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De Los Twist al tango: Daniel Melingo , una leyenda bajo el signo del cambio

Comenzó en el pop con Los Abuelos, fundó Los Twist, y de repentó empezó a mutar. Llegó al tango, a la milonga, al arrabal y se reconvirtió en un poeta de la noche. Murió a los 68 años: padecía una enfermedad respiratoria

Melingo tenía 68 años. atravesaba una enfermedad respiratoria

Por Redacción

Murió este martes Daniel Melingo, a los 68 años, en su casa de Chacarita, donde lo encontraron sus hijos. Llevaba un tiempo con cuidados paliativos por una afección respiratoria, y su entorno había pedido que el médico de cabecera estuviera presente en los últimos días. Se va así, en silencio, uno de los pocos artistas argentinos que pudo decir con honestidad que vivió varias vidas musicales y que en todas fue, de manera incuestionable, el mismo tipo.

Porque ahí está el truco de Melingo, el que lo volvió irrepetible: no se reinventó para escapar de nada. Mutó para seguir siendo fiel a algo que nadie más escuchaba todavía. “Mi signo es el cambio, tengo que asumir eso”, le dijo Melingo en una entrevista para el desaparecido sitio web Silencio. “Me estoy dando cuenta de que todo lo hago en función a que en un momento me pica el bichito y tengo que cambiar. Yo dispongo todo para ese cambio, muchas veces más allá de la familia, de los contratos... Muchas veces es más fuerte que yo: tengo que seguir el latido de eso”.

A comienzos de los 80, en la efervescencia de la escena under porteña que resistía bajo dictadura, Melingo era el saxofonista inquieto que tocaba con Miguel Abuelo y terminó integrando Los Abuelos de la Nada, codo a codo con una generación —Calamaro, Bazterrica, Cachorro López— que reescribía el rock nacional. Pero el gesto que mejor lo define llegó en 1982, cuando con Pipo Cipolatti fundó Los Twist, ese artefacto pop, colorido, irreverente, que se reía en medio del horror. Una declaración de principios estéticos en años donde compuso clásicos pop como “Chalamán”, “Cleopatra” y “Jugando Hulla Hulla”.

Después vino España, como para muchos artistas argentinos: Toreros Muertos con Pablo Carbonell, la rareza electrónica de Lions in Love. Y en algún momento de los 90, sin anuncio ni renuncia formal, el rock y el pop empezaron a quedarse atrás. Pero acá conviene escuchar al propio Melingo, que se cansó de aclarar que el orden de los hechos no era el que todos suponían: el tango no llegó después del rock, decía; llegó antes, en la voz de su madre cantándole de chico —y hasta antes de nacer—. Lo que pasó en los 90 no fue una conversión, fue un regreso.

MELINGO, SEGUNDA PARTE

Ahí empezó otra metamorfosis, la que lo consagró como uno de los grandes renovadores del género: discos como “Santa Milonga”, “Maldito Tango”, “Anda” y “Tangos Bajos” construyeron un universo propio, poblado de linyeras, cafishios y fantasmas de un Riachuelo brumoso, cantado con una voz huraña, gastada, que parecía salir directamente de un asfalto del Once a las cuatro de la mañana. No imitó a los cantores clásicos: inventó uno nuevo, mestizo, con un pie en Piazzolla y otro en Tom Waits, capaz de teatralizar cada tema como si fuera una escena de cabaret decadente. Un pibe pop y colorido que encontró, ya grande, una segunda vida en un tango maldito del siglo XXI que prácticamente inventó él solo.

Esa fábula porteña siguió escribiéndose hasta el final. En 2014 presentó “Linyera”, pieza fundamental de su discografía, en la que fusiona el tango, la milonga y la poesía lunfarda con una estética bohemia y arrabalera. El linyera, el vagabundo sin rumbo que todo lo miraba sin que nadie lo viera, era él, claro.

Trabajó hasta el final. En 2020 publicó “Oasis”. Y este mismo abril, ya con la enfermedad avanzando, preparaba un nuevo disco (ver aparte). Ese disco iba a presentarse oficialmente el 21 de septiembre en el Teatro Coliseo. Ahora esa fecha, inevitablemente, va a ser otra cosa: una despedida.

Para Melingo, reinventarse no fue traicionar el origen sino la única forma de ser fiel a él mismo. Pasó del pop irreverente de Los Twist al tango lúgubre y visionario sin que jamás dejara de sonar a sí mismo: la misma teatralidad, el mismo gusto por el personaje, la misma curiosidad incurable.

Un alquimista. Un linyera con formación de conservatorio que terminó cantándole a los fantasmas de una ciudad que él mismo ayudó a inventar.

“Un genio”

Fabi Cantilo

“Dani, Dios te tendrá en la gloria. Gracias por tu amor de colega musical y espiritual, tu humildad única”

Leo García

“Se nos fue un artista total! Artista de artistas. Una persona cálida, sensible, inteligente, graciosa… Experto patafisico universal. No hubo nada en este mundo fuera del área de su interés.”

Fito Páez

“Buen viaje Chalamán, superhéroe de la música que alegra y de la otra”

Frankie Langdon

“Ahora sé que soy inmortal”

Los Twist

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