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¿Dónde están los galanes?: las chicas ya no suspiran por un mismo chico bonito, ¿qué pasó?

Hubo un tiempo en que las adolescentes colgaban posters de sus galanes en sus piezas, y eran las mismas figuras. Hoy, cada una tiene un poster distinto. Las razones del fenómeno
los galanes del pasado solo cuelgan en piezas de personas que se fueron de casa hace rato

Por Redacción

Había un ritual. Una chica de 13 años entraba a la pieza de su mejor amiga y ahí estaban: los mismos ojos, la misma sonrisa, el mismo tipo colgado sobre la cama o en la puerta del ropero. No hacía falta preguntar quién era. Era el galán de turno, y ese turno lo compartían todas. Ese póster omnipresente —arrancado de revistas, comprado en el quiosco, atesorado como reliquia— era una de las formas más íntimas y colectivas de la adolescencia femenina argentina durante décadas. Una liturgia visual que hoy, sin que nadie haya convocado una reunión para decretarlo, parece haberse terminado.

El galán argentino tuvo varias encarnaciones, cada una hijo de su tiempo. En los años setenta fue Sandro, el gitano de Valentín Alsina que hacía enloquecer a sus “nenas” con una rosa en la mano y el torso apenas entreabierto, y que lograba el milagro improbable de que las hijas de sus fanáticas terminaran siendo fanáticas también. Las madres y las hijas compitiendo por el mismo hombre, separadas apenas por una o dos décadas de lanzamiento de prendas íntimas al escenario. En los ochenta la tevé abrió otro frente: aparecieron los galanes de telenovela latinoamericana, venezolanos y mexicanos con mandíbula cuadrada y mirada intensa que cruzaban fronteras con una facilidad que hoy asombraría. Carlos Mata en “Cristal”, Fernando Colunga en “María Mercedes”, Osvaldo Ríos en “Kassandra”: figuras que llegaban desde Caracas o Ciudad de México para instalarse, con la misma familiaridad, en los cuartos de chicas de La Plata, Córdoba o Tucumán.

La televisión argentina, por su parte, fabricó los propios. Los noventa fueron la edad de oro: Gabriel Corrado en “Perla Negra” y “Primer Amor”; Osvaldo Laport, de Catriel a aquel musculoso Guevara de “Campeones de la Vida”; el universo Cris Morena produciendo galancitos a escala industrial en “Jugate Conmigo”, donde los chicos del elenco —Gaspar Teverovsky, Eric Grimberg, Luciano Castro jovencísimo— cantaban y bailaban y hacían suspirar a las adolescentes con la misma eficacia con que hoy haría un chico del k-pop. Y después, en los dos mil, la renovación: Mariano Martínez de “Alma Pirata” a “Esperanza Mía”, síntesis perfecta del galán televisivo argentino de última generación; Marco Antonio Caponi con su barba de tres días... Hombres que ocupaban las tapas de las revistas Gente y Pronto, que salían en los programas de chimentos, que eran el tema de conversación del recreo.

¿Qué pasó con todo eso? Hoy la pregunta parece fácil pero la respuesta tiene al menos tres capas.

La concentración era el combustible

El galán masivo fue posible porque los medios eran masivos. Cuando había cuatro canales de televisión abierta y una docena de radios, la agenda cultural se negociaba en un espacio acotado y lo que aparecía ahí llegaba a todo el mundo al mismo tiempo.

Sandro salía en el Canal 13 y al día siguiente era el tema en cada mesa del país. El póster de Mariano Martínez en la pieza de una chica de Mendoza era el mismo que el de una chica de Mar del Plata porque ambas habían visto “Alma Pirata” en el mismo horario, por el mismo canal, con la misma emoción simultánea. Esa simultaneidad era la condición de posibilidad del galán como fenómeno social compartido. Sin ella, el fenómeno se atomiza.

La atomización produce mil galancitos

Con la llegada del streaming, las redes sociales y la producción global de contenido, el mercado del deseo adolescente se fragmentó en miles de nichos. Ya no hay cuatro canales: hay plataformas con catálogos de miles de series, YouTube con millones de canales, TikTok con su algoritmo que le muestra a cada persona exactamente lo que quiere ver.

El resultado es que cada chica tiene ahora su propio galancito, calibrado a sus gustos específicos: puede ser un integrante de un grupo de k-pop con coreografías imposibles y piel perfecta, el protagonista de una novela coreana, un actor yanqui de una serie de fantasía, un streamer que hace gaming. El fenómeno se hizo global —hay más opciones que nunca, procedentes de más lugares que nunca— pero justamente por eso perdió masa crítica. El galán de una es el perfecto desconocido de la otra. Aquella liturgia del póster compartido, ese código generacional que igualaba cuartos y gustos, ya no puede ocurrir porque no hay suficiente gente mirando lo mismo.

La velocidad no deja que nada se instale

Pero quizás la explicación más profunda tenga que ver con el tiempo, o más bien con su ausencia. La lógica de las redes sociales y el streaming es la del estímulo continuo: siempre hay algo nuevo, siempre hay algo mejor, siempre hay algo más. Un actor aparece en una serie que se convierte en el tema de la semana, genera memes y antes de que termine el mes ya fue reemplazado por otro. La obsesión es real pero efímera, una llama que se enciende fuerte y se apaga rápido.

El galán de antes necesitaba tiempo para instalarse: las telenovelas duraban meses, los álbumes de música se escuchaban durante años, las revistas construían un relato sostenido semana a semana. Ese tiempo de exposición prolongada era lo que convertía un lindo actor en un amor platónico verdadero, en algo que merecía un póster en la pared. Hoy las obsesiones son más intensas pero más cortas: se viven en el celular, en la intimidad de la pantalla chica, sin llegar nunca a materializarse en papel. Son amores que no llegan a ser póster. Son “crushes” que se evaporan antes de poder ser colgados.

Lo que desapareció, entonces, no es exactamente el galán. Hay galanes, miles de ellos. Lo que desapareció es la experiencia colectiva de compartir uno. Ese póster idéntico en todas las piezas era, antes que nada, un idioma común: prueba de que dos personas habían sentido lo mismo al mismo tiempo mirando la misma pantalla. Hoy cada una siente algo distinto mirando pantallas distintas. La adolescencia se volvió más rica en opciones y más solitaria en sus entusiasmos.

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