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El médico que entendió la política como un servicio

Hijo de inmigrantes italianos, dedicó más de tres décadas a atender gratuitamente a los vecinos de Cruz del Eje antes de llegar a la Casa Rosada. La austeridad, la honestidad y el compromiso con el bien común fueron sus sellos distintivos
Junto a su esposa Silvia Martorell. Se casaron luego de su viaje por Europa. Tuvieron tres hijos, y ella siempre lo acompañó / Web
La Asunción de Illia. Compartió el auto con el General Onganía (el primero a la derecha), quien lo derrocaría tres años más tarde / Web
Tres referentes de la UCR: Balbín, Illia y Alfonsín / Web
La Casa donde el ex presidente Arturo Illia vivió en Cruz del Eje, ubicada en Avellaneda 181 / Web

Por Redacción

Hay dirigentes que quedan asociados a una medida de gobierno, a una frase o a una crisis. Arturo Umberto Illia, en cambio, permanece en la memoria colectiva por algo mucho menos frecuente en la política: la coherencia entre su vida privada y su vida pública. Médico de pueblo, radical de convicciones firmes y presidente de un país atravesado por la inestabilidad institucional, gobernó apenas dos años y ocho meses antes de ser derrocado por un golpe de Estado (ver aparte). Sin embargo, más de seis décadas después, su nombre continúa asociado a la honestidad, la austeridad y la idea de que el ejercicio del poder debía estar al servicio de la sociedad y no de quienes lo ejercían.

EL HIJO DE INMIGRANTES QUE ELIGIÓ LA MEDICINA

Arturo Umberto Illia nació el 4 de agosto de 1900 en Pergamino, en el seno de una familia de inmigrantes italianos. Su padre, Martín Illia, había llegado desde la región de Lombardía, al igual que su madre, Emma Francesconi. Creció en un hogar donde el esfuerzo y el trabajo eran valores cotidianos. Cursó la escuela primaria en su ciudad natal y completó la secundaria como pupilo en el Colegio Salesiano Pío IX, en Buenos Aires.

En 1918 ingresó a la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Ese mismo año estalló la Reforma Universitaria, un movimiento que transformó para siempre la educación superior argentina y marcó a toda una generación de jóvenes comprometidos con la democratización de las instituciones. Mientras cursaba la carrera realizó sus prácticas en el Hospital San Juan de Dios, en La Plata, y se recibió de médico en 1927.

Poco después mantuvo la única entrevista personal que tendría con Hipólito Yrigoyen. El entonces presidente le propuso incorporarse como médico ferroviario y ese ofrecimiento terminó definiendo el rumbo de su vida. En 1929 decidió radicarse en Cruz del Eje, una pequeña localidad del noroeste cordobés donde desarrollaría la mayor parte de su vida.

EL MÉDICO DE CRUZ DEL EJE

Antes de convertirse en presidente, Illia fue, sobre todo, el médico de Cruz del Eje. Durante más de tres décadas atendió pacientes sin distinguir entre quienes podían pagar una consulta y quienes no tenían recursos. Recorrió caminos rurales a caballo, en sulky o caminando para asistir a enfermos en los parajes más alejados y, en numerosas oportunidades, compró con su propio dinero los medicamentos que necesitaban.

Aquella forma de ejercer la profesión hizo que los vecinos comenzaran a llamarlo “el Apóstol de los Pobres”. No era una estrategia política ni una construcción de imagen. Era simplemente la manera en que entendía la medicina: una profesión inseparable del compromiso social.

Quienes lo conocieron recuerdan un consultorio siempre abierto, largas jornadas de trabajo y una disposición permanente para atender una urgencia sin importar la hora. Nunca dejó de verse a sí mismo como médico, ni siquiera cuando comenzó a ocupar cargos públicos.

UNA FAMILIA LEJOS DE LOS PRIVILEGIOS

En 1939 contrajo matrimonio con Silvia Martorell, una joven cordobesa con quien formó una familia integrada por sus tres hijos: Emma Silvia, Martín Arturo y Leandro Hipólito.

La vida familiar transcurrió siempre con sencillez. Aun cuando llegó a la Presidencia, Illia mantuvo hábitos austeros y evitó cualquier demostración de privilegio. La casa de Cruz del Eje siguió siendo su verdadero hogar y nunca abandonó el estilo de vida que había construido antes de ingresar a la política nacional.

Esa austeridad fue una constante. Durante toda su trayectoria evitó utilizar el poder para obtener beneficios personales. Incluso siendo presidente debió vender su automóvil y, años después, rechazó la jubilación que le correspondía como exmandatario.

DEL RADICALISMO CORDOBÉS A LA CASA ROSADA

Su compromiso político había comenzado muy temprano. En 1918 se afilió a la Unión Cívica Radical, influido por la militancia de su padre y de su hermano Ítalo. Sin abandonar nunca la medicina, inició una carrera pública que avanzó de manera gradual.

Fue senador provincial por Córdoba, vicegobernador entre 1940 y 1943, diputado nacional y uno de los principales referentes del sabattinismo, la corriente interna del radicalismo encabezada por Amadeo Sabattini.

En 1962 fue elegido gobernador de Córdoba, pero el golpe de Estado que derrocó a Arturo Frondizi le impidió asumir. Un año más tarde, en un escenario condicionado por la proscripción del peronismo y la fuerte influencia de las Fuerzas Armadas sobre la vida política, fue elegido presidente de la Nación y asumió el 12 de octubre de 1963.

UN GOBIERNO CON SELLO PROPIO

Illia llegó a la Casa Rosada con una idea muy clara acerca del rol del Estado. Su gestión buscó fortalecer la educación pública, la salud, la producción nacional y los derechos sociales.

Entre las medidas más importantes se destacó la sanción de la Ley de Salario Mínimo, Vital y Móvil, destinada a garantizar un ingreso básico para los trabajadores, y la Ley de Medicamentos, conocida como Ley Oñativia, que estableció controles sobre los precios de los fármacos, obligó a transparentar los costos de producción y limitó prácticas monopólicas de la industria farmacéutica. Aquella norma despertó una fuerte resistencia de importantes laboratorios nacionales e internacionales.

También impulsó una profunda política sanitaria. Con fondos reservados de la Presidencia financió la creación de la Planta Fraccionadora de Proteínas Plasmáticas de la Universidad Nacional de Córdoba, origen del actual Laboratorio de Hemoderivados, una institución estratégica para la producción pública de medicamentos que continúa siendo un referente en América Latina.

La educación ocupó otro lugar central. Durante su gobierno el presupuesto destinado al área alcanzó niveles inéditos para la época y se puso en marcha un ambicioso Plan Nacional de Alfabetización para reducir el analfabetismo en todo el país.

En materia económica, la gestión mostró indicadores positivos durante buena parte de su mandato. El producto bruto creció, descendió la desocupación y disminuyó la deuda externa. Sin embargo, la decisión de anular contratos petroleros firmados durante la presidencia de Arturo Frondizi por considerarlos perjudiciales para los intereses nacionales abrió un fuerte conflicto con empresas extranjeras y sectores del gobierno de Estados Unidos.

En política exterior también dejó una huella significativa. En diciembre de 1965, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Resolución 2065, que reconoció la existencia de una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido por las Islas Malvinas, un antecedente diplomático que aún hoy constituye uno de los principales fundamentos del reclamo argentino.

LA CAMPAÑA DE DESGASTE

La presidencia de Illia se desarrolló en un contexto extremadamente complejo. La persistencia de la proscripción de Juan Domingo Perón, los conflictos sindicales, la presión de sectores militares y la oposición de importantes grupos empresarios fueron debilitando progresivamente al gobierno.

Al mismo tiempo, una intensa campaña mediática buscó instalar la imagen de un presidente lento e indeciso. La caricatura de la tortuga se convirtió en el símbolo más recordado de aquella estrategia de desgaste, que contrastaba con una administración que impulsaba reformas profundas pero encontraba crecientes dificultades para construir consensos políticos.

Su gestión tampoco estuvo exenta de cuestionamientos. Diversos historiadores señalan que mantuvo restricciones al peronismo, que durante su gobierno se produjeron episodios de represión a manifestaciones obreras y estudiantiles y que algunas de sus decisiones siguen siendo motivo de debate.

La madrugada del 28 de junio de 1966, un golpe de Estado encabezado por las Fuerzas Armadas puso fin a su gobierno e inauguró la autodenominada Revolución Argentina (ver nota aparte).

EL REGRESO AL CONSULTORIO

Lejos de buscar privilegios después de dejar la Casa Rosada, Illia volvió a Cruz del Eje y retomó la actividad médica. Continuó participando de la vida política de la Unión Cívica Radical, rechazó la jubilación que le correspondía como expresidente y mantuvo el mismo estilo de vida austero que había llevado antes de llegar al poder.

Nunca utilizó la política para enriquecerse. Conservó una sola casa, la misma en la que había vivido durante años, y siguió atendiendo pacientes como lo había hecho antes de llegar a la Presidencia.

Murió el 18 de enero de 1983, pocos meses antes del retorno definitivo de la democracia. Había pedido ser enterrado en Cruz del Eje, aunque finalmente sus restos descansan en el Panteón Radical del Cementerio de la Recoleta.

Con el paso del tiempo, Arturo Illia terminó ocupando un lugar singular en la historia argentina. Más allá de las discusiones sobre su gestión, su figura quedó asociada a una forma de ejercer la política basada en la honestidad, la austeridad y el compromiso con el interés público. El mismo médico que recorría caminos de tierra para atender gratuitamente a sus pacientes fue el presidente que entendió que gobernar significaba servir. Esa coherencia entre la vida y la función pública explica por qué, sesenta años después de su derrocamiento, sigue siendo una de las figuras más respetadas de la democracia argentina.

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