¿La muerte del cine? Habrá que posponer el velorio. “Spider-Man: Un Nuevo Día” debutó con 355 millones de dólares en Estados Unidos y Canadá, el segundo mejor estreno de la historia, apenas 2 millones por debajo del récord absoluto de “Avengers: Endgame” (357,1 millones, 2019). En el camino, el regreso de Tom Holland pulverizó otra marca histórica: sus 168 millones del viernes son el mejor día de apertura de todos los tiempos.
A nivel global, la película de Destin Daniel Cretton sumó 572 millones en 66 mercados internacionales para un arranque mundial de 927 millones, también segundo en el podio histórico. Y como si fuera poco, el efecto contagio hizo el resto: con “La Odisea” de Christopher Nolan aguantando firme en el segundo puesto (51 millones en su tercer fin de semana, casi 400 acumulados) y “Toy Story 5” todavía en cartel, la taquilla norteamericana rozó los 430 millones de dólares en tres días, el mejor fin de semana de su historia, superando al de “Endgame”.
Hay más: fue el mejor debut de la historia para Sony, batió récords en formatos premium como Dolby y 4DX, y hasta consiguió el mejor estreno de un superhéroe estadounidense en China desde 2019. Con la taquilla anual de Estados Unidos ya un 15% arriba de la de 2025, las salas llenas, el pochoclo volando y la crítica aplaudiendo (90% de aprobación en Rotten Tomatoes, 98% del público), el apocalipsis del cine tendrá que esperar.
Ahora bien, ¿por qué Spider-Man? En plena era de la fatiga superheroica, con el género dando señales de agotamiento y el público bajándole el pulgar a media docena de tanques recientes, el trepamuros parece inmune.
La respuesta, quizás, no está en los multiversos ni en los cameos, sino en algo mucho más terrenal: Peter Parker es el único superhéroe que llega a fin de mes con lo justo. No es un millonario con traje ni un dios nórdico: es un pibe de barrio que después de salvar la ciudad tiene que pagar el alquiler, colgarse del subte y pedir disculpas por llegar tarde al trabajo. Mientras otros héroes habitan torres y mansiones, Spidey vive los problemas de cualquier laburante.
Esa cercanía —el héroe de la clase trabajadora, el vecino con máscara— es su superpoder real, y explica por qué cada generación lo adopta como propio. La fatiga es de las fórmulas; de la empatía, nunca.
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