Al final, la sangre no llegó al río. Rosalía se presentó el sábado por la noche ante unas 15.000 personas en la primera de sus cuatro fechas porteñas del “LUX Tour” y resolvió en cinco minutos de discurso lo que las redes sociales venían masticando con furia desde la final del Mundial: aquel repost fatídico contra los jugadores argentinos tras la derrota con España que la convirtió, por unos días, en la enemiga pública número uno del país campeón moral de todas las cosas.
La catalana no esquivó el tema: lo agarró de frente y antes que nada. “Qué lío se armó aquel día. Simplemente sentí curiosidad, sin profundizar demasiado, y rápido metí un reposteo. Tremenda cagada y fue un error enorme”, dijo, visiblemente emocionada, con una franqueza poco habitual en tiempos de disculpas redactadas por community managers. Y remató: “Mi amor por el país sigue intacto”. El estadio, que había llegado dispuesto a perdonar, estalló en un aplauso prolongado y coreó su nombre durante varios minutos. Caso cerrado, al menos puertas adentro.
Superado el mea culpa, hubo show, y de los grandes. Vestida como bailarina clásica, con tutú amarillo y zapatillas de punta, Rosalía abrió con “Sexo, violencia y llantas” y desplegó la ambiciosa puesta en escena de su nueva era. Con “Reliquia” regaló uno de los versos más festejados de la noche —”El cielo nació en Buenos Aires”—, que a esta altura funciona casi como un seguro de vida diplomático.
También recordó su primera visita al país, en el Lollapalooza de 2019: contó que fue acá donde escuchó por primera vez a una multitud extranjera cantar sus canciones y pensó “lo he logrado”. La secuencia emotiva se completó con “La Perla” coreada de punta a punta, una versión en inglés de “Can’t Take My Eyes Off You”, el clásico de Frankie Valli, y el golpe de nocaut sentimental: Rosalía al piano cantando “Alfonsina y el mar”, la canción inmortalizada por Mercedes Sosa. Si el objetivo era la reconciliación total, la operación fue quirúrgica. La argentina Ángela Torres, invitada al segmento de “El Confesionario”, puso la cuota local en una noche que la necesitaba.
Los cien arrepentidos
Porque una cosa es el enojo tuitero y otra muy distinta es resignar la entrada. Mientras las redes pedían cancelaciones masivas y boicots patrióticos, los números contaron otra historia: según reveló la periodista Pilar Smith en Radio La Red, apenas un centenar de personas inició el trámite para pedir el reembolso de sus tickets. Cien. Sobre unos 60.000 espectadores que pasarán por las cuatro funciones agotadas. Un 0,16% de indignación efectiva.
Para colmo, el trámite ni siquiera prosperó: desde el Movistar Arena recordaron que las devoluciones solo se gestionan hasta diez días después de la compra, y las entradas se habían vendido hace meses. A los arrepentidos les quedó como único consuelo la posibilidad de transferir el QR a otra persona. Spoiler: a juzgar por el estadio repleto del sábado, tampoco hizo falta.
La única que se mantuvo firme en su trinchera —aunque jura que no es trinchera— fue Moria Casán. La One rechazó la invitación al show, que incluía un formato confidencial con interacción personal en el famoso confesionario, y lo explicó con su verba inconfundible: “De ninguna manera voy a hacerle el caldo gordo a una artista extranjera, que divino, pero si cualquier cosa fuera algo así, se lo hago a una de mi país”.
Eso sí, Moria se despegó de cualquier lectura cancelatoria: aseguró que su ausencia no tiene motivos políticos ni personales, que trabaja “de lunes a lunes” entre su programa matutino, el teatro y la prensa de su serie de Netflix, y que a Rosalía directamente no la registra demasiado, “en el sentido no despectivo”. Y deslizó, con esa mezcla de humor y tarifario que solo ella maneja: si le monetizan la presencia, en una de esas se hacía un lugarcito. Genia o nada.
Lo que viene
La historia de amor renovada entre Rosalía y Argentina recién empieza: tras el show de este domingo quedan dos funciones más en el Movistar Arena (martes y jueves, todas con localidades agotadas).
Después, la catalana cruzará a Brasil para presentarse el 10 y 11 en Río de Janeiro, donde —dato no menor— nadie le reprochará ningún repost mundialista. Aunque, conociendo el paño, allá tampoco conviene opinar de fútbol.
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