Hollywood tiene un problema con los extraterrestres: no sabe si filmarlos o saludarlos. La semana pasada, James Franco —sí, el mismo que supo ser Harry Osborn, James Dean y anfitrión fallido de los Oscar— publicó en TikTok lo que prometía ser la revelación del siglo: el video de un alienígena merodeando su casa. La criatura, de cabeza alargada y ojos brillantes, camina entre los arbustos, espía por la ventana y sale de un garaje con la naturalidad de quien busca la bordeadora que le prestó al vecino.
El asunto venía cocinándose desde principios de junio, cuando el actor reactivó sus redes tras años de silencio con una cuenta nueva y una seguidilla de videos crípticos dignos de un found footage de bajo presupuesto.
“No estoy promocionando nada, estoy haciendo esta cuenta porque algo muy serio está pasando”, juró en su primera aparición, con cara de haber visto... bueno, eso. Siguieron semanas de clips donde se lo veía ansioso, caminando en círculos, asegurando que había visto “algo no humano” en su garaje, que su cuenta había sido hackeada dos veces por fuerzas que querían silenciarlo, y que el 13 de julio llegaría la gran revelación. Llegó: “Lo querían. Aquí está. Lo entrego”, escribió, y subió el video que acumuló millones de reproducciones en horas.
¿El veredicto de internet? Implacable. Los usuarios señalaron que el “ser de otro mundo” se mueve sospechosamente como un humano disfrazado, que la resolución es peor que la de una cámara de garita de country y que Franco, detalle no menor, es actor profesional. Las teorías van desde una campaña de marketing para su regreso a Hollywood hasta un experimento narrativo en TikTok. Hasta el director de su próxima película tuvo que salir a aclarar que los videos no promocionan nada suyo. Mientras tanto, Franco sigue subiendo material y el alien, presumiblemente, sigue sin encontrar la bordeadora.
Lo cierto es que Franco no inventó nada: apenas se sumó al club más exclusivo y menos creíble del espectáculo mundial. Porque si algo demuestra la historia de la farándula es que los extraterrestres tienen un radar infalible para detectar celebridades.
ROCKSTARS INTERGALÁCTICOS
El caso fundacional es, cómo no, el de un Beatle. John Lennon aseguró haber visto un ovni desde el balcón de su departamento en Nueva York en agosto de 1974: un objeto con luces blancas titilando en la base y una luz roja fija arriba, que sobrevoló la ciudad, dobló hacia el edificio de las Naciones Unidas —el protocolo es el protocolo— y desapareció sobre el East River. Lennon estaba tan convencido que lo dejó grabado en las notas del disco “Walls and Bridges”: “El 23 de agosto de 1974 a las 9 vi un OVNI”. Y por si fuera poco, le contó al ilusionista Uri Geller que en 1973 cuatro alienígenas lo habían visitado en el Dakota y le habían regalado un objeto con forma de huevo. Los marcianos, se ve, también hacían fila para conocer a un Beatle.
Mick Jagger no se quedó atrás: vio su primer ovni en 1968, acampando en Glastonbury con Marianne Faithfull, y el segundo en pleno escenario durante el desastroso concierto de Altamont en 1969. Tan impresionado quedó que, según la leyenda, instaló un detector de ovnis en su casa, que sonaba cada vez que él no estaba. Conclusión posible: los aliens también son fans de los Rolling Stones, pero de los que esperan que el ídolo no esté para revisarle la heladera. Keith Richards, fiel escudero, también reportó avistamientos sobre su casa de Sussex y los vinculó, filosóficamente, con “el amanecer del hombre”.
¿Y David Bowie? El hombre que fue Ziggy Stardust trabajó de joven para una revista de ufología y contó que a fines de los sesenta salía a cazar ovnis por Londres con el productor Tony Visconti, con un éxito estadístico envidiable: seis o siete avistamientos por noche, incluyendo “cruceros regulares” con horarios más puntuales que cualquier servicio ferroviario. En su caso, la duda razonable es quién avistaba a quién.
De John Lennon y David Bowie a Ricardo Darín y Patricia Sosa, la lista de celebridades que dicen haber tenido encuentros cercanos no deja de crecer
La posta pasó luego a las nuevas generaciones. Miley Cyrus contó que un ovni la persiguió por una ruta de San Bernardino y lo describió con precisión poética: “una barredora de nieve voladora” que brillaba en amarillo. Dice que hizo contacto visual con el piloto y que quedó una semana sin poder mirar el cielo, aunque admitió, con una honestidad que la honra, que justo antes había comprado cera de marihuana “a un tipo en una camioneta frente a una taquería”. La ciencia aún no determinó cuál de los dos factores fue determinante.
Demi Lovato fue más lejos: vio un orbe azul flotando en el desierto de Joshua Tree, condujo una serie documental de caza de aliens y asegura comunicarse telepáticamente con seres de otros planetas. Su amiga Kesha, contagiada, vio bolas de fuego en el mismo desierto y ahora practica la invocación de extraterrestres como quien hace yoga. Joshua Tree, a esta altura, debería cobrar entrada.
El expediente incluye también a Kurt Russell, que pilotaba su avioneta cuando reportó las famosas Luces de Phoenix de 1997 —seis luces en formación de V que vieron miles de personas—, a Robbie Williams, que frenó su carrera musical para estudiar el fenómeno, y a Fran Drescher, la niñera más querida de la TV, que directamente asegura haber sido abducida. Los aliens, evidentemente, también miraban el canal Sony en los 90.
EL CAPÍTULO ARGENTINO
Si los extraterrestres visitan tanto Los Ángeles, era cuestión de tiempo que descubrieran las bondades del asado. Y el registro nacional es frondoso, con epicentro en el lugar donde toda historia argentina de aparecidos alcanza su consagración: la mesa de Mirtha Legrand.
Ahí contó lo suyo El Pepo, el cantante de cumbia, con una anécdota de gira que merece estatua: “Estábamos de gira en Salta, volvíamos por la ruta y paramos en una estación de servicio. Había muchos camiones detenidos, me meto con la camioneta entre medio de dos camiones y, de golpe, aparece una ‘persona’ de la altura de una columna”. Un marciano en una estación de servicio salteña, a la altura de una columna, entre dos camiones. Ni Spielberg.
En la misma mesa, Carlos Perciavalle relató que durante una función de teatro vio a “un hombre de plateado” mirando el show desde una butaca que todos los demás veían vacía. “Pensé que estaba loco, pero el iluminador me dijo que también lo había visto”, se atajó. Años después, instalado en su casa junto a una laguna uruguaya, el capocómico redobló la apuesta ante las cámaras: “Yo los veo diariamente en la laguna, vienen a tomar agua dulce”. Y diagnosticó sin anestesia: “Tenemos poco menos que una invasión”. Perciavalle, que fue amigo del ufólogo Fabio Zerpa, sostiene que hay que recibirlos con amor. Los ovnis hidratándose en Punta del Este: hasta para invadir, eligen bien la temporada.
Stefy Xipolitakis, presente aquella noche en lo de Mirtha, sumó su propio episodio de infancia: una luz que la iluminó desde el cielo en plena noche. “Me quedé dura y empecé a temblar. Creo que era una nave”, declaró la griega, aportando al debate ufológico nacional su rigor característico.
Patricia Sosa, en cambio, tuvo un contacto de índole artística en el cerro Uritorco, la meca cordobesa del misterio: “En el medio de la oscuridad del cerro se encendieron luces y una voz me dijo ‘¿querés cantar?’”. Un extraterrestre productor musical, básicamente. La experiencia la marcó tanto que dejó de comer carne, lo que confirma que el contacto fue con una civilización muy avanzada pero ajena a nuestra cultura parrillera.
El extraño caso de James Franco reabrió uno de los expedientes más curiosos de la cultura pop: la fascinación de las estrellas por los extraterrestres
Hay casos más sobrios. Ricardo Darín contó en la televisión española que, tras una función en Bell Ville, viajaba en auto con otras seis personas cuando vio un ovni “justo delante nuestro en el cielo”. Lo curioso: nadie dijo nada en el momento, y cuando él sacó el tema en el restaurante, solo uno lo respaldó; el resto pensó que estaba loco. Darín se declaró “99% seguro” de lo que vio, un porcentaje de convicción superior al de varias de sus películas. Nicole Neumann, por su parte, describió un objeto suspendido cerca de su casa de campo, con luces de colores, que retrocedía cuando se le acercaban: “Sé que es divertido el cuento, pero fuimos muchas personas adultas y menores que lo vimos al mismo tiempo”.
Y para el final, el caso serio, el que hasta el Pentágono archivó: el del comandante Jorge Polanco, piloto de Aerolíneas Argentinas, que el 31 de julio de 1995 se aprestaba a aterrizar en Bariloche con 140 pasajeros cuando se cortó la luz del aeropuerto y un objeto luminoso acompañó al Boeing 727 durante 17 minutos. Polanco lo describió con una plasticidad inigualable: “Era un plato sopero, de esos profundos para comer guiso de lentejas, pero invertido”, con luces verdes giratorias y una luz naranja “que parecía que respiraba”. El copiloto lloraba, la torre de control veía lo mismo, y el caso —jamás explicado oficialmente— terminó desclasificado décadas más tarde entre los expedientes de fenómenos anómalos de Estados Unidos. Un ovni descrito en unidades de guiso de lentejas: si eso no es identidad nacional, nada lo es.
Al final, la moraleja es transparente. Los extraterrestres existen o no existen, pero de algo no hay dudas: tienen un gusto exquisito por el rating. Nunca se le aparecen a un contador en Lanús un martes a la tarde; siempre eligen a un Beatle, a una vedette, a un cantante de cumbia camino a Salta o a un actor con ganas de volver a Hollywood. Si James Franco tiene razón y el visitante de su garaje es real, ya sabemos qué va a pedir primero: un lugar en la mesa de Mirtha.
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