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“El Gran Arco”: el hombre que nadie conocía

Llega al cine la película de Stéphane Demoustier sobre un caso real: la historia del arquitecto que ganó el concurso para construir el Arco de La Défense y que colisionó de frente contra la burocracia y los límites de la realidad

Por Redacción

Hay edificios que cuentan la historia de una época mejor que cualquier libro de texto. El Gran Arco del barrio parisino de La Défense es uno de ellos: ese cubo perfecto que se eleva al oeste de París como un monumento a la ambición, al poder y, también, a la soledad del artista que lo concibió. Esa historia llega a la pantalla grande hoy, entre varios estrenos: “El Gran Arco”, el filme del director francés Stéphane Demoustier, rescata del olvido la historia real de Johan Otto von Spreckelsen, el hombre detrás de uno de los edificios más emblemáticos de la capital francesa.

La historia comienza en 1983, cuando François Mitterrand convocó lo que sería el mayor concurso de arquitectura de la historia: un llamado internacional para diseñar un monumento que conmemoraría el bicentenario de la Revolución Francesa. El ganador fue un profesor danés, no francés, y absolutamente desconocido, que había construido en Dinamarca apenas tres casas y una pequeña capilla. El desconcierto fue inmediato, y no sólo entre los burócratas franceses: en su propio país tampoco lo conocían demasiado.

Demoustier se acercó a este personaje a partir de “La Grande Arche”, un libro de la escritora Laurence Cossé. Pero fue lo que ese libro no decía lo que lo atrapó. “Me di cuenta de que había un punto ciego dentro de esa novela”, explica el director. “Justamente era ese Spreckelsen, el arquitecto, del que se sabe muy poco. Él me pareció un personaje totalmente novelesco y nada difícil de convertir en el héroe de una película”.

Con el danés Claes Bang en el papel protagónico, la película arranca en el momento exacto en que se anuncia al ganador del concurso y sigue a Spreckelsen en su batalla por sacar adelante un proyecto tan grandioso en la ambición como brutal en su complejidad. A su lado, la actriz Sidse Babett Knudsen da vida a la compañera del arquitecto, el único personaje creado desde la ficción; Xavier Dolan interpreta al tecnócrata Jean-Louis Subilon; Swann Arlaud al arquitecto local Paul Andreu; y Michel Fau encarna a Mitterrand, con un tono que carga el peso burlesco del relato.

Porque hay comedia en “El Gran Arco”, aunque de la que hace reír con incomodidad. “Esa dimensión burlesca está en la película porque el proyecto arquitectónico en sí es demasiado grande, tanto para los unos como para los otros”, dice Demoustier. “Quería mostrar la comedia también para revelar el gran espectáculo circense del poder en Francia. Hay que tener en cuenta que en Francia nuestra república es casi una monarquía”. El choque entre ese universo de grandilocuencia institucional y la pureza idealista de Spreckelsen produce momentos de una comicidad cruel que la película sabe administrar con inteligencia.

Pero lo que realmente le interesaba a Demoustier era algo más profundo: “Contar la tensión que existe entre la idea y la encarnación de esa idea. Y esto ocurre no solo para un arquitecto, también pasa con un director de cine y con muchísima gente que tiene que mover muchas cosas para encarnar su proyecto”. La guerra de intereses que desató el proyecto faraónico fue arrasando, piedra a piedra, el entusiasmo y la pureza del arquitecto danés. La historia real no tiene un final feliz en el sentido convencional: Spreckelsen no llegó a ver su obra terminada. Renunció al proyecto en 1986, agotado por los conflictos con la burocracia francesa, y murió de cáncer al año siguiente, en 1987. El arco fue inaugurado en 1989, sin él.

La figura de Mitterrand ocupa un lugar central en ese tablero. Durante su presidencia, transformó completamente la ciudad: la Pirámide del Louvre, el Museo de Orsay, el Parque de la Villette, la Ópera de la Bastilla y el propio Arco de La Défense son algunos de sus monumentos modernos. Era un presidente con hambre de inmortalidad —y con razones concretas para tenerla. “Mitterrand tenía la convicción de que el arte le haría inmortal”, analiza Demoustier. “Además, cuando fue elegido, ya estaba enfermo, nadie lo sabía excepto él, entonces, quizá por saber que tenía una caducidad, quiso aún más inmortalizarse a través del arte”.

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