Hay un momento en “Oasis: Don’t Look Back in Anger” en que la película deja de fingir que es un documental de rock. Un cura de Manchester sube al púlpito y usa a Liam y Noel Gallagher como parábola: dos hermanos que pasaron quince años sin hablarse, que se dijeron de todo en público, y que un día decidieron volver a mirarse. Ese sermón, que atraviesa el filme y le pone punto final, es la clave de lectura de todo lo demás. Esta no es, en el fondo, una película sobre Oasis. Es una película sobre el poder sanador, casi religioso, de la música. Sobre el perdón.
El documental llega este viernes a Disney+ tras su estreno mundial en Venecia, donde recibió una ovación de ocho minutos y dejó a Noel secándose las lágrimas. Sigue la gira Oasis Live ‘25, que arrancó en Cardiff el 4 de julio del año pasado y cerró en San Pablo en noviembre, con escala en River. Lo dirigen Dylan Southern y Will Lovelace (”Shut Up and Play the Hits”, “Meet Me in the Bathroom”), pero la firma autoral es de Steven Knight, el creador de “Peaky Blinders” y guionista del próximo James Bond. La versión de la plataforma suma material inédito: más minutos de la entrevista conjunta y las versiones completas de “Wonderwall” y “Slide Away”.
Esa entrevista es una de las joyas: la primera que los hermanos dan juntos en más de dos décadas, filmada en un pub. La cámara los encuadra por separado hasta que el plano se abre y descubrimos que están sentados uno al lado del otro. Liam, convertido en un inesperado maestro zen, juega con las paradojas y explica que hay que preocuparse mucho para que todo “te chupe un hu…”. Noel se ríe. Y en esa risa está la película.
Knight no lo esconde. Dijo que quiso filmar contra una época de división, de políticos, redes sociales, rencor y odio vueltos algo aceptable; una película a la vieja usanza sesentista de paz, amor y comprensión. Si la misma canción produce exactamente el mismo efecto en Manchester, en Seúl o en Buenos Aires, razona, es porque la gente es, en el fondo, la misma.
Ahí aparecen los excesos. Los episodios de fans de todo el mundo contando cómo Oasis les cambió la vida son explícitos, subrayados, un poco “Disney”, y sobre todo formulaicos: el señor que asegura que la separación fue como perder un hijo, la mujer coreana que llora, los hinchas del Barcelona, el capítulo irlandés. Cada viñeta parece cumplir una cuota geográfica. Se nota el diseño de una película pensada para un público global, para agradar a todos, para la lógica de plataforma. Hay algo maquínico en esa producción de emociones en serie.
Y sin embargo. En ese gesto religioso, desvergonzado, la película se redime. Cuando aquella fan coreana dice que, si te caés, alguna música te levanta, pero que Oasis se cae con vos y se levanta con vos, la fórmula se quiebra y aparece otra cosa. Southern contó que lloró en casi todos los recitales mientras manejaba una cámara en medio de 90.000 personas. Algo de eso quedó en la imagen. De la máquina brota el alma.
Ese espíritu está encapsulado en ese sermón. A algunos les gustó, a otros les pareció demasiado. Ese intento de conmover sin avergonzarse de lo que se dice es la apuesta de la película: En tiempos de grieta, “Don’t Look Back in Anger” propone que dos hermanos que se odiaron vuelvan a tocar juntos es una buena noticia para el mundo. El título funciona, entonces, como mandamiento: no mirar atrás con rabia. Amén.
SUSCRIBITE a esta promo especial