“La noche está marchándose ya” es, ante todo, una película con corazón. En la pantalla se trasluce que está hecha con amigos, por amigos que aman al cine, y que comparten urgencias, las urgencias de ser cineasta en tiempos sin industria del cine, en un espacio que es su refugio cinéfilo, el cineclub cordobés Hugo del Carril. Una película hecha “para pasarla bien, y para que quien la vea la pase bien”. Es, también, una película desesperada, un relato relato sin pretensiones de grandeza, un relato mínimo, pero igual poderoso, de la incertidumbre existencial que enfrenta la cultura, pero también cualquier trabajador.
La película, la historia de un proyectorista que, por los recortes en el cineclub, se queda sin su trabajo y ve forzado a convertirse en sereno del lugar, de Ramiro Sonzini y Ezequiel Salinas, ganadora en el festival de Jeonju, Corea del Sur, fue ampliamente considerada como una de las mejores del año pasado, elegida como mejor ópera prima en La Internacional Cinéfila 2025. Pero recién ahora llega a Buenos Aires (se puede ver esta semana en la Sala Lugones, y los sábados de junio en el Malba), tras un estreno en Córdoba: es que no solo fue una película artesanal, hecha entre amigos técnicos del cine que no tenían trabajo; también son ellos dos, Sonzini y Salinas, quienes se están encargando de llevarla sala por sala.
“Como nos encargamos de todo, no podemos hacer todo junto, tenemos que hacer de a una cosa a la vez. Queremos que la película se vea todo lo que se pueda, pero a la escala que tiene, una escala que sea abarcable con nuestras manos”, dice Sonzini, en diálogo con EL DIA.
Con ese criterio hicieron también la película, que nació “un poco accidentalmente”, dice Sonzini. Aunque son visitantes habituales del cineclub, “el corazón de la cinefilia y del cine independiente en Córdoba, donde uno va a aprender, a ver películas, a juntarse con la gente”, hacer una película en ese espacio no era una idea que flotaba en sus cabezas antes de que Milei ganara la presidencia. Pero entonces, dice Salinas, “se empezó a instalar un nuevo paradigma ideológico vinculado a los recortes y a fuertes gestos de desinstitucionalización de ciertos sectores de la cultura, como el INCAA, uno de los primeros enemigos simbólicos que atacó el gobierno de manera concreta. El INCAA básicamente está cerrado, los fondos para el cine nacional se redujeron a la nada, y en Córdoba, la producción, que venía en ascenso, se volvió inexistente. Y todo pasó muy rápido”.
“Nosotros somos técnicos, una parte importante de nuestra estructura económica estaba sostenida en hacer películas cuando se paralizó la producción”, explican los cineastas. “En ese contexto, de ver cómo nos reacomodamos, surgió la propuesta de una productora, que nos ofreció una pequeña suma de dinero para cualquier proyecto que quisiéramos hacer dentro de ese presupuesto. Pero había que filmar en pocos días, gastar la plata en honorarios y no mucho más. Y había que filmar rápido, o esa plata podría irse a otro lado”.
La dupla tenía un proyecto, pero no se ajustaba a esas condiciones. Así que, dice Sonzini, “empezamos a pensar de cero, porque no podíamos perder la oportunidad. Entonces, pensamos una historia con los elementos que teníamos a mano”. A Octavio Bertone lo conocían porque había sido protagonista de un corto anterior de Sonzini y Salinas, “Mi última aventura”. Querían trabajar otra vez con él, y además era proyectorista del cineclub: tenía acceso entonces a ese “espacio múltiple, con muchas opciones, con mucha potencialidad para filmar”.
“Y como la crisis y el contexto social y económico en el que estábamos viviendo estaba muy presente en nuestra cabeza, era más fácil incluirlo que excluirlo”, dice Sonzini. Agrega Salinas: “Queríamos hacer una película que tuviera que ver con el presente, porque el presente nos atravesaba por todos lados: los dos somos técnicos de cine, nuestros amigos son técnicos o trabajan en el cine… Los cambios políticos y económicos que implican que una industria se pare nos afectaban: cuando en la película se habla de no saber si se va a poder pagar el alquiler, es algo que nos empezaba a pasar”.
“La comedia es una posibilidad de atravesar el drama, genera una distancia que te permite lidiar sin creer que la única acción posible es ser una víctima”
Ramiro Sonzini, co-director de “La noche está marchándose ya”
Así nació “una película sobre el presente, sobre lo que estaba pasando con Milei, el mundo del cine y el mundo del trabajo”: la película de Pelu, proyectorista en crisis degradado a sereno nocturno cuando el cineclub enfrenta recortes. Vende su moto para sobrevivir, luego pierde su casa, y decide, en secreto, mudarse al cineclub. Un día deja entrar a un cuidador de autos para pasar la noche. También a su amiga, Vale que usa la sala para grabar contenido de OnlyFans. Precarizados, sin futuro imaginable, forman una pequeña comunidad, miran películas, le toman la cerveza al cineclub. Un pequeño, precario Edén.
Pero “La noche está marchándose ya” no es un drama neorrealista, sino una historia de amor al cine como refugio, una fábula con detalles fantásticos sobre la amistad que se ríe de la crisis y abraza las películas como un espacio de encuentro y escape. No es una tragedia: es una comedia.
“Para nosotros era importante encontrar la manera de hacer una película que no fuera dramática: que estuviera atravesada por la crisis, pero que tuviera humor, que encontrara también el absurdo en lo que vivimos”, dice Salinas. “Pero desde el principio, lo que realmente queríamos era hacer una película para pasarla bien, y para que quien la vea la pase bien: una película donde existe el humor, el goce, donde los personajes se quieran, desarrollen vínculos nobles que pueden existir, todavía”.
“Obviamente, lo que cuenta la película es dramático, es incluso trágico, pero si filmábamos esa situación dramática de manera derrotista, no iba a ser la película que queríamos ver”, agrega Sonzini. “Que la comedia sea la forma de atravesar el drama tenía que ver con lo que políticamente pensábamos que era una opción: la comedia es una posibilidad de atravesar el drama, de permitirte pensar más allá, genera ese tipo de distancia que te permite lidiar con la cosa sin creer que la única acción posible es ser una víctima”.
“Queríamos hacer”, cierra Salinas, “una película que sea una respuesta al presente: una respuesta que no sea una resistencia, sino que sea una respuesta política concreta”.
SUSCRIBITE a esta promo especial