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El Indio en La Plata: historias de una juventud que marcó a fuego su poética

Solari llegó muy chiquito a la Ciudad y poco a poco fue encontrando “una fauna pequeña pero interesante” para explorar su arte

Skay beilinson, la negra poli y el indio solari
solari, al micrófono, en uno de los primeros shows en el teatro lozano de 11 entre 45 y 46

Por Redacción

Carlos Alberto Solari llegó jovencito a La Plata: hijo de José y Celina Estela Choy, nació en Paraná, pero la familia se mudó hacia la Ciudad cuando el futuro “Indio” comenzaba a transitar su infancia. La Plata marcaría a fuego su tarea fina: el paisaje platense no solo aparece recurrentemente en sus letras, también asoma allí el espíritu indomable de una movida contracultural que se tejió cuando él era un adolescente al que echaban de los colegios mientras soñaba con hacer música.

Pero antes de todo eso, vivió su infancia en un departamento en 41 entre 6 y 7. La primaria la hizo en la Escuela N°33, primer encuentro con un compañero de viaje, Isa Portugheis, luego baterista de Los Redondos. Empezó el secundario en el Albert Thomas, y ahí empezaron los problemas: lo echaron. Terminó el ciclo en el Normal 3, y comenzó los estudios superiores en la vieja Escuela de Bellas Artes, hoy facultad: de allí también echaron al estudiante de Pintura. Donde hoy hay una sede de Bellas Artes, en diagonal 78 y 10, hizo luego la “colimba”, cumpliendo tareas de oficina.

En aquellos años mozos fue preso por robar verduras de madrugada y revolear zapallos entre amigos en plena 7 y 49. “Nos entregamos”, contó. Pero “cuando se me pasó el pedo me quería rajar”. Estaba en la comisaría Primera, de 53 entre 9 y 10, “pero estábamos alojados en la parte trasera, como en un patio. Había un portón de hierro, y fuimos hasta ahí con el plan de escaparnos. Nos trepamos y nos tiramos (hacia la vereda de calle 54). Fue una locura, cosas platenses y es una ciudad donde pasan cosas muy chifladas”.

Pero aquellos años de desventuras no los recordaba de manera tan romántica en sus memorias. “Cuando me echaban de todos los colegios, yo no me ponía contento. Uno no se jactaba de algo así, porque dolía”, contó en alguna ocasión. “Además, había que bancarse a los padres remachando eso de que con la guitarrita y con la escritura me iba a cagar de hambre. Y la realidad parecía darles la razón: tus compañeros se habían recibido y vos seguías amurado en un cuartucho, escribiendo, pintando con pintura regalada; y mientras tanto, mirabas al cielo y te rebelabas, pensando: ¿Por qué me despertás esta ambición si no tengo posibilidades?”.

LA TRIBU DE MI CALLE

Para entonces Solari, sin embargo, ya se había encontrado con la tribu de su calle. Los hermanos Beilinson, Skay y Guillermo, “The Boss”, invitaban al joven “Indio” a ser parte de su movida contracultural. Faltaba una década para “Gulp”, el primer disco de Los Redondos, y Solari era uno más en un conjunto de músicos, actores y vagabundos que soñaban, en aquellos años 70, todavía con posibilidades diferentes.

¿Qué era aquello de lo que era parte el Indio? ¿Eran una banda? ¿Eran un grupo de teatro, eran cineastas? ¿Performers, quizás? ¿Eran una comunidad hippie? Ese primer “Patricio Rey”, en principio, era un grupo amorfo y vanguardista: con ideas (y sustancias) traídas de Europa por los hermanos Beilinson no les importaba en aquellos días tanto definirse como experimentar.

Los primeros ensayos de aquel experimento fueron en el Pasaje Rodrigo, por entonces abandonado, junto a Eduardo “Skay” Beilinson, Beto Verne, Pepe Fenton y otros músicos que fueron pasando por distintas formaciones. En este escenario aparecería La Negra Poli, que luego se convertiría en manager de Los Redondos. Se refugiaron de la sociedad por un tiempo en el campo, buscando entrar en contacto con la naturaleza, emprendieron un viaje delirante a Salta, en un micro desvencijado y bajo la fachada de una banda sin tener un tema compuesto (y con un Indio distinto, cantando folclore y esperanza), y regresaron a la Ciudad para transformar su inclasificable “show” (las míticas y confusas fiestas del Teatro Lozano, de 11 y 45, una verdadera bacanal en tiempos de mesura y censura) en el secreto mejor guardado del under.

En ese under, se codeaban con otros que, como ellos, no cabían en etiquetas: los Beilinson eran parte, por ejemplo, de la banda de Kubero Díaz, La Cofradía de la Flor Solar, una comuna artística integrada por músicos, artesanos, pintores, estudiantes y soñadores que intentaban vivir colectivamente mientras desarrollaban proyectos culturales alternativos. Allí estaban Rocambole Cohen, Morcy Requena y otros nombres fundamentales para la historia posterior del rock argentino.

Eran hermanos de vanguardia, pero convencidos de que las rupturas formalistas eran políticas. Y aquella ciudad estaba llena de espacios donde las fronteras entre arte, política y vida cotidiana parecían desaparecer. Los bares universitarios del centro funcionaban como puntos de encuentro. Las casas colectivas reemplazaban a los departamentos convencionales. Las discusiones filosóficas podían durar toda la noche.

“Los platenses éramos meloneros, una fauna pequeña pero interesante. Cuando entrás a escarbar en el melón, descubrís estímulos interminables. Por eso tendíamos a producir un arte disruptivo, irritante. La única revolución que está verdaderamente a tu alcance es lo que hacés de la mañana a la noche, tu manera de vivir”, diría luego en su biografía sobre aquella comunidad. Y agregaba, filoso: “La mayoría de los artistas de La Plata tienen mucho talento, muchísimos pintores y músicos, pero son cagones. Les cuesta salir de la Circunvalación, le tienen miedo a venir a probarse acá en Buenos Aires, que es, desgraciadamente, donde hay que venir a probarse. No hay otro lugar en el país que tenga el poder de decir ‘somos nosotros los que te premiamos y te damos la cucarda’”.

“GULP” Y DESPUÉS

Finalmente, Solari dejaría esa Ciudad bohemia y artista que lo acogió. Antes, claro, Los Redondos emergerían del under: “Gulp”, el primer disco de lo que por entonces ya no era una performance circense de monologuistas, payasos y músicos, sino una banda de rocanrol del país. Se lanzó en 1985: Solari tenía por entonces 36 años.

Los platenses éramos meloneros, una fauna pequeña pero interesante. Cuando entrás a escarbar en el melón, descubrís estímulos interminables. Por eso tendíamos a producir un arte disruptivo, irritante”

Habían quedado atrás los días donde los fanáticos de aquel secreto se agolpaban frente a La Vitrola, la disquería de 6 entre 47 y 48, para comprar entradas para aquellos caóticos espectáculos del Lozano. Los Redondos caminaban hacia convertirse en un fenómeno de masas sin parangón: cuando se habla de fenómeno, es porque hay algo allí que no se termina de comprender, y el movimiento ricotero fue algo así, un movimiento al margen de las modas y el marketing, que parecía dormido hasta que emergía abrupto desde las sombras, una de esas mareas que siempre están, pero que nunca eran tenidas en cuenta hasta que ya nadie puede hacerse el distraído. Y entonces se habla de fenómeno y se intenta explicar lo inclasificable, ordenar el caos.

La expresión de una Argentina que late bajo la superficie: algo de eso hubo en aquel fenómeno ricotero. Quizás sorprenda al desprevenido que de las vanguardias artísticas del 70, de las performances en el under, haya surgido una expresión tan popular como fue Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Sin embargo, esos años platenses fueron fundamentales en la construcción del Indio, de los Redondos: acá, y para siempre, “aprendimos que ciertos fuegos no se encienden frotando dos palitos (ni se apagan con solo soplar)”.

Es que en la vanguardia de esos añoa ya emergía la mirada multidisciplinar del arte que caracterizó a la banda, también esa convicción autogestiva, esa obediencia a la independencia y el hacer artesanal, entre amigos. También en las letras del Indio (esas que todos fingimos entender en la adolescencia y que siempre escapan, se fugan al sentido fijo) aparece la convicción forjada entre diagonales de que la vanguardia no puede existir al margen de la realidad: no debe ser solo un juego formal, debe ser una herramienta para mover, para sacudir el avispero. Algo incómodo, algo que no esté predigerido, que no pueda digerirse del todo: solo así se puede reflejar la rabia, desordenada, contradictoria, de los que viven con los dientes apretados, de esa masa que solo es tenida en cuenta cuando aparece como “fenómeno”.

“Escribo canciones en la creencia de que el efecto poético se produce por la capacidad de un texto de continuar generando lecturas diferentes sin ser consumido nunca por completo. La poesía no debe invitar solo a escuchar, debe invitar fundamentalmente a imaginar”, escribió alguna vez Solari contra los colegas que decían no entenderlo.

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