TEMAS DE HOY:
PUBLICIDAD

¿Héroe de izquierda o de derecha?: Stallone, el espejo obrero de Estados Unidos, cumplió 80

La estatua de Rocky en el Museo de Filadelfia: el personaje creado por Stallone es un ícono del cine que atraviesa generaciones

Por Redacción

Sylvester Stallone cumplió ayer 80 años, justo cuando Rocky cumple 50: el boxeador es, claro, su más importante alter ego: como él, logró lo que logró contra todos los pronósticos.

Porque nada en la vida de Stallone indicaba que sería una estrella global: nació el 6 de julio de 1946 en Nueva York con media cara paralizada por un fórceps, hizo changas y tocó fondo… hasta que una noche de 1975 vio por TV cómo un desconocido llamado Chuck Wepner aguantaba quince rounds contra Muhammad Ali. Tres días después tenía escrito el guion de “Rocky”.

Medio siglo más tarde es leyenda viva, publica este año sus memorias (“Los escalones”) y hasta tiene película sobre su propia vida en camino (“I Play Rocky”), con Anthony Ippolito interpretándolo de joven.

Pero hay una lectura más jugosa que la del simple aniversario, y la propone el investigador francés David Da Silva en su libro “Stallone, héroe de la clase obrera”: la filmografía de Sly es, sin quererlo del todo, un electrocardiograma de la política estadounidense. Donde late Estados Unidos, late Rocky.

EL PERDEDOR DE LOS SETENTA

Vamos round a round. El Stallone setentista es hijo directo de la resaca de Vietnam y Watergate: un país deprimido que ya no se creía el cuento del sueño americano. Y ahí aparece “Rocky” (1976), que arrasa con tres Oscar -incluido mejor película- y le da al perfecto desconocido una doble nominación como actor y guionista que solo Chaplin y Orson Welles habían logrado antes.

Pero recordemos, aunque duela: Rocky pierde la pelea final. Da Silva insiste en ese detalle que el mito borró: el primer Rocky es un antihéroe puro de los setenta, un tano de barrio que no asciende socialmente (en la secuela lo vemos laburando en un frigorífico) y cuya única victoria es consigo mismo. De hecho, en esos años Stallone dobla la apuesta obrera: escribe y protagoniza “F.I.S.T.” (1978), sobre un líder sindical inspirado en Jimmy Hoffa, y debuta como director con “La taberna del infierno” (1978), fábula de tres hermanos italianos atrapados en el Hell’s Kitchen de su propia infancia.

Después llega “Rambo” (1982), que antes que festival de explosiones es un drama sobre los veteranos de Vietnam: los pibes de clase obrera que fueron al frente mientras los hijos de la clase media protestaban en la universidad. Cine con conciencia de clase, heredero del humanismo populista de Frank Capra, que era su ídolo confeso.

Pero asomaban los 80, y con ellos llegó Reagan, el autor original del “Make America great again”. Y Stallone se convirtió -para la crítica canónica sobre todo, que lo detestaba con fervor- en el símbolo musculoso del imperialismo yanqui. Y ciertamente tenían de donde agarrarse, con “Rambo II” (1985), “Rocky IV” (1985), “Cobra” (1986), “Rambo III” (1988): el póquer de la supuesta propaganda ochentosa. El propio Reagan echó nafta al fuego cuando, tras ver “Rambo II”, bromeó con que ya sabía qué hacer en la próxima toma de rehenes.

Pero Da Silva desarma la etiqueta con paciencia de entrenador viejo: en “Rocky IV”, la América de lentejuelas y dólares que encarna Apollo Creed (con James Brown incluido) queda ridiculizada frente al soviético Drago, y Rocky solo puede ganar volviendo a lo primitivo: entrenando entre la nieve rusa como un pionero del siglo XIX, lejos de las máquinas y el marketing. Raro manifiesto reaganiano ese donde el héroe termina pidiendo que todos cambiemos, incluidos los dos imperios.

EL SECRETO DEL ÍCONO

Stallone siempre renegó de la lectura política: juraba que lo suyo era el individuo, no los partidos. Y ahí está, según Da Silva, la clave de por qué Sly se volvió ícono planetario mientras otros forzudos quedaron en el camino: nunca se afilió explícitamente a nada y siempre habló como el hombre común.

Se definió alguna vez como demócrata “porque es el único actor que también es el pueblo”, después se dijo republicano pero anti-Bush, y resumió su credo con una frase que cualquier votante desencantado firmaría: conservador en una cosa, progresista en otra, porque la política no es un dogma. Sus personajes son laburantes: boxeador de cuarta, camionero, veterano sin techo, policía de pueblo. Y su gran tema no es la victoria sino la derrota: Rocky pierde, los hermanos de “La taberna del infierno” pierden, Rambo carga con la guerra perdida. En el cine de Stallone, en un mundo a menudo tramposo, perder bien es la única forma de ganar. Eso, en un país obsesionado con los “winners”, era casi un acto de rebeldía.

Las últimas décadas completan el espejo. Con la Guerra Fría enterrada, los noventa lo encontraron probando de todo: acción de altura (”Máximo riesgo”), ciencia ficción con chiste incluido (”El demoledor”), la dupla con Kurt Russell (”Tango y Cash”) e incluso comedia involuntaria (”¡Para o mi mamá dispara!”, que él mismo ubica en el podio de sus arrepentimientos).

Hasta que “Cop Land” (1997) -donde subió veinte kilos para ser un sheriff pusilánime junto a De Niro y Keitel- le dio por fin el respeto de la crítica. En los 2000 se reinventó como nostalgia activa: “Rocky Balboa” (2006) y “Rambo: Regreso al infierno” (2008) cerraron círculos, “Los indestructibles” (2010) convirtió el desguace del cine de acción ochentoso en franquicia (curiosamente, como en otro miniciclo, parecían películas de propaganda), y “Creed” (2015) lo mostró pasándole la antorcha a un boxeador afroamericano en plena era Obama, con nominación al Oscar incluida (perdió con Mark Rylance: final a lo Rocky, como él mismo bromeó).

Ahora, la serie “Tulsa King” lo reconvirtió en capo mafioso televisivo. Y la ironía final la puso la historia: en 2025, Trump lo nombró embajador especial para hacer Hollywood “más grande y más fuerte” y le entregó el premio del Kennedy Center. El hombre que se pasó ochenta años esquivando etiquetas terminó condecorado por el presidente más etiquetable de todos, aunque, claro, esa filiación también se acerca bastante a la de la clase trabajadora estadounidense, al menos en las últimas elecciones.

Pero uno sospecha que a Sly le resbala: él ya dejó escrita su filosofía en cada guion. No importa cuán fuerte pegue la vida -y a él le pegó desde el fórceps-, se trata e recibir los golpes y seguir avanzando. Feliz cumpleaños, campeón. Los escalones del Museo de Filadelfia no se suben solos.

Las noticias locales nunca fueron tan importantes
SUSCRIBITE a esta promo especial
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Registrate gratis para seguir leyendo

Ya leíste varias notas de El Día. Creá tu cuenta gratuita y seguí accediendo al contenido del diario.

¿Ya tenés cuenta? Ingresar

Has alcanzado el límite de notas gratuitas

Suscribite a uno de nuestros planes digitales y seguí disfrutando todo el contenido de El Día sin restricciones.

Básico Promocional mensual

$570/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Suscribirme

Full Promocional mensual

$740/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Acceso a la versión PDF

Beneficios Club El Día

Suscribirme

ESTA NOTA ES EXCLUSIVA PARA SUSCRIPTORES

Para disfrutar este artículo, análisis y más, por favor, suscríbase a uno de nuestros planes digitales

¿Ya tiene suscripción? Ingresar

Básico Promocional mensual

$570/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Suscribirme

Full Promocional mensual

$740/ mes

Acceso ilimitado a www.eldia.com

Acceso a la versión PDF

Beneficios Club El Día

Suscribirme
PUBLICIDAD