“La identidad es un espacio de temblor”, cita Agustín Lostra a Liliana Herrero: en “El viento”, su nueva pieza teatral, restos de la identidad argentina se hacen carne en seis criaturas que tiemblan ante un viento que los quiere volar.
La obra, que debuta este domingo en Ruda (70 entre 17 y 18) y se verá también el sábado 20 de junio y el domingo 5 de julio, siempre a las 15, enfrenta a seis personajes (actúan Chapi Barresi, Emiliano Blanco, Carolina Donnantuoni, Pamela Esquivel, Nora Oneto, Rocío Passarelli y Francisco Urretabizkaya) que conviven en un mundo desgarrado y hablan, o son hablados, por la historia, regurgitando textos de Haroldo Conti, Eva Perón, José Hernández, Antonio Tróccoli, Bartolomé Mitre, Jorge Teillier, Leónidas Lamborghini, Carlos Menem, Leopoldo Galtieri, Norma Plá, Néstor Perlongher y Rodolfo Walsh. Todo, mientras atraviesan un viento atroz desde su lugarcito, su rincón en un rectángulo, un viejo jardín en el que transcurre la obra. Entre ellos se mueve un obrero del tiempo, desarmando las hegemonías, congelando o cebando las irrupciones del poder. En sus brazos el viento del progreso que arrasa y homologa, que marea y confunde. La amenaza de que el viento sea fatal junta a estos seis, los atrinchera, para luego separarlos, y de nuevo dividirlos.
Las imágenes de su pieza, dice Lostra, que dirige con asistencia de Lucía Uncal, en diálogo con EL DIA, se fueron gestando, primero a lo largo de los años, y luego en los ensayos, donde el ida y vuelta de los actores y el director fue dando lugar a “un gran guiso” que hizo crecer, mixturarse y fusionar en algo nuevo las ideas originales que traía para su obra. “Hay algo de armar un grupo grande que termina siendo un refugio: poder juntarse a investigar un material, investigar formas, en este contexto, cuando se cumplen 50 años del Golpe, fue una manera de resistir, de exorcizar los males de esta época, el olvido, el ninguneo, poder recordar las fuerzas históricas que tiene este país”, explica el dramaturgo.
Pero el rectángulo del jardín, y “los personajes como fichas de ajedrez, que están ocupando casilleros”, siempre estuvieron en su idea para “El viento”. Imágenes que fueron apareciendo, relata, desde tiempos prepandémicos, cuando comenzó a pensar en adaptar “El organito”, obra de los hermanos Discépolo. “Algo de ese grotesco me interesaba, me interesaba pensar la estética de la actuación del grotesco”, explica. Pero “lo fui abandonando, o fue moviéndose”, mientras aparecían en su horizonte de inquietudes dos obras de Pompeyo Audivert, “Museo Ezeiza” y “Tabicados” (“me conmovió la forma teatral que proponía, donde trabajaba con una actuación muy extrañada y con referencias históricas, desde un lugar cercano a convocar fantasmas”), y también el teatro de Tadeuzs Kantor y su idea “de traer muertos a la escena”. Más recientemente, cuenta, participó de una experiencia de una intervención callejera, “El Gran Desfile”, “una forma de manifestación política y estética ante estos tiempos atroces que corren”, donde “la oligarquía muerta sale a festejar el estado actual de las cosas”.
Todas esas imágenes se fueron condensando en ese rectángulo con seis personajes esparcidos, separados, aterrorizados por el viento, “como si fueran los restos del país personificados, arquetipos de partes de nuestra historia, atrincherados en sus rinconcitos, con temor a que el viento los vuele”. Lostra recuerda la Tesis sobre la filosofía de la historia de Walter Benjamin, y ese ángel de la historia “que va empujado hacia atrás, mirando al pasado, aterrado, empujado por el viento del progreso que viene a volar esas ruinas”.
“Los personajes, incluso en la derrota, dejan un testimonio de ese intento. La obra es un poco ese intento, también”
Los discursos históricos que hablan los personajes son, de alguna forma, esas ruinas del pasado que pueden volar en cualquier momento. Hay una mujer en una silla, que hilvana un rezo pagano donde enumera las cosas amadas, las cosas perdidas, la magia provinciana de la casa familiar (la habita Haroldo Conti y Jorge Treillier). Está el del maletín, que intenta proclamar un discurso público que aglutine al pueblo, un lugar de representación, ser la voz estatal que reúna los votos, las confianzas (lo habitan y desgarran Tróccoli, Mitre, Menem). Están los hermanos de corbata, que retienen frases históricas (Menem, Galtieri, Norma Plá, Eva) y las repiten hasta descuajeringarlas. Las del fondo, la mamávieja y el cabrito, un dúo gauchesco que conspiran para arrebatar el poder (a la mamávieja la habita Eva Perón, también Lamborghini, Walsh, y corrientes de Teresa Parodi; al cabrito lo toma el Martín Fierro) y que avanzan en tándem y también en conflicto entre ellos.
“En estas voces se trenzan retazos de la patria, retazos de la historia: palabras que intentaron dar cuenta de una posible identidad, de una posible comunidad, que buscan aglutinar”, dice Lostra. “Los personajes, incluso en la derrota, dejan un testimonio de ese intento. La obra es un poco ese intento, también”.
“Al principio”, sigue, “cada personaje está en su soliloquio: no hay una síntesis posible, sino un intento de sobrepasar la voz de los otros y proponer la propia visión de la historia”. En esa falta de síntesis, dice Lostra, “hay algo de la crisis de identidad del presente”.
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