La necesidad expresiva es, para Mauricio Kartun, el motor que mantiene vivo al arte incluso en los momentos más adversos. Esa convicción atraviesa “La vis cómica”, una de las obras más celebradas de su trayectoria reciente, que después de años de funciones, reconocimientos y encuentros con públicos diversos continúa recorriendo escenarios y sumando espectadores. Lejos de agotarse, la pieza parece confirmar una de las ideas centrales de su autor: cuando existe una necesidad genuina de contar historias, siempre aparece una forma de hacerlo.
Con humor, poesía y ecos cervantinos, la obra que se presentará esta noche en el Coliseo sigue a una compañía de cómicos ambulantes que desembarca en una Buenos Aires virreinal, embarrada y contrabandista, en busca de un lugar donde representar su repertorio. Narrada por Berganza, un perro dramaturgo, la historia observa el vínculo muchas veces incómodo entre el arte y el poder, pero también la obstinación de quienes siguen creando aun cuando las condiciones parecen jugarles en contra.
En diálogo con EL DIA, el dramaturgo y director reflexionó sobre la vigencia del teatro en tiempos dominados por las pantallas, el deseo como impulso creativo y las razones que mantienen viva a una obra que sigue encontrando nuevos públicos.
-Contaste varias veces que la imagen inicial de “La vis cómica” fue la de unos cómicos que seguían actuando incluso cuando ya no tenían público. En una época donde todo parece medirse por visualizaciones, seguidores o rendimiento, ¿sentís que todavía existe ese impulso de hacer arte aunque nadie esté mirando?
-Lo llamamos necesidad expresiva, y es el motor principal del artista. Sin ella no hay impulso profesional que alcance. Pero ojo, sin interlocutor desaparece la energía esa que lo complementa, y se diluye. En nuestra necesidad los artistas estamos acostumbrados a buscar las vías. Y si se agota una fluimos por alguna otra. La necesidad es la madre de los inventos. Durante la pandemia sentía la necesidad de escribir, pero para qué, me preguntaba, si los teatros estarían cerrados por largo tiempo. Descubrí que las redes sociales habían creado a un nuevo lector, de paciencia resignada gracias al encierro, y durante un año usé ese medio para publicar semanalmente mis relatos. De allí surgió mi novela Salo solo, y mi libro de cuentos Dolores 10 minutos, a los que luego publicaría Alfaguara. Como el agua que corre, los artistas vivimos buscando los declives posibles. Y cuando los encontramos los transformamos en calorías.
-En “La vis cómica”, el encuentro entre actores y espectadores parece una necesidad vital. ¿Creés que el teatro adquirió un valor diferente en una época donde gran parte de nuestras experiencias pasan por una pantalla?
-Sin duda que sí. De espacio resistente. Y de valor alternativo. La oferta de una actividad detox de lo virtual, por ejemplo. La provocación de lo lento a lo vertiginoso. De lo estable a lo fugaz. Y desafiante a esa resignación a la dependencia que intentan imponer las corporaciones. El teatro se sigue haciendo a mano, a pie, y sin otro requerimiento que el de un conjunto de talentos que ofrecen la sorpresa de sus saberes de tiempo. Son un desafío a la corporación desde la pura corporalidad. Cuanto más exijan las pantallas, más importante será su valor como opción.
-Muchos años después de aquella primera imagen que dio origen a la obra, ¿sentís que “La vis cómica” terminó siendo la obra que imaginabas o encontró su propio camino?
-A diferencia de otras artes como la literatura, la plástica o el cine, el teatro no vende un resultado sino que espectaculariza un proceso. Pagamos para ver algo que se hace cada vez frente a nosotros. Le corresponden las generales de la ley de lo vivo. Eso hace más difícil imaginar el destino de una puesta. Y creo que esa condición es lo que vuelve tan apasionante a nuestra profesión. Porque a diferencia de aquellas otras artes, somos los propios artistas los que acompañamos a las obras en cada recodo del río. A algunos de sus giros los hemos conseguido nosotros. Pero a la mayoría los impulsa el público. De lo que se trata es de que te agarren despierto y con el remo en la mano para no perder el equilibrio. Y sobre todo para saber cuándo desembarcar. Acá ha habido cuatro remeros fuera de lo común. Un elenco notable que se sube al escenario cada vez a ganar la regata.
-En varias oportunidades hablaste del fracaso, la precariedad y la obstinación como motores dramáticos. ¿Qué encontrás de tan profundamente humano en esos personajes que siguen adelante aun cuando todo parece jugarles en contra?
-El deseo. Algo que a veces en profesiones más mecánicas, más rutinarias, está eclipsado por la necesidad.
-Los cómicos de “La vis cómica” viven de contar historias, pero también de ser escuchados. ¿Sentís que hoy es más difícil conseguir espectadores o conseguir atención?
-Tal vez. El público se ha vuelto más exigente de aquellas cosas capaces de provocarle la sorpresa. En la actuación ya no alcanza, por ejemplo, con el actor “naturalito”. Pero curiosamente las artes del cuerpo en ese valor alternativo del que hablaba antes, encuentran como incrementar sus inteligencias, la mimética, o la cinestésica, y se las arreglan para ofrecer cada vez nuevas habilidades. Hay teatro para rato.
“El público se ha vuelto más exigente de aquellas cosas capaces de provocarle la sorpresa”
Mauricio Kartun, dramaturgo
-Quería preguntarte por Julián, tu hijo, y por Caro Pardíaco. ¿Cómo observás ese recorrido? ¿Te sorprende lo que logró su personaje? ¿Ayudaste de algún modo en su construcción o pulido?
-A su madre y a mí nos divierte mucho no solo el personaje, sino su recorrido. Esa caricatura nació cuando Juli era pibito y jodía con eso parodiando a alguna de las amigas de su hermana. Tiene más de treinta años en su cuerpo. La recuperó en Cualca, diez años atrás, y la transformó en su personaje de valija, ese que todos los cómicos quieren crear. Su Chaplín. Su Chapulín. Me conmovía verlo a veces pasar por casa llevando en la mochilita vestuario y peluca, rumbo a algún evento. De ese largo tiempo físico le viene su organicidad. En la actuación, pero sobre todo en la improvisación, en la capacidad de crear contenido, que es lo que puede hacerlo crecer y sostenerlo.
-En “La vis cómica” aparecen cómicos que recorren caminos buscando espectadores. Caro Pardíaco encontró los suyos a través de YouTube, el streaming y ahora Netflix. ¿Ves alguna continuidad entre aquellas formas tradicionales de circulación del humor y estas nuevas maneras de encontrar público?
-Como te decía al principio: el deseo expresivo es un acto inteligente que sabe que solo apareado con el deseo del espectador puede encontrar su cauce. Y si no lo encuentra lo crea. Por eso los actores, por ejemplo, han ido encontrando a través de la historia los medios para fluir de corrido en su arte. Creemos ingenuamente que los autos sacramentales fueron una creación sagrada de la iglesia para ilustrar pasajes de la biblia durante semana santa. Una ñoñez. Surgieron del hambre de las compañías de la época, buscando cómo ganarse el mango durante las fiestas de guardar. Y se transformaron en género. Nada nuevo bajo el sol del teatro.
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