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Hernán Rosselli: "El cine argentino fue bendecido con la posibilidad de producir, con pocos recursos, mucho"

En el Festival de Cine de la Provincia se presenta un foco dedicado al realizador bonaerense que, en diálogo con EL DIA, repasa su trayectoria

En su tercera película, “Algo viejo, algo nuevo, algo prestado”, dice Hernán Rosselli, se terminó de perfilar una identidad como cineasta. Algo que estaba esbozado en sus otros dos largometrajes se cristalizó. Pero además, algo ocurrió con la película una vez que Rosselli ya la había soltado: la historia de una familia de quinieleros clandestinos de barrio realizada con material encontrado, una de gángsters y familias, de barrio y dinero, se convirtió en una especie de película de culto, un secreto a voces que pasó meses en cartelera, paseó por las salas de todo el país. Luego, llegó a HBO Max, y “terminó de saltar el cerco del público de festivales, salió hacia el público masivo”.

El recorrido desde su primer largometraje, la galardonada “Mauro”, hasta “Algo viejo, algo nuevo, algo prestado”, precandidata argentina para los Premios Oscar, se podrá ver completo en esta edición del FICPBA, el festival de cine de la Provincia, que proyecta desde este viernes un foco dedicado a Rosselli y su cine: sus tres largos, pero también otros trabajos más pequeños que rodearon aquellas producciones. 

El primer largo, “Mauro” (se verá este viernes a las 16.45 en el Cinema Paradiso), sigue un hombre que trabaja como “pasador” de billetes falsos. “La primera película siempre lleva detrás un deseo muy fuerte, de mucho tiempo”, dice Rosselli, en diálogo con EL DIA, “pero la segunda siempre está un poco maldita, y ‘La casa del teatro’ (documental que sigue a se centra en la vida de Oscar Brizuela, un actor de 80 años que vive en la institución homónima de retiro para artistas; se proyecta este viernes a las 19.30 en el Paradiso) tuvo un proceso producción muy difícil, atravesado por un montón de problemas”. 

Pero ambas ya establecían las coordenadas de su obra: el conurbano bonaerense, el dinero, una sensibilidad particular para contar las relaciones que habitan esas regiones y esas problemáticas. Todas, se ríe Rosselli, fueron proyectos “muy ambiciosos”, a la vez “un paisaje del barrio de dónde crecí” y “un retrato de un protagonista en ese espacio”. 

La misma descripción aplica a “Algo viejo, algo nuevo, algo prestado” (se verá este domingo a las 16.15 en el Paradiso), que cuenta la historia de la familia Felpeto, dedicada a las apuestas clandestinas de quiniela en el conurbano bonaerense: tras la muerte del patriarca, Maribel y su madre Alejandra quedan a cargo de la red, mientras Maribel empieza a sospechar que su padre tenía una familia paralela.

La película debutó en Cannes, pero esta pequeña película scorseseana del conurbano conectó emocionalmente con un público, “una fibra ahí conectó”. ¿Por qué? Rosselli hipotetiza que quizás la propia extrañeza de la película, “ese registro ambiguo que tiene la película, entre documental y ficción”, pueden haber colaborado a convertirla en un clásico de culto. También, “la forma en que dosifica la información: las plataformas nos han acostumbrado a que haya un emplazamiento de la información muy directo, cosa que uno no tenga dudas y esté enganchado con una trama desde el comienzo, que se plantee la consigna de la trama desde el comienzo. En cambio, la película va escamoteando información, tratando de generar un interés en el no saber qué está pasando. Creo que algo de eso terminó generando interés”. Ese caos, además, lo organiza la ficción de género: la película es una de mafias, y “ese equilibro entre lo real y el artificio del género permite que el espectador puede reconocer como un camino posible a seguir en un material que puede ser más caótico”.

Pero, sobre todo, dice, “hay algo que se juega cuando se filman vínculos reales”: a Maribel la encarna la propia Maribel Felpeto, y para el cineasta hay algo de esa intimidad, de esos vínculos, que no pueden mentirse. Entonces, “cuando avanza la historia, termina generando una emoción muy grande, muy genuina en el espectador. Y eso, para mí, es lo que tiene que pasar en el cine, más allá de lo que uno piense y quiera decir en torno al tema de la película”.

Los tres largometrajes se proyectarán en el FICPBA junto a varios cortos del director, incluidos “algunos experimentos” como “44” (filmado en sus viajes en el 44 de La Paternal con Bajo Flores) y “Han” (una especie de lado B del la explosión cultural coreana que lleva el nombre de una expresión coreana para el resentimiento, un sentimiento que da nombre a su productora, Un resentimiento de provincia). El cierre del festival lo pondrá “Estudio para un retrato familiar”, un trabajo que Rosselli filmó mientras preparaba “Algo viejo, algo nuevo, algo prestado”, y que explica su proceso: durante los rodajes, filma bocetos que sirven para preparar las películas.

“Hay algo donde la escritura no sirve: uno tiene que poner las manos en los materiales. Así que me gusta hacer pequeños estudios, bocetos, para una obra mayor. Y luego esos trabajos quedan como cortometrajes, como pequeñas obras”, explica. “Necesito filmar, ver y a partir de ahí pensar una película posible. Y a partir de ahí, uno va generando una especie de obra paralela: rastros del trabajo, diarios, bocetos, estudios. Creo que hay belleza en esas formas menos ambiciosas, más íntimas”.

“Estudio para un retrato familiar” (este miércoles a las 17 en el Teatro Argentino) son “las primeras pinceladas” de lo que vendría después, y le sirvió al director “para ver como se vería el material filmado por el padre de los Felpeto junto al material filmado por mí”, y para empezar a responder la pregunta de si “había o no una posible ficción ahí. ¿Qué pasaría si los Felpetto, en vez de ser una apacible familia de zona sur fueran una organización de quiniela clandestina?”

- Hablabas de una identidad que se trazó a lo largo de estas tres películas. Creo que está muy ligada a lo geográfico, a tu barrio.

- Hay algo del espacio geográfico, en este caso la Provincia, que termina siendo una especie de territorio personal y termina acotando el proceso creativo, que cuando uno tiene total libertad suele ser un poco paralizante. En cambio, cuando tiene reglas, cuando uno piensa ‘voy a intentar contar lo que sucede en el Conurbano Sur’, esos límites geográficos me dan libertad para crear, ya sé que en ese paisaje me voy a mover, voy a tratar de escribir el retrato del próximo protagonista. Para mí, en esa tensión entre el retrato y el paisaje se juega lo que hago y lo que quiero hacer: esa identidad es la que se terminó un poco de trazar en mi tercera película, como decía.

- Y otra cuestión recurrente en tu obra es el dinero. ¿No concebís filmar ese espacio sin retratar de alguna manera las condiciones materiales?

- Pasa algo muy raro con Argentina, y tiene que ver con todas las economías emergentes y tan informales como la nuestra: los vaivenes en la cotización del dólar nos obligan todo el tiempo a estar pensando en la plata, de un día para otro tus ahorros se pueden licuar o ser tomados de rehén por el banco. Yo viví eso en 2001, el mercado aparecía como algo caótico, los bancos se fugaban con la plata, el Estado no podía dar respuestas… Esa experiencia traumática es determinante: hay algo de un juego roto, de ficción interrumpida. Porque existe una ficción del dinero que uno naturaliza, pero en el caso de nosotros los argentinos esa ficción, esa naturalización, está todo el tiempo interrumpida. Entonces, uno está todo el tiempo viendo si meto la plata en MercadoPago para ganarle a la inflación, si compro dólares… Estamos todo el tiempo pensando en la plata, y por eso está tan presente en el cine argentino. Pero sobre todo, creo que a mi me interesa, más allá de eso, la relación que existe entre el dinero y el afecto: cómo interviene la plata en una relación amorosa, la deuda que tienen los hijos con los padres o los padres con los hijos. Hay algo de eso, de la plata no siendo solo plata, sino siendo también el vehículo de amor o de odio, que me interesa. A veces pensamos en los números como si fueran algo abstracto, pero en realidad están cargados de un montón de cosas que son difíciles de abstraer, de emociones. Como decía Borges: ‘El dinero es abstracto, el dinero es tiempo futuro. Puede ser música de Brahms, puede ser mapas, puede ser ajedrez,  puede ser café, puede ser las palabras de Epicteto, que enseñan el desprecio del oro’. Esa dimensión es la que me interesa del dinero.

- Esa dimensión del dinero aparece ya en tu primer largometraje, “Mauro”. ¿Cómo nació esa película?

- Surgió de mi relación con Mauro Martínez, amigo mío de la secundaria. Él había querido estudiar guion, pero era un momento difícil, tenía problemas para insertarse en el mercado laboral… Los dos conocíamos a Eduardo, un pibe del barrio que pasaba billetes falsos, un chico más grande que nosotros, muy generoso. Y empezamos a pensar cómo sería alguien que recorre las calles actuando que va a comprar algo para en realidad cambiar plata, pensábamos que ahí había el germen para una ficción. Ahora, después de muchos años, en mi próxima película voy a volver a trabajar con Mauro. A Mauro no lo veía hace 6 años, él estuvo de viaje por América latina, y volver a ver es actualizar esa amistad… Hay algo que se remueve de las emociones, es volver a pensar en mi vieja, que murió un año después del estreno de “Mauro”, volver a pensar en amigos el barrio con los que ya no tengo contacto… Esa persona trae consigo su propio pasado: yo no me termino de ir del barrio, hay una distancia y a la vez una cercanía.

- ¿Y qué hay de “La Casa del Teatro”, cómo surgió? Implicó un paso de la ficción al documental.

- Fue más azaroso. Mi socio en ese momento, Santiago Hadida, conocía a alguien que estaba en la Casa del Teatro: la idea de una residencia para actores retirados viviendo en ese edificio art decó tan grande nos llamó mucho la atención, creímos que iba a estar llena de historias interesantes. Así es que dimos con Oscar Brizuela y la búsqueda que estaba haciendo de su hijo perdido. Fue una película difícil para hacer, toda esa gente está ya retirada, y muy desencantada del oficio, dependiendo de la beneficencia de una institución. Uno puede imaginarse el riesgo que implica dedicarse al arte en un país como Argentina, los vaivenes que conlleva: Hugo Fregonese, quizás el cineasta más exitoso del cine nacional, que se insertó en Hollywood y trabajó en Europa, terminó en la Casa del Teatro. Eso hace pensar en lo difícil que puede ser llevar adelante una carrera en el arte en este país.

- Hablás de las dificultades de hacer arte en este país. ¿Cómo ha sido hacer cine en años de tantos vaivenes? ¿El cine nacional puede sobrevivir?

- En algún punto, el cine argentino fue bendecido con la posibilidad de producir, con pocos recursos, pero mucho. Después de la debacle de 2001, con la Ley de Cine asentada y con la creación del fomento del cine y después con la vía digital documental, hubo una nueva edad de oro de la producción. Pero el Estado no logró encontrar, creo, un equilibrio entre el fomento y la necesidad de generar trabajo, y el gasto público, que terminó generando inflación. En los primeros años del siglo hubo un boom de los commodities, y de la soja, y de los países emergentes en general, que después empezó a aplacarse: el país se encontró con un gasto público muy grande, con mucha inflación, una inflación que no acompañaba el crecimiento del país… Entonces, las películas se empezaron a jibarizar, a ser cada vez más chicas, los productores empezaron a meter presión para filmar en menos semanas… Creo que lo que empezó siendo una edad de oro empezó a flaquear, y después la misma comunidad empezó a dejar de lado la importancia de la exhibición, el contacto con el público. El ejemplo más contundente es la falta de una cinemateca: la comunidad, tan aguerrida para pelear por el fomento público, nunca le interesó tanto la idea de tener una cinemateca, revisar la propia cinematografía, poner en valor películas clásicas. Argentina tiene un cine clásico, eso no pasa en todas las cinematografías de la región, y todas esas películas están revisadas y cuidadas por el trabajo desinteresado que hacen un montón de privados. Es raro que Argentina no tenga una cinemateca teniendo una cinematografía tan importante. Y creo que hay algo de eso, de la relación con el público y lo importante que es generar esa conciencia, que tiene que ver con la identidad de un país. Eso terminó generando una distancia, eso, hay que decirlo, más una campaña muy grande de este gobierno contra los cineastas porque no comparten su ideología. Pero en los últimos años hay críticos más jóvenes interesados por el cine clásico, se están generando redes y eso puede ir creciendo y generar una conciencia sobre lo potente que es nuestra cinematografía. En el pasado hay una semilla muy importante plantada para el futuro.

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