El sábado en River no era el momento ideal para una fiesta. O quizás era exactamente el momento. Carlos Alberto Solari había muerto el día anterior y Argentina entera llevaba encima ese peso raro que tiene la muerte de alguien que nunca conociste pero que igual te formó. Lali Espósito lo sabía. Y eligió no ignorarlo.
Antes de pisar el Monumental, ya había dado señales. Las fotos previas al show la mostraban en el escenario con un buzo negro intervenido: en la espalda, el nombre de uno de los temas más hermosos del Indio —”Mi genio amor”— y las fechas de sus conciertos en River. Abajo, otra cita ricotera: “En este día y cada día”, de “Ya nadie va a escuchar tu remera”. No era casualidad ni moda. Era declaración.
Lali cumplió el sábado el sueño que toda artista argentina lleva tatuado: encabezar un show propio en el estadio Monumental. Más de 80 mil personas la esperaban en lo que ya era, antes de empezar, un hecho histórico. El show cumplió con todo lo que prometía: dos horas largas de canciones, producción de primer nivel y sorpresas de categoría. La aparición de Kylie Minogue generó una de las mayores explosiones de la noche —compartieron “Can’t Get You Out of My Head” y “Padam Padam” con una química que desbordó el escenario— y Duki sumó otro pico con “Plástico”, sellando el diálogo entre el pop y el trap que define a esta generación.
Pero el momento que quedará fue el último.
Sobre el final, con el estadio todavía encendido, Lali tomó “No me importa” y la fundió con “Jijiji”. En las pantallas gigantes apareció el Indio. Y entonces pasó algo que ningún guion hubiera podido escribir mejor: ochenta mil personas empezaron a saltar. “El pogo más grande del pop”, le llamaron en redes.
”Gracias, Indio Solari, por tanto”, dijo Lali desde el escenario. La ovación duró varios minutos.
Hay una frase que el Indio había dicho sobre ella en algún momento, definiendo su fenómeno: “Esa muchachita que llena estadios”. El sábado en River, Lali cerró el círculo.
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