Hay una paradoja deliciosa en el corazón del estreno de “Franz”, la biopic de Agnieszka Holland sobre Franz Kafka: el autor, que murió en 1924 sin haber visto casi nada de cine, le confesó una vez a su amigo Gustav Janouch que no toleraba las películas. “Los ojos dejan de ser los que perciben las imágenes y son las imágenes las que pervierten la vista”, se quejaba. Y sin embargo, como demostró el actor y crítico alemán Hanns Zischler en su libro “Kafka va al cine”, el escritor fue un espectador apasionado de los primeros films, capaz de arrastrar a sus hermanas y a Max Brod a las salas de Praga, París o Milán y de no hablar de otra cosa durante horas.
Esa tensión, el rechazo declarado y la fascinación secreta, parece haberse invertido con los años: hoy es el cine el que no puede dejar de mirar a Kafka. La prueba más fresca es “Franz”, que se estrena este jueves en cines. Dirigida por Agnieszka Holland —la veterana polaca de “Europa, Europa”—, la película compitió por la Concha de Oro en San Sebastián, representó a Polonia en la carrera al Oscar y propone un retrato deliberadamente astillado del escritor: una estructura biográfica no lineal que alterna los pasajes de su vida, desde el nacimiento en Praga en 1883 hasta la muerte por tuberculosis a los 40 años, con ventanas irónicas al presente, donde Kafka aparece convertido en producto turístico, estampado en remeras y tazas en la misma ciudad que alguna vez lo ignoró. “Sabíamos que nos adentrábamos en terreno muy inestable”, admitió Holland sobre esa apuesta formal.
El protagonista es el alemán Idan Weiss, de un parecido físico asombroso con el autor de “El proceso”, que se preparó durante medio año para el papel: leyó todos los libros y diarios de Kafka para “entender qué lenguaje” hablaba, y llegó a aislarse dos meses en su departamento de Hamburgo, sin salir de día, para “tener una energía más oscura”. Holland, por su parte, aclaró que no buscó un diagnóstico médico, pero situó al escritor dentro de un “espectro y sensibilidad sensorial” propio de personas neuroatípicas, cercano al asperger: su piel finísima, el miedo a ser tocado, los tics. Para estos últimos, la directora le recomendó a Weiss un modelo inesperado: Rafael Nadal, cuyas manías en la cancha estarían, a su juicio, relacionadas con su genialidad. En el centro del relato, claro, está la relación con el padre —interpretado por Peter Kurth—, ese comerciante tiránico que no dudaba en aplastar la vocación literaria de su hijo y con quien Kafka ajustaría cuentas en la póstuma “Carta al padre”.
Para Holland, además, el asunto es personal: descubrió a Kafka a los 14 años, en la Polonia comunista, cuando en la propia Checoslovaquia se lo consideraba un escritor burgués y decadente. Del apestado ideológico al ícono global: cada época, se ve, fabrica su propio Kafka.
Cada época, su Kafka
Eso es exactamente lo que revela el recorrido por las adaptaciones. Porque no hay dos pantallas que hayan pensado a Kafka de la misma manera: algunos rescataron su oscuridad profética, otros su humor extrañísimo, otros el enigma de su genio, y todos, en el fondo, intentaron responder la misma pregunta: cómo apareció esa obra tan singular en ese momento y en ese cuerpo frágil de un abogado de seguros de Praga.
La serie “Kafka” (2024), del austríaco David Schalko con guion del novelista Daniel Kehlmann, es el ejemplo más reciente y quizás el más luminoso. Estrenada para el centenario de la muerte del escritor y basada en la monumental biografía de Reiner Stach, con Joel Basman en el rol principal, la miniserie eligió el camino opuesto a la solemnidad. Seis episodios, cada uno dedicado a un vínculo —Brod, Felice, Milena, la familia, Dora—, que apuestan por la comedia melancólica y recuperan algo que los lectores atentos siempre supieron: Kafka era gracioso. Se reía a carcajadas leyendo “El proceso” en voz alta a sus amigos. Su humor, escribió el crítico argentino Héctor Freire, se hace en “La metamorfosis” tan evidente como en una comedia muda de Chaplin, a quien el escritor admiraba.
De Welles a Soderbergh
En el otro extremo está la lectura sombría (ya estereotípica, bajo el lema de “lo kafkiano”), y su cumbre sigue siendo “El proceso” (1962) de Orson Welles, con Anthony Perkins como un Joseph K. condenado antes de ser juzgado, deambulando por la “arquitectura de una pesadilla”. No es la obra de un genio sino de dos: Welles filmó la burocracia como un laberinto expresionista y entendió que en los sistemas totalitarios uno no se despierta de la pesadilla, sino a la pesadilla.
Dos décadas después, los rigurosos Danièle Huillet y Jean-Marie Straub firmaron “Relaciones de clase” (1984) sobre la novela “América”, y Michael Haneke aportó en 1997 su versión de “El castillo”, glacial y fiel hasta la interrupción abrupta del manuscrito inconcluso. Antes, el chileno Raúl Ruiz había trasladado “En la colonia penitenciaria” a un imaginario latinoamericano en “La colonia penal” (1970).
El Kafka-personaje también tuvo lo suyo. Steven Soderbergh lo convirtió en detective involuntario en “Kafka” (1991), con Jeremy Irons: menos biografía que homenaje intertextual en clave de thriller expresionista, que el propio director reeditó décadas más tarde. Y el cine argentino aportó su rareza con “Los amores de Kafka” (1988), de Beda Docampo Feijóo, con las relaciones traumáticas del escritor con su padre y las mujeres.
Después está el territorio más fértil: el cine kafkiano sin Kafka, como lo llamó Cabrera Infante. La distopía burocrática de “Brazil” (1985) de Terry Gilliam, cruza de “El proceso” con Orwell; la persecución interminable del oficinista de “Después de hora” de Scorsese; el mundo cerrado de “Alphaville” de Godard; incluso, dicen algunos, la amenaza inmotivada de “Los pájaros” de Hitchcock. Un siglo después de su muerte, el adjetivo “kafkiano” se volvió idioma universal, y el cine —ese arte que nació apenas doce años después que él— sigue intentando devolverle la mirada a ese hombre que temía que las imágenes se apropiaran de la suya. Desde el jueves, la función continúa.
Cuándo: desde este jueves
Dónde: en cines
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