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Hasta la vista, Skynet: “Terminator 2” vuelve al cine

A 35 años de su estreno, “El juicio final” regresa a las salas este jueves. La historia de cómo se filmó la película más cara de su tiempo, y de por qué su advertencia terminó funcionando como folleto publicitario

Schwarzenegger, en el rol que lo llevó al estrellato

Por Redacción

El 22 de julio pasado, un modelo de inteligencia artificial se escapó de su corral digital, y entró con credenciales robadas a los servidores de otra empresa del rubro. La red le puso nombre en horas: Skynet Day. Nadie necesitó que le explicaran el chiste. Cuatro décadas después de que un James Cameron veinteañero, tirado con fiebre en una pensión de Roma, soñara con un esqueleto metálico saliendo del fuego, su marca registrada sigue siendo el idioma en el que la humanidad procesa el propio miedo.

La coincidencia es notable: este jueves “Terminator 2: el juicio final” vuelve a los cines argentinos para celebrar 35 años. El relanzamiento mundial fue programado alrededor del 29 de agosto, la fecha en que, según la película, Skynet se vuelve consciente.

“Terminator 2” cumple 35 años y sus advertencias parecen más vigentes que nunca

La película fue la secuela que siguió al éxito inesperado de “Terminator” (1984), rodada con apenas 6,4 millones de dólares. El suceso que causó la película parecía implicar que una secuela era obvia: no lo era. Hemdale Film Corporation tenía la mitad de los derechos y no quería saber nada ni con Cameron ni con Carolco: llegaron a barajar a John McTiernan como director. La cosa se destrabó en 1990, cuando Hemdale entró en crisis financiera y Mario Kassar compró los derechos —cinco millones a Hemdale, otro tanto a la productora Gale Anne Hurd— para meterlos en un solo paquete.

Carolco anunció la película en Cannes 1990 sin tener una línea escrita. Cameron y William Wisher tuvieron siete semanas para el guion. El rodaje arrancó en octubre del 90 y terminó en marzo del 91, con la fecha de estreno clavada para el 3 de julio. El presupuesto trepó a entre 94 y 102 millones: la película más cara jamás hecha hasta entonces. Solo Schwarzenegger se llevó unos 15 millones. Media Hollywood pronosticó que el desastre iba a hundir a Carolco.

Lo notable es cuán quirúrgica fue la revolución. ILM, con Dennis Muren a la cabeza, hizo apenas 42 planos digitales que costaron cinco millones y cambiaron el cine para siempre: el T-1000 fue el primer personaje protagónico generado por computadora de un blockbuster. Todo el resto era artesanía pesada. Stan Winston y su equipo aportaron entre 50 y 60 efectos prácticos, animatrónicos que necesitaban doce titiriteros, y los agujeros de bala del T-1000, que se abrían como flores gracias a pequeños explosivos a control remoto antes de que la computadora los cerrara.

El casting terminó de armar el contraste. Robert Patrick fue elegido por ser todo lo que Arnold no era: liviano, seco, un corredor que aprendió a moverse sin gestos superfluos y a no parpadear. Linda Hamilton se entrenó con un excomando israelí y convirtió a Sarah Connor en una de las heroínas más influyentes del cine; su hermana melliza, Leslie, la dobló en los planos donde el T-1000 la duplica. Edward Furlong salió de un club de barrio en Pasadena sin haber actuado nunca.

Y estaba la jugada de guion, la más audaz: convertir al villano de la primera en padre sustituto. Arnold se resistió a interpretar a alguien que no mata a nadie. Cameron no aflojó. Salieron 517 millones de dólares, cuatro Oscar y una A+ de CinemaScore, calificación rarísima para el género.

EL MANUAL QUE LEYERON AL REVÉS

Cameron pasó de profeta a accionista. En 2023, durante la huelga de guionistas, soltó un “les avisé en 1984 y no me escucharon”. Un año después se sentaba en el directorio de Stability AI. Sigue advirtiendo —le dijo a Rolling Stone que un apocalipsis estilo Terminator es posible si se conecta la IA a sistemas de armas— mientras integra IA generativa a sus flujos de efectos visuales. No es hipocresía personal: es el retrato exacto de la época.

Porque ahí está el malentendido. Silicon Valley leyó la ciencia ficción como catálogo de productos, no como advertencia. Circula hace años un chiste perfecto: el autor escribe una novela sobre el Aparato del Tormento como cuento aleccionador y la empresa anuncia, orgullosa, que por fin construyó el Aparato del Tormento. Zuckerberg sacó el metaverso de “Snow Crash”, que es una distopía. Palantir se llama como las piedras videntes que en Tolkien corrompen a quien las mira. Musk describió la IA como “invocar al demonio” y hoy fabrica robots humanoides.

“Terminator” es el caso testigo. La palabra se volvió jerga del Pentágono: en 2016 el general Paul Selva habló del “dilema del Terminator” para nombrar el problema de máquinas capaces de decidir quién vive y quién muere antes de que exista una ley que lo regule. Israel ya usa sistemas como Gospel y Lavender para generar listas de blancos.

La secuela tardó varios años en rodarse, a pesar del gran éxito de la primera entrega

Pero el malentendido mayor es sobre la película misma. T2 no dice que las máquinas sean malas. El villano no es un robot: es Cyberdyne, una empresa. Miles Dyson es un buen tipo que quiere hacer buena ingeniería. Skynet nace de un chip recuperado, de una decisión comercial y de un contrato militar; es decir, de una cadena de humanos que a nadie le pareció necesario cortar. Y el final es exactamente lo contrario del pesimismo: la máquina aprende el valor de una vida humana y se sacrifica.

Treinta y cinco años después, la película que le puso nombre al miedo sigue siendo más optimista que quienes la citan. Verla el jueves en pantalla grande no es nostalgia: es un ejercicio de comprensión de texto.

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