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Fútbol libertario: “Blue Lock” llega al cine

La versión en carne y hueso del manga futbolero más exitoso de la década se estrena el jueves en los cines argentinos. Su receta para que Japón vuelva a ganar es menos equipo y más ego, en una lectura de Darwin que al propio Darwin le habría dado escalofríos

Un grupo de jugadores juveniles son lanzados a una especie de reality voraz en “Blue Lock”

pgaray@eldia.com

“Make Japan great again”. Esa podría ser la consigna de “Blue Lock”, el manga de Muneyuki Kaneshiro y Yūsuke Nomura que, tras vender más de 60 millones de ejemplares y convertirse en anime de culto, llega este jueves a los cines en versión de acción real. Su premisa nace de una humillación, la eliminación de la selección de Japón en Rusia 2018. Su diagnóstico, en boca del entrenador Jinpachi Ego, cabe en una línea: al fútbol japonés le faltan egoístas. Y su remedio es una “batalla real” a lo “Camino a la gloria”: 300 delanteros encerrados, compitiendo hasta que quede uno. El eliminado no vuelve a jugar para su país.

La idea del sutilmente denominado Ego es clara a lo largo de la historia: la “evolución” colectiva llegará a través de la evolución individual, a través de la más descarnada competencia donde cada uno persiga su objetivo egoísta. Prevalecerá el más fuerte, pero además, sugiere la historia mientras avanza, todos se benefician de esa competencia despiadada, todos se vuelven más fuertes por necesidad.El protagonista sigue sus recetas al pie de la letra, de ser un delantero “comunacho”, se convierte en uno de los mejores del mundo. Apenas hay algún contrapeso a las ideas de Ego.

Ideas que son lo contrario a lo que durante décadas pregonó buena parte del manga deportivo, hecho siempre de épica de grupo, del poder de la amistad y el esfuerzo. En “Blue Lock” nadie es amigo. El compañero es un obstáculo o, a lo sumo, un recurso para “evolucionar”. El vocabulario de la obra lo dice todo: despertar, devorar, evolucionar, sobrevivir. Fútbol de libre mercado.

“Blue Lock” es la adaptación de acción real del manga japonés. Estreno este jueves

El género tiene nombre propio: spokon, de sports y konjō, agallas. Explotó alrededor de Tokio 1964, y no por casualidad. Aquellos Juegos Olímpicos fueron la vidriera de la reconstrucción de posguerra, un proyecto nacional que le pidió a todo un país trabajar, ahorrar y postergarse en nombre del conjunto: el tren bala, las autopistas y los estadios se inauguraron a tiempo para mostrarle al mundo una nación renacida de las cenizas. El último relevista de la antorcha, Yoshinori Sakai, había nacido en la prefectura de Hiroshima el mismo día de la bomba. El historiador Yoshikuni Igarashi leyó esos Juegos como un ritual colectivo de sanación: cuerpos sanos y disciplinados para tapar los cuerpos rotos de la guerra. El spokon tradujo ese espíritu a la historieta y funcionó como escuela paralela de valores. De “Attack No. 1”, inspirado en las voleibolistas de oro que entrenaban bajo el régimen del “Demonio” Daimatsu, a “Captain Tsubasa” (nuestro “Supercampeones”), “Slam Dunk” o “Haikyuu”, la victoria llegaba siempre a través del equipo.

Pero esa armonía nunca fue un dato de la naturaleza. La historia japonesa moderna es un péndulo entre el grupo y el individuo, entre el refrán que advierte que el clavo que sobresale recibe el martillazo y los que igual se animaron a sobresalir. En la era Meiji, Darwin fue leído como guerra entre naciones (“los superiores ganan, los inferiores pierden”), en la que el individuo solo valía si fortalecía al Estado. La posguerra pidió agachar la cabeza para reconstruir. En los 60, “Ashita no Joe”, personaje de un manga de boxeo rebelde que no le debía nada a nadie, fue tan contracultural que los guerrilleros que secuestraron un avión en 1970 se declararon Joe. Y cuando la burbuja estalló en los 90, las reformas de mercado instalaron otra consigna: “jiko sekinin”, autorresponsabilidad. Si te va mal, es culpa tuya. Incluso, el mito del “japonés colectivista”, popularizado para Occidente en una obra de Ruth Benedict (“El crisantemo y la espada”, un estudio encargado por el gobierno norteamericano en plena guerra y escrito sin pisar Japón, que describió una cultura de la vergüenza y del deber jerárquico) fue desmentido y relativizado por estudios posteriores.

Pero los mitos son mitos, tiene su peso, constituyen las narrativas que un país se cuenta de sí mismo. “Blue Lock” nace, en definitiva, como una respuesta a esa narrativa colectivista, extendida particularmente en el manga deportivo. Conserva su esqueleto del spokon (el encierro, el maestro implacable, el sacrificio del cuerpo, la meta nacional) y también su vocación pedagógica, pero con el programa invertido: en lugar de enseñar a sacrificarse por el grupo, enseña a pisar al compañero. Y la lección llegó a destino: en mayo, la federación japonesa lanzó un “Future Camp” inspirado explícitamente en el manga.

DARWIN NO DIJO ESO

Ahora, lo que enseña (como lo que pregonan muchos políticos autopercibidos “darwinistas”) es un Darwin de segunda mano. En Darwin no evolucionan los individuos sino las poblaciones, a lo largo de generaciones: un jugador que “evoluciona” en una temporada está más cerca de Pokémon que de “El origen de las especies”, y uno que “devora” la habilidad del rival es, en todo caso, lamarckiano, la vieja idea de la herencia de caracteres adquiridos que Darwin vino a desplazar. O, directamente, magia caníbal. “Supervivencia del más apto” es de Herbert Spencer, y apto quería decir adaptado, no el más fuerte. Fue el darwinismo social, reconstruido por Richard Hofstadter, el que convirtió la frase en coartada de los magnates. El propio Darwin, en “El origen del hombre”, sospechaba que las tribus cuyos miembros se ayudan se imponen a las demás, y Kropotkin lo llevó más lejos en “El apoyo mutuo”: había estudiado la fauna de Siberia, publicó “El apoyo mutuo” (1902), una réplica frontal al darwinismo de la guerra de todos contra todos. En los ambientes más hostiles, observó, prosperan las especies que cooperan.

“Blue Lock” lo sabe a su pesar: el don de Isagi, su protagonista, es leer la cancha y anticipar a los demás, la virtud más colectiva del fútbol. Ningún equipo ganó nada con once egoístas.

Pero la fábula seduce porque el fútbol real ya se le parece. En la “Neo Egoist League” del manga, los clubes cotizan a los jugadores en vivo, como un ticker de Wall Street. Afuera, los fondos compran clubes en red y los pibes tienen un puñado de partidos para demostrar su valor antes de ser reemplazados en el próximo mercado de pases. Si Ego tuviera biblioteca, en el estante principal estaría Ayn Rand y “La virtud del egoísmo”.

“Blue Lock”: fútbol darwinista, aunque con un Darwin de segunda mano

Igual, “Blue Lock” es disfrute (folletín, acción, música para salir a correr). Pero también un sismógrafo que registra un debate que atraviesa la historia japonesa, un siglo de péndulo entre el clavo que sobresale y el martillo que lo aplasta, pero también el temblor de una época global: la competencia de todos contra todos presentada como ley natural, la solidaridad convertida en sinónimo de debilidad, y naciones que se sienten humilladas y dirigentes que, a través de lecturas muy creativas de Darwin, prometen volver a ser grandes otra vez.

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