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Los héroes de la independencia y un legado siempre vigente

El Indio Solari y su generación ayudaron a forjar la identidad que transformó a la Ciudad en una singular usina cultural

Los Redondos en escena durante los años de crecimiento del fenómeno ricotero

Por Francisco L. Lagomarsino

Mucho antes de que la ciudad fuera identificada como “la capital argentina del rock independiente”, mucho antes del boom de los sellos cooperativos y de la chance de crear y difundir desde la comodidad del hogar, en La Plata ya se estaba gestando una cultura particular. Una forma de producir arte que mezclaba comunidad, autonomía e inspiración colectiva. Una tradición que puede rastrearse hasta fines de los años sesenta y que encuentra en la Cofradía de la Flor Solar, la Casa de la Luna y Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota algunos de sus hitos fundacionales.

La historia comienza en 1967, cuando un grupo de estudiantes, músicos y artistas vinculados a la facultad de Bellas Artes de la UNLP decidió compartir algo más que ensayos y proyectos. La Cofradía de la Flor Solar fue banda de rock, comunidad de vida, taller de artesanías, refugio para bohemios, espacio de experimentación artística y experiencia de autogestión mucho antes de que esa palabra se pusiera de moda.

Por allí pasaron numerosas figuras culturales decisivas, entre ellas Ricardo Cohen, el “Mono”, quien se volvería célebre como Rocambole, y Carmen Castro, la futura “Negra Poli”. La movida se nutría de una idea que Cohen sigue reivindicando medio siglo después. “Queríamos volver a cierta simpleza de la vida, vivir en comunidades, a lo mejor cultivar la propia comida; una clase de utopía”.

La aventura terminó desbaratada por la represión de comienzos de los setenta, pero parte de esa herencia reapareció en Tolosa, en la Casa de la Luna, otro espacio comunitario donde confluyeron Skay Beilinson, su hermano Guillermo -uno de cuyos allegados era un joven Carlos Solari- y varios protagonistas de la contracultura local. Allí se mantuvo viva esa concepción del arte entendido como experiencia colectiva, autónoma y ajena a las reglas convencionales del mercado.

No fue casual que de ese caldo cultural emergiera pocos años después Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. En sus primeros shows, la banda formada por el Indio Solari, Eduardo Skay Beilinson y Poli mezclaba música, teatro, performance, poesía, artes visuales y happenings, con un desparpajo a veces caótico. La estética y la gráfica de Rocambole se convirtieron en piezas centrales del proyecto. Y la independencia se fue consolidando como una forma no solo de vivir, sino de trabajar.

Años después, en una entrevista realizada por Juan Pablo Neyret y recopilada por Eduardo Berti en el libro Rockología, el Indio resumió esa visión con una definición reveladora: “El pop es generalmente un plan de la industria, del negocio, mientras las bandas de rock molestan en las compañías; no son queridas porque no son un plan ordenado por ellas. El rock es un plan barrial, un plan de amigos que de pronto prospera”.

Cuando apareció “Gulp!”, en 1985, el grupo eligió un camino poco transitado para la época. El disco debut de Los Redondos fue grabado en los estudios de MIA, la cooperativa creada por la familia Vitale, y editado a través del diminuto sello Wormo. La distribución también fue independiente: músicos y colaboradores recorrieron personalmente las disquerías dejando ejemplares en consignación. Libertad total, control absoluto: al dominio sobre la grabación se sumaban la fabricación, la distribución, la promoción y la relación con el público.

Lo mismo ocurría con los recitales. Consultado sobre sus primeras presentaciones en discotecas, Solari respondía que “los lugares no importan tanto; el problema es cuando un grupo se entrega a los boliches de pies y manos. Nosotros nos ponemos firmes en algunas cosas, usamos nuestras luces, elegimos la música para antes del show, creamos nuestro clima”.

“El rock es un plan barrial, un plan de amigos que de pronto prospera”

Lo visual, entonces, tampoco fue ajeno a esa búsqueda de autonomía. Las tapas, afiches, entradas, escenografías y objetos promocionales concebidos por Rocambole en su taller con un fuerte componente artesanal -pintura, serigrafía-, ayudaron a construir una identidad gráfica inédita en el rock argentino. En una ciudad con alta densidad de excelentes diseñadores, cortesía de la facultad de Bellas Artes de la UNLP, la gráfica pasó a ser una extensión natural del proyecto musical. La consecuencia fue que en La Plata se desarrolló una pequeña economía cultural donde músicos, ilustradores, fotógrafos, diseñadores, serígrafos, imprentas y productores interactuaban, se recomendaban… En síntesis, trabajaban en una tácita red que engendró talleres emblemáticos como Grafikar, que se especializó en packaging discográfico y alcanzó proyección nacional, así como decenas de otros emprendimientos vinculados con la música.

Esa cultura de la independencia terminaría impregnando a toda una ciudad, que por lo demás ofrece un microclima óptimo para su desarrollo: tradición universitaria, un denso entramado de centros culturales, pensiones y casas compartidas, espacios alternativos y una escala urbana que favorecía el encuentro. Casi siempre es época de vacas flacas, y la lógica de “hacer con lo que hay”, es parte del ADN juvenil.

No es casual que de La Plata surgieran sellos como Laptra, CalaDiscos, Mandarinas Records, Caracol Rojo Discos, Cloe Discos, Concepto Cero, Dice Discos, incluso el primigenio Uno Dos Discos (impulsado en los ’90 desde el Consejo del Rock municipal) y Discos Universidad. Todos ellos, y muchos otros, funcionaron como plataformas para decenas de artistas que encontraron caminos alternativos a los de la industria tradicional.

Por todo esto, la influencia de los Redondos fue más allá de su éxito artístico al profesionalizar la autogestión, demostrando que era posible construir un fenómeno nacional sin abdicar del control creativo. Incluso después de la separación del grupo, Solari continuó sosteniendo buena parte de esa lógica en su etapa solista, aun cuando las dimensiones alcanzadas por sus recitales generaron tensiones, desafíos organizativos y episodios traumáticos.

Tal vez, la explicación de por qué La Plata llegó a ser considerada una meca del rock independiente no se encuentre únicamente en la cantidad y calidad de sus bandas, sino en una cultura construida durante décadas en torno a la idea de que la música podía hacerse “desde abajo”, entre amigos, en comunidad y con reglas propias. Exactamente aquello que un artista insoslayable como el Indio Solari definió como un “plan barrial”, y que en su caso, supo transformar en el plan barrial más grande del mundo.

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