Hay una escena que ya forma parte del imaginario de la cinefilia moderna: Martin Scorsese, en su oficina de Nueva York, dictándole instrucciones a una pantalla. No a un asistente humano, sino a un modelo de inteligencia artificial generativa. En un video que acompañó el anuncio de su colaboración con la startup alemana Black Forest Labs, el director de “Buenos muchachos” usa el modelo FLUX de la empresa para ayudar a crear el guion gráfico de una escena, ajustando el ancho de una calle medieval, modificando el largo del cabello de un personaje, obteniendo visualizaciones en segundos. El hombre que alguna vez pasó décadas perfeccionando cada encuadre con pluma y papel ahora le pide a una IA que le muestre lo que tiene en la cabeza.
Scorsese se incorporó como asesor de Black Forest Labs en el marco de una colaboración orientada al desarrollo de herramientas para la creación audiovisual, con el objetivo declarado de “ampliar los límites de la creatividad” para generar experiencias más complejas para las audiencias. “El cine es un medio joven, con apenas 125 años, así que debemos estar abiertos a su evolución”, declaró el director. “Utilicé el 3D en ‘Hugo’ y la tecnología de rejuvenecimiento para ‘El Irlandés’. Ahora, con esta herramienta, puedo compartir mis ideas de forma más clara y eficiente con mi equipo creativo.” La intención, subrayó, no es reemplazar a nadie sino agilizar la preproducción: la herramienta permite transformar ideas escritas en imágenes detalladas, algo que describió como una manera de acelerar procesos creativos sin reemplazar el trabajo humano.
La reacción no tardó: de maestro, de la gran voz del cine de autor estadounidense, preocupado por el cine en salas y la preservación, todos pasaron a considerarlo un traidor. El sindicato de directores de arte, diseñadores de producción e ilustradores de Hollywood emitió un comunicado durísimo: acusó a Scorsese de “darle la espalda a los artistas humanos” y calificó su accionar de “traición a la naturaleza colaborativa del cine”. Para el sindicato, la promoción de FLUX elude la aportación de decenas de profesionales que históricamente colaboraron con los realizadores.
Pero Scorsese no está solo en esta exploración. James Cameron forma parte del consejo de administración de Stability AI, la empresa creadora del modelo de texto a imagen Stable Diffusion. Y más cerca de la línea de fuego, la semana pasada la industria estalló cuando A24 —el sello independiente que se convirtió en símbolo de cine de autor para toda una generación de espectadores— anunció una alianza de 75 millones de dólares con Google DeepMind para investigar y desarrollar tecnología de IA aplicada al cine. Según los términos del acuerdo, la IA que buscan construir está pensada para asistir en el flujo de trabajo de producción —storyboarding, edición, iteraciones— mientras los cineastas retienen el control creativo.
INDIGNACIÓN MORAL
La respuesta en redes sociales fue inmediata y previsible: indignación, llamados al boicot y, de manera casi refleja, una súbita canonización de Neon como alternativa “ética” al sello caído en desgracia. El problema con ese razonamiento es que parte de una premisa falsa: que existe algún estudio de cine libre de estructuras de poder y capital. Neon, ese supuesto santuario indie, enfrenta actualmente una demanda por el documental “Amazing Grace”, que alega que la compañía manipuló su contabilidad para que la película figurara a pérdida y dejar a sus productores sin participación en las ganancias pese a que para Neon ya había resultado rentable. En cuanto a Mubi, la plataforma predilecta de los cinéfilos más exigentes, está respaldada en gran parte por Sequoia Capital, uno de los fondos de capital de riesgo más agresivos del mundo tecnológico. Y los propios inversores de A24 incluyen a Thrive Capital, el fondo del empresario Josh Kushner, cuñado de Ivanka Trump, que en 2024 inyectó 75 millones de dólares en la compañía y desde entonces tiene un asiento en su directorio. La pureza no existe: el arte siempre siguió el flujo del dinero. El arte, como la tecnología, siempre están atravesados por lo material, por su tiempo y sus dinámicas de poder.
El hombre que pasó décadas perfeccionando encuadres, ahora le pide todo a la IA
Una publicación de la cuenta de Instagram Monuntal lo planteó con claridad brechtiana. El “Verfremdungseffekt”, el “efecto de distanciamiento” que Bertolt Brecht propuso como antídoto contra la identificación emocional acrítica con el arte, opera exactamente al revés cuando se trata de estudios cinematográficos. En lugar de mantener una conciencia crítica sobre las estructuras que hacen posible el arte, los espectadores tienden a sustituir las realidades materiales con identidades morales simbólicas: este estudio es bueno, aquel es malo, este otro nos traicionó. La pregunta que Brecht hubiera formulado no es cuál sello es más ético, sino quién financia el arte, quién lo distribuye y a qué intereses sirve.
LA ANIMACIÓN EN DEBATE
Esa tensión encontró su episodio más cinematográfico —en el sentido más literal— en el Festival Internacional de Animación de Annecy, que acaba de concluir esta semana en Francia con un clima enrarecido por el debate sobre IA. La disputa llegó a un nuevo punto de quiebre durante la premiere mundial de “Danse Macabre”, del director holandés Hisko Hulsing, cuando espectadores protestaron contra el uso de técnicas de producción asistidas por IA en el cortometraje. Según Hulsing, unos cien espectadores abandonaron la sala antes de que comenzara su película, y quienes permanecieron empezaron a abuchear antes de que las primeras imágenes aparecieran en pantalla.
Lo que hacía particularmente complejo el caso de Hulsing es que su proceso nunca fue ocultado. El cineasta —cuyo currículum incluye la serie “Undone”— había publicado entrevistas y material detrás de cámara explicando cómo su equipo combinó pinturas al óleo realizadas a mano, animación 3D y modelos de machine learning entrenados sobre sus propias pinturas para lograr el estilo visual de la película. No había engaño: había transparencia, y aun así llegaron los abucheos. El propio Hulsing reconoció que comprende el miedo de sus colegas —él mismo perdió trabajos de storyboard a causa de la IA— pero no la forma elegida para expresarlo.
El director artístico del festival, Marcel Jean, emitió uno de los comunicados más directos de la historia reciente del evento, condenando las demostraciones como una “cacería de brujas” contra artistas que exploran las posibilidades de las nuevas herramientas con transparencia. “La IA existe, afecta todos los aspectos de nuestras vidas y no va a desaparecer mañana. Esconder la cabeza en la arena no resolverá el problema”, escribió Jean.
El resumen del festival es que el debate ya no gira tanto en torno a si la IA merece existir sino sobre cuál debería ser la respuesta de la industria. La conversación se divide crecientemente en dos campos: quienes creen que la IA generativa no tiene lugar en la animación —por las violaciones de derechos de autor, el uso no autorizado de obras de artistas para entrenar modelos y la amenaza al empleo creativo— y quienes reconocen esas preocupaciones pero argumentan que la IA es ya una realidad inevitable y prefieren definir las reglas de su uso.
En ese sentido, la reacción contra A24 y la reivindicación instantánea de Neon como alternativa virtuosa son, en el fondo, un síntoma del mismo fenómeno que Brecht denunciaba: el reemplazo del análisis material por la narrativa moral. La pregunta no debería ser si A24 o Scorsese “traicionaron” a los amantes del cine de autor. La pregunta debería ser por qué esperábamos que una empresa capitalista con inversores en su directorio tomara decisiones ajenas a la lógica del capital. El Renacimiento no nació de la libertad artística: los Médici necesitaban lavar su reputación política y el arte fue la herramienta. Hollywood tampoco nació de la libertad artística: banqueros de Wall Street rescataron a los grandes estudios tras la Gran Depresión y obtuvieron a cambio el control del sistema. La IA en el cine no es una ruptura con esa historia. Es su continuación más predecible.
❑ Martin Scorsese se sumó como asesor de Black Forest Labs, una startup alemana de IA generativa, para usar su modelo FLUX en la creación de storyboards. El gremio de directores de arte de Hollywood respondió con un comunicado furioso, calificando su decisión de “traición” a los artistas humanos.
❑ A24 anunció una alianza de 75 millones de dólares con Google DeepMind para desarrollar herramientas de IA aplicadas al flujo de producción cinematográfica. La indignación en redes fue inmediata, pero la reacción reveló algo más profundo: la tendencia del público a dividir la industria en estudios “buenos” y “malos”, ignorando que todos operan dentro de la misma lógica de capital y poder.
❑ En el Festival de Annecy, la premier del cortometraje “Danse Macabre” del holandés Hisko Hulsing fue interrumpida por protestas contra su uso de IA, pese a que el director siempre fue transparente sobre su proceso híbrido. El director artístico del festival salió a defenderlo públicamente y advirtió: “La IA existe y no va a desaparecer mañana.”
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