La muerte del Indio Solari dejó un vacío imposible de llenar, pero también provocó una de esas escenas que ayudan a explicar por qué fue mucho más que un músico. Desde Plaza de Mayo hasta la esquina de 7 y 50, miles de personas salieron a la calle para despedir a quien durante décadas puso banda sonora a sus vidas.
No hubo una convocatoria oficial ni un escenario. Tampoco hizo falta. Bastó con que se conociera la noticia para que los fanáticos comenzaran a encontrarse allí donde históricamente se reunieron para celebrar, cantar y compartir una identidad común.
En Buenos Aires, la Plaza de Mayo se transformó en una nueva misa ricotera. Frente a la Casa Rosada, cientos de personas desplegaron banderas, encendieron bengalas de humo rojo y negro y cantaron los clásicos de Los Redonditos de Ricota. A medida que avanzaba la tarde, el dolor fue cediendo lugar a otra cosa: una celebración colectiva de la obra de un artista que marcó varias generaciones.
Sonaron “Ji ji ji”, “Juguetes perdidos”, “Un ángel para tu soledad” y tantas otras canciones que el público conoce de memoria. Hubo abrazos entre desconocidos, lágrimas silenciosas y pogos improvisados. Como en aquellos recitales multitudinarios, convivieron la emoción y la fiesta.
La misma escena se repitió en La Plata, aunque con una carga simbólica especial. Aquí, en la ciudad donde el Indio vivió gran parte de su juventud y donde comenzó a construirse la historia de Los Redondos, cientos de personas respondieron a la convocatoria lanzada en redes sociales y se reunieron en 7 y 50.
Poco antes de las siete de la tarde comenzaron a llegar los primeros grupos. Algunos llevaban remeras gastadas por los años, otros aparecieron con banderas, estandartes y bombos. Con el correr de los minutos, la esquina fue quedando cubierta por una multitud que transformó el centro platense en una enorme ceremonia popular.
Los cánticos se escuchaban desde varias cuadras de distancia. “Vamos los Redondos” y los estribillos de las canciones más emblemáticas acompañaron una noche cargada de emociones. Muchos se abrazaban. Otros lloraban. Algunos simplemente observaban en silencio mientras las canciones volvían a sonar desde parlantes improvisados.
Desde el remozado edificio del Pasaje Dardo Rocha, iluminado por varios reflectores de colores, la banda tributo Etiqueta Negra empezó a tocar los clásicos inoxidables, convirtiendo la despedida en una fiesta. Se repitieron las escenas: más abrazos, más cánticos, más brazos levantados al cielo en señal de agradecimiento de una multitud de fans que le hacía el pogo final a su máximo ídolo.
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