que no podrían tener en casa”, dijo en aquella nota, y ahí está la clave: en la era de las plataformas, Nolan es el gran defensor de la sala oscura, el tipo que llegó a publicar guías sobre en qué formato ver sus películas y hasta en qué fila sentarse (un poco detrás de la línea media para IMAX, por si alguien toma nota y quiere hacer el viaje a la capital federal).
Esa cruzada explica la evolución que las ocho películas de Universal+ dejan ver con claridad. Nolan empezó en el margen: su ópera prima, “Following” (1998), fue un noir en blanco y negro filmado los fines de semana con plata prestada. “Memento” todavía era cine independiente puro, ingenio para compensar la falta de recursos. Pero a partir de la trilogía de Batman —que reinventó el cine de superhéroes con tono sombrío y ambición adulta— cada película suya fue más grande que la anterior: los pliegues urbanos de “El Origen”, los agujeros negros de “Interestelar”, la explosión Trinity de “Oppenheimer” recreada sin CGI. El cineasta de los relojes rotos se convirtió en el arquitecto de las catedrales del cine-evento.
“La Odisea” es la síntesis lógica de ese recorrido: uno de los relatos fundacionales de la cultura occidental —el viaje más famoso de la historia, contado por Homero en saltos temporales, dicho sea de paso— filmado con la tecnología más monumental disponible. Mientras tanto, la colección de Universal+ ofrece la paradoja perfecta: repasar en la pantalla del living la obra del hombre que dedicó su vida a demostrar que el cine, el de verdad, no entra en la pantalla del living. Nolan, seguramente, preferiría que lo veamos en fila tres, al centro. Pero algo es algo.
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