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El lado oscuro del k-pop: detrás del glamour global, una industria voraz

La policía surcoreana pide imputar al dueño de la agencia que creó a BTS: apenas el último capítulo de una industria turbia
Bang Si-hyuk, el hacedor de los BTS, podría ir preso

Por Redacción

Es la música que escuchan todos los pibes. Está en los recreos, en los parlantes de las plazas, en las coreografías de TikTok, en las mochilas con stickers y en las colas que empezaron en abril, cuando se agotaron dos fechas en minutos y hubo que agregar una tercera. BTS toca el 21, el 23 y el 24 de octubre en el Estadio Único: tres noches, un escenario de 360 grados en el centro del campo y una ciudad que va a quedar convertida en capital sudamericana del ARMY. Es una fiesta y hay que decirlo así, sin ironía.

Pero atrás de esa fiesta hay otra historia. Una que en Corea del Sur se cuenta hace años y que acá llega en cuentagotas, tapada por la avalancha de merchandising. La semana pasada, sin ir más lejos, la Agencia Metropolitana de Policía de Seúl remitió a la Fiscalía del Distrito Sur a Bang Si-hyuk —fundador y presidente de Hybe, el conglomerado dueño del sello de BTS, multimillonario, el hombre que inventó todo esto— y pidió que se lo impute por violar la ley de mercados de capitales.

La acusación no es menor. Según la investigación, en 2019 Bang habría hecho creer a un grupo de inversores que Hybe no tenía planes inmediatos de salir a la Bolsa. Convencidos de eso, esos inversores vendieron sus acciones a un fondo de capital privado poco antes de que la empresa avanzara con la oferta pública inicial. La policía sostiene que el fondo pudo haberle pagado a Bang unos 200.000 millones de wones —cerca de 147 millones de dólares— en un acuerdo paralelo que le prometía el 30% de las ganancias por la venta de esas acciones después de la salida a Bolsa.

Junto a Bang fueron remitidos otros cuatro nombres: ejecutivos de Hybe y funcionarios del fondo. Desde la compañía niegan cualquier irregularidad. “Hemos respondido de manera constante a las acusaciones con pruebas objetivas y hechos”, dijo su equipo legal, que confía en que el proceso legal resuelva todo “de forma plena y transparente”. Vale aclarar que la policía ya había pedido su arresto dos veces, en abril y en mayo, y que los fiscales rechazaron ambos pedidos por falta de fundamentos. Nada está probado. Pero el timing es perfecto: el imperio bajo sospecha justo cuando su banda insignia vuelve a girar por el mundo después de cuatro años de silencio por el servicio militar.

Contratos que duran más que un matrimonio

El k-pop no es un género musical: es un modelo industrial. Los chicos entran al sistema a los once, doce, trece años. Se llaman *trainees* y viven en dormitorios compartidos, entrenando canto, baile, idiomas y “actitud” durante jornadas de doce horas, con la dieta controlada, el celular restringido y la prohibición explícita de tener novia o novio. La mayoría nunca debuta. Los que debutan arrancan endeudados: los años de formación, la ropa, la cirugía estética, los videoclips, todo se descuenta de sus futuras ganancias.

En 2009, tres integrantes de TVXQ —entonces el grupo más grande del país— demandaron a su agencia por contratos de trece años que la prensa coreana bautizó, sin metáforas, “contratos esclavos”. El escándalo obligó a la Comisión de Comercio Justo a fijar un tope de siete años. El tope existe. La lógica, no tanto.

La pregunta de fondo la puso sobre la mesa el caso de Hanni, la integrante australiano-vietnamita de NewJeans que en 2024 declaró ante la Asamblea Nacional para denunciar acoso laboral dentro de su propia empresa. La oficina de Trabajo de Seúl cerró el expediente con un argumento demoledor: Hanni no puede ser considerada trabajadora según la ley coreana. No dijo que el acoso no hubiera existido. Dijo que la ley no la ampara porque, técnicamente, un ídolo no es un empleado. Sin ese estatus, no hay licencias, no hay descanso obligatorio, no hay protección contra el acoso.

Votos truchos, chats privados, informes secretos

La corrupción tampoco es novedad. En 2019 se descubrió que los votos de “Produce 101”, el reality de Mnet donde el público elegía por SMS a los integrantes de un grupo, estaban manipulados. El productor Ahn Joon-young admitió haber alterado los resultados y terminó preso: la democracia del fandom era un decorado y los chicos que quedaron afuera perdieron una carrera entera.

Ese mismo año explotó Burning Sun, el caso más oscuro de todos: un boliche de Gangnam del que era director creativo Seungri, de BIGBANG, y donde se cruzaron prostitución, drogas, coimas a la policía y una red de chats privados en la que varias estrellas compartían videos de mujeres filmadas sin consentimiento —el fenómeno que en Corea llaman *molka*—. Hubo condenas: Jung Joon-young por violación grupal y difusión de material ilegal, Choi Jong-hoon por los mismos hechos, Seungri por proxenetismo, malversación y juego ilegal. Todos ya cumplieron sus penas y están libres.

Y en octubre de 2024, durante una auditoría parlamentaria, se filtró un informe interno de la propia Hybe donde ejecutivos evaluaban semanalmente a los ídolos de la competencia —NewJeans, aespa, BLACKPINK, IVE, SEVENTEEN, RIIZE— por su aspecto físico, su vida privada y sus habilidades, con anotaciones sobre estrategias de marketing viral y sobre cómo explotar comercialmente los “shippeos” entre artistas del mismo sexo.

El costo humano

Lo demás es lo más difícil de escribir. En diciembre de 2017 murió Jonghyun, cantante de SHINee, a los 27 años; dejó un texto donde hablaba de la depresión que arrastraba hacía años y de la sensación de estar roto por dentro mientras sonreía en cámara. En 2019 murieron Sulli, de f(x), y Goo Hara, de KARA, con dos meses de diferencia: las dos habían sido blanco de campañas de odio digital feroces y sostenidas, y Hara además venía de una causa por difusión no consentida de imágenes íntimas que derivó en una ley que hoy lleva su nombre. En 2023 murió Moonbin, de ASTRO, a los 25.

No son casos aislados ni “el precio de la fama”. Son el resultado previsible de un sistema que exige perfección estética permanente, prohíbe la vida privada, monetiza la intimidad y después deja a chicos de veintipico solos frente a millones de comentarios anónimos. Suga, de BTS, lo dijo hace unos años con una franqueza que en Corea sonó a herejía: contó que había pasado por depresión y ansiedad, y que hablar de eso seguía siendo tabú en su industria.

Nada de esto se cancela con dejar de escuchar “Dynamite”. El K-pop es también un fenómeno cultural genuino, con canciones extraordinarias, con una estética que renovó el pop global y con comunidades de fans que en muchos casos funcionan como red de contención para adolescentes que no la pasan bien. El ARMY argentino junta comida, organiza donaciones, se banca la cola tres días.

Pero conviene que cuando en octubre el Estadio Único sea una marea de luces sepamos qué hay atrás de esos siete cuerpos entrenados hasta el último gesto. Que la perfección que vamos a aplaudir tiene un precio y que no lo paga Bang Si-hyuk. Amar una música no obliga a comerse el relato completo. Al contrario: mirar de frente el lado B es la única forma de que el lado A no sea una mentira.

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