Cada tanto aparece una serie que no llega con fanfarria, no tiene una estrella global en el afiche y sin embargo se va imponiendo de boca en boca hasta convertirse en la conversación del mes. Eso es lo que está pasando con “Furia”, el thriller de ocho episodios que Disney+ estrenó el 27 de julio con tres capítulos de una y que después siguió con entregas semanales hasta el desenlace, previsto para el 31 de agosto. Debutó con un 100% de aprobación en Rotten Tomatoes —perdió el pleno recién con una reseña negativa— y la crítica internacional la ubicó rápido entre lo mejor del año.
De qué va
Alice Black (Emmy Rossum) es una exdetective de homicidios de Brooklyn que ahora revuelve papeles en el FBI: está en período de prueba, atendiendo la línea telefónica donde caen las denuncias delirantes, mientras espera un destino en delitos sexuales. Dejó la policía escapando de un novio policía, alcohólico y golpeador (Jake Lacy), y sus excompañeros la tratan como si la traidora fuera ella. Su viejo compañero Danny (Scoot McNairy), el único decente del precinto, la llama para consultarla por la muerte sospechosa de un hombre poderoso que parece una sobredosis y no lo es.
Del otro lado está Catherine (Lola Petticrew), y acá viene la primera decisión audaz de la serie: no hay misterio sobre quién mata. La vemos en la escena inicial, disfrazada en una fiesta de Halloween, inyectando fentanilo al hijo de un multimillonario y mirándolo morir sin apuro. Su método es adoptar identidades, seducir hombres ricos, entrar en sus casas. No busca la plata: busca cobrarse una deuda contra una red de tipos influyentes que la usó cuando era adolescente.
El verdadero motor
Que la identidad de la asesina se revele en el minuto uno desplaza el interés hacia otro lado. “Furia” no es un policial sobre quién fue, sino sobre dos mujeres rotas por lo mismo que eligieron caminos opuestos: Alice todavía cree que se puede hacer justicia desde adentro del sistema; Catherine ya concluyó que el sistema no funciona y actúa en consecuencia. La persecución se vuelve una forma de reconocimiento mutuo.
La serie se presenta abiertamente como un relato criminal para la era Epstein —el villano es un magnate neoyorquino con intereses inconfesables en chicas menores— y no le esquiva a la incomodidad. En el quinto episodio, Catherine deja flotando la pregunta que ordena toda la propuesta: qué castigo les corresponde a los que sabían y miraron para otro lado.
Meriwether se manda al lado oscuro
Elizabeth Meriwether es la creadora de “New Girl”, aquella comedia de convivientes que hizo de Zooey Deschanel un fenómeno. Después vinieron “The Dropout” (Amanda Seyfried como Elizabeth Holmes, que le valió el Emmy) y “Morir de placer”, con Michelle Williams. “Furia” confirma su corrimiento hacia territorios más ásperos, aunque conserva algo clave: un humor negro que aparece en los momentos menos pensados y que le saca solemnidad a un material durísimo.
El punto de partida es “Viuda negra” (1987), el thriller erótico de Bob Rafelson con Debra Winger y Theresa Russell. De aquella película —una femme fatale que se casaba con millonarios y los liquidaba por guita— queda apenas el esqueleto. Meriwether se queda con la estructura y tira el resto: donde el original era pura mirada masculina ochentosa, la serie construye una réplica.
Las actuaciones
Rossum, que además produce, hace acá su mejor trabajo desde “Shameless”: una Alice agotada, obsesiva, con el desgaste puesto en los silencios más que en los estallidos. Petticrew —la activista del IRA en “No digas nada”— compone una asesina que nunca cae en el psicópata carismático de manual: mata por convicción, con una calma que perturba más que cualquier crueldad explícita. Completan Quincy Tyler Bernstine como la superiora de Alice, Rob Delaney, Hope Davis y Campbell Scott.
No es una serie fácil ni pretende serlo. Tampoco te dice de qué lado ponerte, y ahí está su mayor mérito: deja al espectador solo, con la bronca puesta.
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