Dentro de unos días me voy de viaje con mis amigos de la infancia. Tengo cincuenta y tantos años y, mientras organizábamos el viaje, me puse a pensar que lo verdaderamente importante no es tanto adónde vamos, sino con quiénes voy.
Nos conocemos desde hace décadas. Compartimos escuela, cumpleaños, primeros trabajos, novias y novios, separaciones, casamientos, hijos, discusiones, momentos de abundancia y épocas en las que había que mirar mucho más de cerca la billetera. También atravesamos pérdidas. Algunos de nuestros padres ya no están. Alguno de nosotros perdió a alguien demasiado pronto. La vida, inevitablemente, nos fue cambiando.
Y, sin embargo, cuando nos juntamos, hay algo que permanece intacto.
Vivimos en La Plata y muchas veces estamos a pocas cuadras de distancia, pero eso no significa que nos veamos todo lo que quisiéramos. Cada uno tiene sus obligaciones, sus trabajos, su familia, sus problemas. A veces pasan semanas o meses sin que podamos coincidir. Pero alcanza con que alguien mande un mensaje al grupo para que aparezcan las mismas bromas de hace treinta o cuarenta años.
Eso es la amistad, pienso. No necesariamente estar todos los días. Es saber que hay personas que conocen de dónde venís y que, de alguna manera, te recuerdan quién eras antes de que la vida te llenara de responsabilidades.
También me gusta pensar que la amistad tiene algo de resistencia. Resistir al paso del tiempo, a las distancias, a los cambios, a las obligaciones. Resistir incluso a esas etapas en las que uno siente que no tiene tiempo para nada.
Porque los amigos de toda la vida no son solamente personas con las que uno comparte recuerdos. Son también testigos de nuestra historia.
A nuestra edad uno empieza a entender que hay cosas que no se pueden comprar ni recuperar. El tiempo que pasó es una de ellas. Pero hay algo que sí podemos hacer: volver a encontrarnos.
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