Hay películas que se recuerdan por un monstruo y otras por una puerta cerrada con llave. “Los otros” pertenece al segundo grupo. A 25 años de su estreno, el film escrito y dirigido por Alejandro Amenábar vuelve a la pantalla grande desde este jueves en una versión remasterizada en 4K, con Nicole Kidman otra vez encerrada en aquella mansión de la isla de Jersey donde la luz es una amenaza.
Estrenada en 2001, la película transcurre en 1945, al terminar la Segunda Guerra Mundial. Grace (Kidman) espera el regreso de su marido mientras cuida a sus dos hijos, que padecen una enfermedad que les impide exponerse al sol: de ahí las cortinas siempre corridas y las puertas trabadas. La llegada de tres sirvientes, encabezados por la inquietante señora Mills de Fionnula Flanagan, coincide con una serie de fenómenos que nadie puede explicar. Completan el elenco Christopher Eccleston, Alakina Mann y James Bentley.
¿Por qué vuelve ahora? La excusa evidente es el aniversario redondo, pero hay algo más. La película cuenta con una restauración hecha a partir del negativo original de cámara y aprobada por el propio Amenábar, y llega a un circuito de salas que encontró en los reestrenos de clásicos, sobre todo de género, un negocio sostenido. También, es octubre: la temporada de Halloween como vidriera ideal para fantasmas. Y, más: la tendencia de reestrenar clásicos se está convirtiendo una estrategia cada vez más extendida en las salas de cine.
EL GRAN SALTO
Para Amenábar, “Los otros” fue el gran salto. Nacido en Santiago de Chile en 1972 y criado en España, ya había sacudido al cine español con “Tesis” (1996) y “Abre los ojos” (1997). Esta última llamó la atención de Tom Cruise, que compró sus derechos para hacer “Vanilla Sky” y terminó involucrado como productor del proyecto siguiente, protagonizado por la que entonces era su esposa. El resultado fue el primer largometraje del director en inglés, con una estrella de Hollywood al frente y un presupuesto de apenas 17 millones de dólares que se multiplicó hasta superar los 210 millones de recaudación mundial. Fue la película de terror más taquillera de 2001.
El reconocimiento también fue doble. Ganó ocho premios Goya, entre ellos mejor película, dirección y guion original, y se convirtió en la primera producción hablada en inglés en llevarse el premio mayor de la Academia española. Kidman, en el año de “Moulin Rouge!”, fue nominada al Globo de Oro y al BAFTA. Amenábar, que además compuso la música, quedó habilitado para todo lo que vino después, del Oscar por “Mar adentro” a la superproducción “Ágora”.
Pero la marca más profunda de “Los otros” está en el género. A fines de los 90, el terror de Hollywood vivía del éxito de “Scream”: asesinos enmascarados, adolescentes conscientes de los clichés, sangre y cinismo. “Sexto sentido” (1999) ya había demostrado que una historia de fantasmas podía ser un drama sobre el duelo, pero Amenábar fue más allá en la dirección contraria al susto fácil: su película casi no muestra nada. “Lo que no vemos suele ser mucho más aterrador que lo que se muestra”, resumió el director sobre su concepción del miedo.
Esa decisión lo conectaba con una tradición más vieja que el slasher: la de “Suspenso” (”The Innocents”, 1961), de Jack Clayton, y, por extensión, la de “Otra vuelta de tuerca”, de Henry James. La deuda es directa: en la novela de James, una institutriz queda a cargo de dos chicos, Miles y Flora, en una mansión aislada de la campiña inglesa, y empieza a ver figuras que nadie más parece ver. Amenábar toma casi todas las piezas: la mujer sola y rígida con la responsabilidad de dos niños, la casa enorme y apartada, los sirvientes que saben más de lo que dicen, la moral religiosa como corset.
Pero sobre todo hereda la ambigüedad que hizo célebre a la novela: la duda sobre si lo que ocurre es sobrenatural o nace de la mente de quien lo mira. James nunca resolvió el enigma. Amenábar, en cambio, lo hace estallar en el desenlace y le da a esa vieja pregunta una respuesta que obliga a mirar la historia desde el otro lado. Y la acompañó con la fotografía de Javier Aguirresarobe, iluminada como si solo existieran velas y lámparas de aceite, que convirtió cada pasillo en una amenaza y cada silencio en un sobresalto. La casa dejaba de ser escenario para volverse un estado mental.
Ese clima por encima del efecto, el miedo que nace de la culpa y la pérdida antes que de un monstruo, abrió una puerta. Junto con “El espinazo del diablo”, de Guillermo del Toro, estrenada ese mismo año, inauguró un terror gótico de raíz hispana con proyección internacional que siguió con “El orfanato” (2007), de J. A. Bayona. Y su eco se escucha en Hollywood en la línea que va de “La cumbre escarlata” a “La maldición de Hill House”, de Mike Flanagan, y en buena parte de lo que hoy se llama “terror elevado”, donde el fantasma suele ser un trauma con forma de aparición.
Queda, por supuesto, el giro final, uno de los más célebres del cine reciente, que reordena todo lo visto y obliga a una segunda vuelta. Hollywood intentó apropiárselo: en 2020, Universal y Sentient Entertainment compraron los derechos para una remake que todavía no se concretó. Mientras tanto, la mejor manera de verla sigue siendo la original. En una sala oscura, como pide Grace: con las cortinas bien cerradas.
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