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“Los vencedores”: Malvinas, contada por quienes viven del otro lado

El director Pablo Aparo habla de su vínculo con un isleño abiertamente “antiargentino” y la decisión de escuchar al otro bando
Las malvinas en la lente de Aparo
Pablo Aparo, director de “Los Vencedores”

Por Redacción

“Siempre nos hablaban mucho de los kelpers, pero no sabemos nada de ellos”. De esa inquietud, la de un desconocimiento casi absoluto sobre quiénes habitan las islas, nació “Los vencedores”, el tercer documental de Pablo Aparo. Tras ganar los premios a Mejor Dirección y el Gran Premio Ciudad de Buenos Aires en la Competencia Internacional del Bafici, la película se estrenó en La Plata este jueves (se verá hasta el miércoles en el Cine Eco Select del Centro Cultural Islas Malvinas). Es el resultado de ocho años de trabajo y de tres viajes a Malvinas, y se propone algo infrecuente en el cine argentino, que ya trae polémica: escuchar a los isleños.

Lo que empezó como un retrato coral de la vida en las islas terminó girando alrededor de una figura inesperada. Matthew, “Matt”, habitante del “camp” (como llaman los isleños a la zona rural) y conocido por sus posteos contra los argentinos en Facebook, fue el único que aceptó abrirle a Aparo las puertas de su casa. “Volvimos, editamos un poco con la montajista y nos dimos cuenta de que el centro de la película, el corazón, estaba en el vínculo con Matt”, recuerda el director. “Eso es lo que hace que la película funcione y saque el lado sensible de la cuestión”.

Aparo no esquiva la incomodidad que implica darles voz a quienes durante décadas fueron, para buena parte de la sociedad argentina, apenas “el enemigo”. “Cuando entiendo que varias familias tienen ocho generaciones de vida en ese lugar, y yo tengo apenas dos generaciones viviendo acá, porque mis abuelos eran italianos, pienso que si el amor que yo siento por este país es increíble en todo sentido, no me quiero imaginar lo que sienten ellos por el lugar donde viven”, reflexiona. “Hay algo ahí que se me pone en contradicción”.

La película, de todos modos, es clara: abre con una declaración de apoyo al reclamo de soberanía argentina. Pero sigue es una exploración que deja más dudas que consignas. “Es un poco el retrato de lo que me pasó a mí conviviendo con ellos y entendiendo lo que sienten”, explica Aparo. “Volví con más preguntas que respuestas, con menos certezas sobre muchas cosas, pero también con la tranquilidad de poder decir ‘no sé’. En estos tiempos tan polarizados, le encuentro un valor a eso”.

El estreno llega, además, en un momento en que Malvinas volvió a la conversación pública. El director sabe que la apuesta tiene sus riesgos: “Va a haber gente a la que no le va a gustar, obviamente, y gente a la que, por el solo hecho de darles voz a ellos, le va a parecer una película polémica. Pero con que genere algún tipo de debate en ese sentido, ya me siento orgulloso”.

- La película nació cuando presentaste “El espanto” en Sheffield. ¿Cómo fue ese surgimiento?

- Yo siempre tuve una inquietud por saber o entender quién es la gente que vive en las islas, más que nada por desconocimiento puro. Eso estuvo siempre como una especie de germen general de la película. Además, yo había hecho dos películas en dos pueblos de la provincia de Buenos Aires, sociedades muy chiquitas, comunidades chicas, y me gusta mucho trabajar en ese tipo de lugares, con ese tipo de gente. Cuando presenté “El espanto” en Sheffield, un festival de documentales que se hace en el norte de Inglaterra, a la salida de una proyección se me acercó un productor de Channel 4, un canal bastante conocido allá. Me dijo que le había gustado mucho la película y que se había sentido muy representado, porque él también era de un pueblo del norte de Inglaterra, y que le gustaría ver una película de ese estilo sobre un pueblo de allá. Y me comentaba que muchas de esas cuestiones culturales y sociales eran bastante parecidas a las de las islas. Ahí asocié, me vino la epifanía de que mi próximo proyecto tenía que ser en las islas, para conocer quiénes viven ahí y cómo funciona todo. Eso fue en 2018. Lo desarrollamos y terminaron siendo ocho años de trabajo, así que estoy contento de que llegue al estreno.

- A la distancia, uno tiene muchas preguntas sobre qué pasa en Malvinas, qué hay en Malvinas. Vos evidentemente fuiste con esas mismas preguntas. ¿Cuántas dudas pudiste responder? ¿Qué encontraste?

- Para empezar, una de las inquietudes era ver cómo son físicamente las islas, porque siempre nos las muestran como un lugar gris, inhóspito, inaccesible, con muy pocas personas, casi vacío, con unas ovejas, esos pingüinos y no mucho más. Y la verdad es que me sorprendió muchísimo: es uno de los lugares más lindos que visité en mi vida. Sí, es frío, ventoso, a veces hay mucha nieve. Pero cuando sale el sol hay paisajes increíbles, playas de arena blanca con un mar turquesa, delfines y orcas a metros de la costa. Es un espacio increíble, y yo habré conocido un octavo de la totalidad de las islas. Así que esa pregunta, la de cómo es el lugar, se me respondió con mucha sorpresa. Después, entender cómo funciona. Es un lugar ciento por ciento británico, al menos en lo que se ve, en sus costumbres, en todo. Y es muy británico porque es algo que tienen que sostener: tienen que dar esa impresión todo el tiempo. Gente que fue a trabajar allá desde Escocia, desde Inglaterra, me contaba que ve a las islas como un pueblo del interior del Reino Unido, muy nacionalista, muy tradicional, que tiene que sostener la britanidad, por así decirlo, muy a flor de piel. Y después entender de qué viven, cómo son socialmente. Es un lugar muy cosmopolita: hay setenta nacionalidades distintas que conforman un pueblito de 3.500 personas, lo cual lo hace muy particular. Los isleños en realidad son pocos, y van a ser cada vez menos, porque necesitan que vaya mucha más gente a trabajar. Hay un grupo muy grande de Santa Elena, una isla perdida en medio del Atlántico que también es territorio británico; hay muchos filipinos, chilenos, y también zimbabuenses que fueron a desminar las playas y los sectores que todavía tenían minas argentinas. Es un popurrí de gente increíble. Y otra pregunta muy grande era cómo me iban a recibir, cómo tratan a los argentinos. El grupo más joven, que no estuvo en la guerra, que no la presenció, es mucho más abierto: es gente que viaja a estudiar afuera, que está más en contacto con otras cosas, y quizás los argentinos no les repercuten de la manera en que sí les repercuten a los más grandes, que vivieron la guerra y son un poco más reticentes a charlar. Pero siento que eso está cambiando. En el fondo, no les afecta mucho lo que pasa en la Argentina, no le prestan tanta atención, a menos que sea algo muy espectacular. Están más tranquilos con eso, y eso también me sorprendió: que pudiera armar lazos y que la gente me abriera la puerta para charlar.

- Hablando de cómo te recibieron, vamos a hablar de Matt. La película arranca más coral, con varios testimonios, pero en algún momento se convierte en la película de Matt, que era el más antiargentino de todos los que retrata y, al mismo tiempo, el único que acepta que entres a su casa. ¿Cómo se fue dando esa relación a lo largo de los viajes y los rodajes?

- Desde el principio, parte del interés y de la premisa era conocer el campo, el “camp”, como le dicen ellos. Era un desafío más grande, porque una cosa es vivir en el pueblo, con ciertas comodidades, y otra es estar en el medio de la nada, en un asentamiento perdido, con todas las complicaciones que eso tiene. Además sentía que era la forma en que ellos de alguna manera poblaron el lugar: fueron a criar ovejas y vender lana, eso fue lo inicial. Entonces quería entender cómo se mantenía eso en el tiempo. En el primer viaje, en 2020, fueron diez días, y me mandé a un lugar de la otra isla, la Gran Malvina, que se llama Fox Bay, o Bahía Zorro. Ahí conocí a una familia, estuvo todo bien, pero cuando volví en 2023 para filmarlos no quisieron. Entonces tuve que volver a buscar gente del “camp” que quisiera participar o que al menos me dejara ir a visitar y ver qué onda. Y ya por ser argentino, o lo que fuera, les costaba mucho abrirme las puertas, y sobre todo dejarse filmar; si iba a visitar y no podía filmar, no me servía. Y para mi sorpresa, un día me respondió Matt: “Bueno, dale, mirá que no hay mucho para hacer acá porque es invierno, pero si querés venir, no hay problema”. Y yo, confiado: “Espectacular”. Ahí la gente me dijo: “Ojo, mirá el Facebook de Matt, fijate lo que dice”. Empecé a investigar un poco y sí, era muy antiargentino, por los posteos y todo eso. Pero fue un desafío más grande y dije: “Bueno, voy a ir”. Eso fue al final del segundo viaje, y ahí lo conocí. Obviamente me cambió toda la perspectiva sobre cómo contar la película. Volví una vez más en 2024, ya con una idea más acabada de lo que quería que fuera la película, a buscar ciertas escenas, ciertas cosas con él. Y así se terminó de construir.

- ¿Y por qué pensás que, siendo tan antiargentino, te dio lugar a vos?

- Es algo que me pregunto yo también, eh. Me sigue sorprendiendo todo el tiempo. No lo sé. Por un momento pensé que quizás era porque él estaba solo, pero cuando fui estaba con su novia chilena. Me parece que probablemente algo de ese vínculo le haya abierto un poco la cabeza, sobre todo respecto de los latinos. Puede ser algo así. Pero nunca le pregunté. Él primero me dijo: “Bueno, veámonos en el bar del pueblo para conocernos”. Calculo que para medirme un poco. Y siempre se acuerda de que yo estaba ahí tranquilo, esperándolo con unos amigos, y que cuando llegó le pareció bien que fuera sincero de entrada. Le dije: “Quiero hacer esto, esto y esto. Soy argentino, obviamente, pero puedo pensar distinto en algunas cosas”. Él me dijo que eso lo dejó tranquilo. Pero sí, sigue siendo una especie de misterio para mí. Lo que sí puedo decir es que, después de convivir conmigo, empezó a recibir a algunos argentinos que van al cementerio y donde fue el desembarco de los británicos. Está recibiendo a más gente de la que quizás recibía antes.

- La película abre con una declaración de apoyo al reclamo de soberanía argentina, pero les da voz a los isleños, y de alguna manera eso alimenta el argumento de la autodeterminación. ¿Cómo ves esa tensión, no sé si llamarla contradicción?

- También está el hecho de pensar desde dónde decimos que alguien coloniza o no coloniza. Yo también siento que vivo en tierras colonizadas de alguna manera: esto alguien se lo sacó a alguien, y ese alguien se lo sacó a otro, y a mí me lo vendieron, o lo alquilo, o lo que sea. Todo el lugar donde vivimos fue tierra robada en algún momento. Lo que tengo claro, y creo que se nota mucho en la película, es que para mí el problema no son ellos: el problema es que haya una base militar británica ahí. Eso establece otro tipo de cuestión. Puedo hablar de autodeterminación de los pueblos, pero no con una base militar y un interés militar y geopolítico tan grande de Gran Bretaña. Al mismo tiempo, ellos dicen que tienen que tenerla, porque si no se sienten muy amenazados por la Argentina otra vez. Hay una retroalimentación de cuestiones infinitas que, vistas así, no tienen solución. Pero en toda esa maraña, lo que empecé a pensar es que si Malvinas o el reclamo por Malvinas quedan como un eslogan vacío sobre soberanía, es un desperdicio. Porque si alguien tiene un tatuaje de las islas en el hombro y después va y vota a un gobierno de derecha que viene a vender cualquier cosa, a no pensar en soberanía sino en “arreglar el país”, ahí hay una contradicción. Si Malvinas pudiera ser un reflejo de cómo nos comportamos con lo que sí tenemos bajo control hoy, de cuidarlo y ser realmente soberanos en recursos, en ciencia, en economía, en educación, en todo, estaría buenísimo. Si no, queda como algo perdido, medio romántico, y siento que se desperdicia una posibilidad de hablar de soberanía real.

“Volví con más preguntas que respuestas, con menos certezas sobre muchas cosas, pero también con la tranquilidad de poder decir ‘no sé’. En estos tiempos tan polarizados, le encuentro un valor a eso”

Pablo Aparo, director de “Los Vencedores”

- Hablando de eslóganes y de soberanía: el estreno llega poco después de que los jugadores mostraran la bandera en la semifinal del Mundial, tras ganarle a Inglaterra, y de una especie de reverdecer del debate. ¿Cómo vivís este estreno, que parece casi coordinado?

- Obviamente fue una casualidad muy grande. Para mí el partido fue un placer increíble, y todo lo que sucedió también, así que me subí a eso. En el momento no fui consciente de que podía repercutir en la película. Pero, en línea con lo que veníamos hablando, lo que más me sorprendió, y creo que va de la mano de lo que quiero contar con la película, no es lo que pasó con la bandera en sí, sino lo que eso provocó con la Ley de Tierras. Me parece fundamental. Si el espíritu de Malvinas tracciona otras cuestiones para cuidar y defender el territorio y la soberanía, está buenísimo. Ojalá que la película, desde su lugar, pueda aportar eso también: desde lo que cuenta hasta lo que yo pueda decir cada vez que me ponen un micrófono adelante. Subidos a ese empujón, ojalá la pueda ver mucha gente y le llegue de una manera u otra. Siento que la película habla por sí sola.

- ¿La vio alguien en las islas? ¿La vio Matt?

- Sí, Matt la vio. El año pasado le mostré un corte, que era un poco más largo y un poco distinto. Yo estaba con muchos nervios por ver qué le pasaba, si le gustaba. Me llamó muy emocionado por lo que había visto, nos emocionamos los dos, estuvo genial. Después, antes del estreno en el Bafici, le mandé el corte final. Ahí yo estaba al revés, más tranquilo, pensando que le iba a gustar. Y me llamó diciendo que era una mierda, que no le gustaba, que la veía muy argentina. “Cambiaste todo, eso debe ser porque te lo pidió el gobierno”, me decía. Y yo: “No, te juro que no, nada que ver. Yo soy responsable de cualquier cambio”. Después se le pasó un poco, nos quedamos hablando de otra cosa, y ahora, cada vez que hablamos, me dice: “No, tu película está buena”. Nuestra idea es ir a pasarla allá lo antes posible, estrenarla en el cine que tienen, que está buenísimo. Va a depender de cuestiones logísticas y de costos, porque la verdad es que ir allá es muy difícil y caro. A ver si conseguimos algún tipo de apoyo o de coordinación, y si no, nos mandaremos igual y haremos lo que podamos. Queremos que la vea la mayor cantidad de gente, porque allá la vieron muy pocas personas. Acá creo que puedo entender para dónde va a ir la cosa en cuanto a la recepción y las críticas, pero no me imagino qué va a pasar allá, y eso me da todavía más nervios y ansiedad. Así que cuanto antes lo pueda hacer, mejor.

- Mencionabas la dificultad de conseguir apoyo para ir a las islas. ¿Cómo fue la ingeniería para hacer varios viajes?

- Fue complicado. En 2019, si no me equivoco, presenté el proyecto a Mecenazgo de la Ciudad de Buenos Aires y nos dieron unos poquitos fondos como para hacer el primer viaje y filmar algo. Después vino la hermosa pandemia y estuvimos parados mucho tiempo, porque era muy difícil entrar a las islas: están muy aisladas y no querían arriesgarse a que entrara gente. En ese tiempo aprovechamos para presentarnos en algunos laboratorios, al menos para que el proyecto se moviera un poco, y presentamos al INCAA, que tarda un tiempo en salir. Cuando salió, pude hacer el segundo viaje. Y cuando decidimos que teníamos que volver una vez más, ya fue todo aporte privado y deudas. Al final conseguimos otro Mecenazgo para terminar la posproducción, que nos vino espectacular, porque así se pudo terminar de la manera en que se ve y se escucha, que es como se lo merecía la película. Ahora estamos tratando de ver qué pasa con el estreno en cines, para recuperar al menos la deuda que tenemos entre nosotros. En un contexto que, sabrás, está bastante duro para todo, y para el cine en particular. Siempre hubo una saña muy grande de este gobierno con el cine, desde la campaña, y eso se siente también en la gente: hay un sentimiento de que somos vagos, de que vivimos de subsidios, algo que hay que desmentir de mil formas. Pero creo que lo mejor es seguir trabajando y filmando de la manera que se pueda.

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