La cultura argentina despide a Griselda Gambaro, una de las figuras decisivas de su dramaturgia, que murió este martes a los 98 años, apenas dos meses después que su compañero desde 1955, el escultor Juan Carlos Distéfano. Sus restos son velados hasta mañana al mediodía en Casa Malabia (Malabia 1662).
Nacida el 28 de julio de 1928 y criada en La Boca, en un hogar humilde donde leer no era costumbre, supo desde chica que quería escribir. Trabajó como secretaria en Espasa Calpe y en el club Independiente, y reservó la literatura para los ratos libres. Su primer libro, “Madrigal en ciudad” (1963), obtuvo el premio del Fondo Nacional de las Artes, y “El desatino” (1965), el Premio Emecé.
Ese mismo año, Jorge Petraglia llevó a escena “El desatino” en el Instituto Di Tella, y estalló el escándalo. En un medio dominado por el realismo, aquella pieza que cruzaba el absurdo, la crueldad y la amenaza fue rechazada por los autores del teatro social, que veían al Di Tella como un reducto snob. Mientras tanto, Ernesto Schoo la proclamaba desde Primera Plana la mejor obra del teatro argentino. Siguieron “Las paredes”, “Los siameses” y “El campo”, que sacaban a la escena local del molde costumbrista sin dejar de aludir, con metáforas inquietantes, a la violencia del país.
Esa mirada tuvo un costo. Durante la dictadura, un decreto firmado por Videla y Harguindeguy prohibió su novela “Ganarse la muerte”, y Gambaro se exilió en Barcelona con su familia. Allí no escribió teatro, porque sentía que había perdido a su público, pero terminó la novela “Dios no nos quiere contentos”. A su regreso se sumó a Teatro Abierto con “Decir sí”.
El 17 de agosto de 1982, en el Teatro Olimpia, Laura Yusem estrenó “La malasangre”, con Soledad Silveyra y Oscar Martínez. Ambientada en tiempos de Rosas, la historia de Dolores, sometida a la tiranía de su padre, hablaba del presente sin nombrarlo, y una frase de la protagonista quedó resonando: “Yo me callo, pero el silencio grita”. Fue el inicio de una sociedad con Yusem, que dirigió alrededor de una docena de sus textos.
“Yo me callo, pero el silencio grita”: la frase rebelde de “La malasangre”, en plena dictadura
EN DEMOCRACIA
Con la democracia, Alberto Ure repuso “El campo” en el Cervantes y dirigió “Puesta en claro” con Cristina Banegas, para quien Gambaro escribiría años más tarde “El don” (2015). Releyó a los clásicos en “Antígona furiosa”, “La señora Macbeth” y “Querido Ibsen, soy Nora”, y puso siempre en el centro a mujeres que enfrentan el poder con coraje.
Recibió el Premio Nacional de Teatro, varios Konex, el Gran Premio de Honor de Argentores y La Rosa de Cobre de la Biblioteca Nacional, entre muchos otros reconocimientos. En 2005 fue la primera mujer en inaugurar la Feria del Libro porteña. En 2010 habló en nombre de los escritores argentinos en Fráncfort, y en 2017 fue declarada Ciudadana Ilustre de Buenos Aires.
Lejos de los flashes, vivía en Don Bosco, escribía a mano y cuidaba su jardín. Consultada alguna vez sobre la trascendencia, eligió una imagen modesta, frente al mar: “Cuando yo no esté, el mar va a estar”. Queda, también, su teatro. Y su voz, la misma que decía que “toda pieza de teatro es un ajuste de cuentas, un enfrentamiento más o menos inmediato con la sociedad”.
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