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"Los nadadores": flotando mientras el mundo arde

Se proyecta este sábado en el FICPBA "Los nadadores", ópera prima de Sol Iglesias SK: cuatro jóvenes atrapados en una Buenos Aires a 50 grados, sin noche y sin escape, que invaden las casas abandonadas con pileta. Un apocalipsis climático filmado con más ideas que recursos, y un retrato incómodo de una generación que mira el derrumbe desde el agua

Es más fácil imaginar el final del mundo que el final del capitalismo, dice una frase adjudicada a varios autores: quizás por esa capacidad de imaginar el colapso total del mundo antes que cambios y reformas es que las pantallas se han colmado de escenarios apocalípticos, y las noticias de futuros distópicos: el advenimiento de las inteligencias artificiales, el cambio climático, el auge de los nuevos fascismos… De imaginar y habitar estos apocalipsis cotidianos, estamos agotados… y quizás por eso, una frase se repite entre quejas: nadie hace nada. Tampoco nosotros.

Resignados completamente al fin del mundo que habitan: así deambulan los personajes de “Los nadadores”, la ópera prima de Sol Iglesias SK, que se proyecta este sábado en el FICPBA (a las 16.15 en el Pasaje Dardo Rocha, con entrada gratuita). Son cuatro jóvenes, atrapados en una Buenos Aires abandonada: el cambio climático ha generado un verano perpetuo, la temperatura ya escala a los 50 grados, no existe la noche. Tampoco el escape: los que pudieron se fueron, en avión, hacia destinos más frescos; ellos son los que quedaron atrás, con el futuro cancelado. Así, sin horizonte, deambulan por una atmósfera agobiante (el clima creado por la cineasta recuerda a “La ciénaga”) tomando Coca tibia, hasta que, como en aquel cuento de Cheever, deciden invadir las casas abandonadas con pileta. 

Es un acercamiento al cine distópico, un género poco visitado por nuestro cine independiente, lateral, hecho, con más ideas que recursos, o mejor: con ideas que permiten filmar un fin del mundo a pesar de la falta de dinero. Una distopía hecha desde el sur del mundo, desde la orilla, en la línea de "Invasión". “Ya desde el guion pensamos en esas limitaciones, pero con una consigna: no encerrarnos en el realismo por el hecho de no tener presupuesto. Que a veces pasa, uno cae en eso: al hacer una película chica, uno piensa que tiene que ser algo costumbrista. Pero se pueden hacer otras cosas”, dice al respecto Sol Iglesias SK, en diálogo con EL DIA.

“Los nadadores” es de alguna manera, en ese sentido, una respuesta a la supuesta imposibilidad: frente a la parálisis, hacer como sea, cine de guerrilla, hecho con un puñado de personas para todos los roles, delante y detrás de cámara (Iglesias SK es protagonista de la película junto a la productora, Valentina D’Emilio, Joaquín Fretes y Tobías Reizes, todos, junto a Carmen del Castillo, parte del colectivo Los Nadadores Cine). 

“Es una película que nació del oficio de hacer, de encontrar gente que tenía mucha energía, muchas ganas de hacer”, dice al respecto Iglesias SK. “El grupo empezó a filmar cortometrajes juntos, cortos muy guerrilleros, para la facultad: filmábamos en una noche, con los que entrábamos en un auto, nosotros mismos éramos técnicos de cine y actuábamos. Y editábamos el material, y encontrábamos que nos gustaba lo que quedaba. Ahí, nos empezamos a dar cuenta de que hay una bajada en el mundo del cine que dice que hay que para filmar tener recursos, todos los chiches, y en realidad eso es secundario: lo que importa son las ideas y la forma de la imagen”.

El grupo rodó tres cortos, donde fueron apareciendo los personajes que serían luego protagonistas de “Los nadadores”, Maqueta, el Rubio, Victoria, Ella, “y un día les dije: no puede ser tan difícil hacer una película”, se ríe la cineasta. “Fue un poco querer cruzar estos personajes que existían en los cortos, y un poco subestimar la idea de hacer una película”.

Entre los escenarios imaginados para cruzar a estas criaturas apareció, quizás porque vivimos imaginando fines del mundo, un apocalipsis climático que “vuelve más intenso el contexto que rodea a estos personajes: pensamos que en lugar de tener un verano muy caluroso como escenario, mejor que fuera un verano apocalíptico”.

- Decís que subestimaron el hacer un largometraje. ¿Qué desafíos encontraron al pasar de corto a largo?

- Lo que nos salvó siempre fue subestimarlo. Cuando planteé hacer una película, me dijeron todos que sí, aunque cuando les dije que la iban a actuar todos me decían “no, no, nosotros no podemos, no somos actores”. Pero los personajes eran para ellos, habían estado escritos para ellos. Así que se trató de seguir el entusiasmo en lugar de seguir el miedo, ese miedo de “uh, estamos haciendo un largometraje”. Y la verdad es que estábamos entusiasmados, porque era nuestra primera película, porque todos estábamos aprendiendo, muy dispuestos, muy contentos, poniéndole garra. Creo que lo que más importante que descubrí haciendo la película es la posproducción: la post de una película, hasta que termina de existir, hasta que la distribuís y la estrenás, es un recorrido mucho más grande del que te imaginás cuando decís “hagamos una peli”. La película la filmamos hace 4 años… Pero cuando hacés ese camino acompañada por gente que cuando te cansás está ahí, sigue adelante, y viceversa, eso hace que sea algo hermoso.

- Hablabas de cine de guerrilla, cine hecho con lo que hay. Es una película que hace referencia al cambio climático, y fue hecha de forma bastante contracultural, en colectivo, lejos de la industria. ¿Pensás la idea de “cine de guerrilla” más allá de hacer cine con los elementos que había, guerrilla como una forma de resistencia y crítica?

- Si. La verdad, esa es la única forma que tenemos de crear. Venimos de una cultura más ligada a la industria, y es lo que nos enseñan en las universidades de cine: tenés que tener un presupuesto inmenso, antes tenés que filmar 10 cortos carísimos, y conseguir financiación de la industria… Millones de cosas que nosotros, como jóvenes que no tenemos años de trayectoria, no podemos conseguir, menos en este momento de la industria en crisis. Ya no podemos creer en eso. Ya no podemos sentarnos a esperar a que llegue toda la plata que necesitamos para hacer las cosas. Y hacer es urgente: somos artistas, el futuro es nuestro, porque somos jóvenes, y como artistas nos tenemos que concentrar en hablarle a la gente, es nuestro rol en las sociedades, hablarle a la gente, analizar nuestro contexto, pensar, sentir y llevarle algo a la gente para que sienta y reflexione. Si nos sentamos a esperar a que nos valide la industria, primero vamos a estar toda la vida adaptándonos a ella, no vamos a poder narrar exactamente lo que sintamos; y segundo, no nos van a hacer nunca lugar, porque somos jóvenes, estamos aprendiendo… Teníamos que arriesgarnos, y para arriesgarnos lo único que nos quedaba es ir con lo que tenemos. Tuvimos suerte, la Universidad del Cine nos prestó los equipos, pero después éramos un equipo chico, actuábamos y éramos los técnicos, filmamos en casas prestadas. Ya desde el guion pensamos en esas limitaciones, pero con una consigna: no encerrarnos en el realismo por el hecho de no tener presupuesto. Que a veces pasa, uno cae en eso: al hacer una película chica, uno piensa que tiene que ser algo costumbrista. Pero se pueden hacer otras cosas.

- Todo ese empuje que tienen, es diametralmente opuesto al de los personajes que encarnan en la película, que frente al fin del mundo, por resignación, por cansancio o por apatía, frente a ese verano eterno y a la vez final no hacen nada. ¿Esa indolencia es un comentario sobre su generación?

- Nosotros somos la generación que no es revolucionaria, que no podemos generar unidad revolucionaria. Y la juventud siempre fue revolucionaria: hay algo ahí que te habla de un aislamiento, de una individualización… Uno ya no se identifica con lo colectivo, algo sumamente problemático, y también hay una actitud profundamente indiferente, todo esto de no sentirse atravesados por la política, no movilizarse… La falta de lealtad en la amistad… Todo es muy volátil hoy en día, nadie planta bandera sobre nada, estamos muy amalgamados al sistema. Me gustaría que uno cuando vea a esos personajes apáticos, que no hacen nada por salvarse, como espectador, se enoje. Y se pregunte: ¿por qué no hacen nada? Y bueno, ¿yo qué hago? ¿Si vos estuvieses ante el fin del mundo, harías algo muy distinto? Pero no estamos señalando con el dedo: nosotros somos esa generación, nos incluimos ahí adentro, por eso también nosotros la actuamos. Pero el propio hecho de hacer la película es el acto de fuerza que va contra la ligereza de estos personajes.

- El espectador se enoja con los personajes, pero también, creo, algo los entiende, porque estamos habitando una especie de apocalipsis cotidiano y estamos todos agotados, no solo los jóvenes. Y hay como una resignación general: no parece haber un horizonte a futuro.

- Bueno, nosotros narramos eso porque lo sentimos así. Uno ve que todo se cae a pedazos, que ningún sistema funciona, y es desesperante. Y creo que en la película, el agua y las piletas son esta actitud disociante que tenemos mucho: esto no me gusta, bueno, me disocio. Esto no me gusta y disocio, miro el celu. Y en definitiva, que el mundo se esté terminando no es que el mundo se termina y nos morimos todos, es que llega el apocalipsis y seguimos existiendo: no se va a terminar el mundo. Uno puede estar ahí flotando, disociado, pero eventualmente te vas a quedar sin agua… Y va a ser muy tarde para actuar. “Los nadadores” está escrita y filmada desde esta falta de posibilidad de pensar en qué hacer, pero también pensando en que no hacer es mucho peor.

- El agua tiene algo bastante hipnótico en la película, suspende la realidad, el calor, el agobio, como decías. Pero obviamente no todos tienen pileta, así como no todos pueden escaparse en avión del calor. Están los que pueden escapar y los que no…

- Sí, estos personajes son de clase media, pero viven en departamentos, no tienen pileta. El mundo se da vuelta patas para arriba cuando pasan a acceder al agua, mientras hay otros personajes que sí pueden acceder a piletas, y pueden irse… pero también son nihilistas. Todos están encerrados en ese apocalipsis, y ninguno sueña con algo real en la vida. Con más o menos recursos, lo que los reúne a todos es la fiesta, el elemento disociativo más grande que tiene la juventud: estamos angustiados, estamos en una, pero el viernes nos vamos todos de fiesta. 

- Hablando de elementos disociativos, tus personajes comienzan la película yendo a ver los aviones que escapan del apocalipsis. ¿Lo pensaron como un guiño a los 90?

- Completamente. Y dialoga mucho con un discurso arraigado en Argentina: que hay que irse afuera, el país no tiene solución, lo único que queda es irse… Pero se van los que pueden, ¿qué pasa con los que quedan? Creo que ese pensamiento de que la única salvación está afuera es una condena.

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