Había quienes la daban por muerta. La comedia romántica, ese género que supo llenar cines durante los años 90 con la complicidad de Meg Ryan, Tom Hanks y la lluvia sobre Manhattan, fue cediendo terreno en el siglo XXI frente a los superhéroes, los universos expandidos y el drama presuntamente más serio. Pero el género tiene una resiliencia notable: cada vez que se lo declara obsoleto, aparece alguien que lo resucita. Esta vez fue Netflix, y la película se llama “Mensajes de voz para Isabelle”, que desde su estreno el viernes pasado se instaló directamente como el largometraje más visto de la plataforma en todo el mundo.
La historia parte de una premisa que tiene algo de cuento de hadas actualizado: Jill, una aspirante a pastelera con tendencia declarada a la verborragia, perdió a su hermana menor, Izzy, que padecía fibrosis quística desde que nació. El vínculo entre ambas era tan estrecho que Jill vivía el doble: lo que Izzy no podía experimentar —el primer beso, el baile de graduación, las citas desastrosas—, ella lo atravesaba y se lo contaba en detalle. Y cuando Izzy murió, Jill siguió haciéndolo: marcando su número y dejándole mensajes de voz. Lo que no sabe es que la compañía telefónica ya reasignó ese número a Wes, un agente inmobiliario de Austin que primero escucha esos mensajes con curiosidad y después cae rendido ante quien los graba, todo antes de conocerla en persona. El “encuentro tierno” —el meet cute de toda la vida— filtrado por la era de las apps y los mensajes directos.
La película fue escrita y dirigida por Leah McKendrick, actriz y guionista que no esconde sus referencias sino que directamente las pone sobre la mesa: “Diario de una pasión”, “Tienes un email”, “Bajo la misma estrella” y “Realmente amor” son citadas de manera expresa por los propios personajes. Hay nombres propios: Meg Ryan, Tom Hanks, Hugh Grant, Heath Ledger. Hay incluso un momento en el que el mejor amigo de Wes define la situación como una “remake retorcida de Tienes un email”. McKendrick apuesta fuerte a la nostalgia del género, y en su mayor parte le sale bien, aunque el desborde de referencias puede abrumar a quien no comparta esa educación sentimental específica.
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