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Cien años de Goscinny: el guionista de Asterix que se formó en Buenos Aires

Creador además de El Pequeño Nicolás, pasó su infancia en Argentina antes de convertirse en una figura de la industria
René Goscinny, ícono de la historieta

Por Redacción

Hay una asimetría curiosa en el caso de René Goscinny. Sus criaturas son universalmente reconocibles; su nombre, en cambio, circula bastante menos que el de los dibujantes que las pusieron sobre el papel. Astérix y Obélix, Lucky Luke —el vaquero que dispara más rápido que su sombra—, el visir Iznogud y El Pequeño Nicolás pertenecen al patrimonio visual de varias generaciones. Todos salieron de la máquina de escribir del mismo hombre, que este viernes habría cumplido cien años.

Esa desproporción no es casual: Goscinny fue, antes que nada, el tipo que profesionalizó el oficio del guionista de historieta en Europa. Hasta él, el autor era el dibujante y el texto llegaba después, como un servicio. Después de él, la estructura del gag, el timing y el juego verbal pasaron a ser el corazón del asunto. “Siempre quise hacer reír a la gente”, repetía. Le salió bien: su obra lleva vendidos unos 500 millones de libros e historietas, traducidos a cerca de 150 idiomas.

Y todo comenzó en Argentina. Es cierto, nació en París el 14 de agosto de 1926, en una familia judía de origen polaco, pero cuando apenas tenía dos años sus padres se mudaron a Buenos Aires, donde su padre —ingeniero químico— consiguió trabajo. Ahí transcurrió casi toda su formación: fue alumno del Colegio Francés, donde ya hacía reír a sus compañeros con dibujos en los márgenes, y ahí construyó una relación bastante particular con el idioma francés, que hablaba en casa y en el aula mientras la calle le hablaba en otra lengua.

Aymar du Chatenet, administrador de la Fundación René Goscinny y autor de varios libros sobre él, sostiene que “empezó su vida siendo un extranjero” y que vivió más tiempo fuera de Francia que dentro. De ahí, argumenta, un humor “internacional, cosmopolita, todo menos provinciano”. Es una lectura convincente: la mirada del que observa una cultura desde afuera es exactamente la mirada que después va a organizar cada aventura de Astérix, esa comedia de malentendidos entre pueblos que se creen únicos.

El traslado a Argentina tuvo otra consecuencia, menos amable de contar: salvó a la familia del Holocausto. Buena parte de sus parientes y amigos que quedaron en Europa fueron asesinados durante la Segunda Guerra Mundial, y esa ausencia lo acompañó siempre. Conviene tenerlo presente para no leer su obra como pura liviandad: hay una aldea rodeada de un imperio, hay una banda de forajidos que nunca gana, hay un chico que no entiende del todo el mundo de los grandes.

Nueva York, la escuela del gag

En 1943 murió su padre y el joven René empezó a trabajar: fue ayudante de contador y después dibujante en una agencia de publicidad porteña. En 1945 la familia se instaló en Nueva York, y ahí ocurrió el otro gran capítulo formativo. Compartió estudio con Harvey Kurtzman, Will Elder y Jack Davis, es decir, con quienes poco después fundarían la revista MAD. Aprendió el ritmo de la comedia norteamericana, la sátira, la parodia, la eficacia de la viñeta que remata.

En 1951 volvió a Francia con esa caja de herramientas y conoció a un dibujante joven, francés de raíces italianas, llamado Albert Uderzo. La sociedad tardó unos años en encontrar su formato definitivo: antes de la aldea gala probaron con un corsario, con un agente secreto y con Oumpah-Pah, un “piel roja” que ya ensayaba el choque cómico entre un pueblo originario y una potencia colonial. Cuando por fin dieron con la fórmula, cambiaron el mapa de la historieta europea. El 29 de octubre de 1959, en el primer número de la revista Pilote, apareció la primera aventura de Astérix.

Goscinny no fue solo autor: fue director de Pilote y, desde ese lugar, algo parecido a un jefe de escuela. La revista formó a una generación entera de historietistas franco-belgas. También produjo el conflicto lógico: en el clima del Mayo Francés, los autores jóvenes —Gotlib, Bretécher, Mandryka, Druillet— le reprocharon su autoridad editorial y terminaron armando sus propias publicaciones. Goscinny quedó en una posición incómoda, la del innovador acusado de conservador, y la atravesó escribiendo más.

Su método era reconocible. Du Chatenet lo resume en la capacidad de detectar rasgos culturales mínimos y convertirlos en comedia: “Ponía el dedo en su particularidad” con españoles, británicos, corsos o suizos. Ahí está también el punto donde su obra envejeció de manera despareja. La comedia de estereotipos nacionales que hace funcionar a los álbumes de viaje de Astérix se lee hoy con otra sensibilidad, y sin embargo el mecanismo sigue siendo eficaz porque el blanco último nunca es el otro, sino la convicción de cada pueblo de estar en el centro del mundo.

Una obra que se sigue explotando

Goscinny murió el 5 de noviembre de 1977, a los 51 años, durante una prueba de esfuerzo médica. Trabajaba en Astérix en Bélgica. Dejó 24 álbumes de Astérix con Uderzo, unos 36 guiones de Lucky Luke junto a Morris, el Iznogud creado con Jean Tabary y los relatos de El Pequeño Nicolás ilustrados por Sempé.

Medio siglo después, esas franquicias funcionan sin él y a una escala industrial: nuevos álbumes de Astérix a cargo de Fabcaro y Didier Conrad, un Lucky Luke que continúa Achdé, películas en acción real y animadas, parques temáticos, series. El material inédito de El Pequeño Nicolás fue editado por su hija, Anne Goscinny, a partir de 2004.

Es una posteridad ambigua, la del autor convertido en catálogo. Pero también la confirmación de aquello que Du Chatenet señala como su secreto: “la intemporalidad del comportamiento humano”. Decenas de miles de personas aprendieron francés leyendo a Nicolás, de España a Seúl. El chico sigue teniendo ocho años.

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