Domingo brumoso. Un día más de bruma en la región, como si el clima hubiese decidido, como en las películas, imitar el estado de ánimo de un pueblo entristecido. Por la partida de un ídolo, por la partida de un faro para quienes no encuentran faros, para aquellos a los que nadie suele hablarles. También, por la sensación de fin de un mundo, de una argentinidad: como escribió Fernando Rosso en Revista Panamá, “se apaga una forma de haber sido jóvenes cuando el país comenzaba a parecerse demasiado a una promesa rota”.
“Se fue el pogo más grande del mundo, ¿qué nos queda?”, lanzaba sin noción tal vez de lo que decía un vecino de Ezpeleta. Ese peso, el de un mundo, el nuestro, que uno ve terminarse, arrastraban los pies, las decenas de miles de pies, que se acercaron ayer al Microestadio Gatica de Villa Domínico a despedir al Carlos Alberto “Indio” Solari. Hubo canto, hubo pogo, banderas, charlas y abrazos, pero en la bruma del domingo lo que más hubo entre los ricoteros fue desazón.
El viernes, en nuestra Plaza Moreno y en la Plaza de Mayo, fue la catarsis: la noche de salir a abrazarse, a encontrarse y gritar. De salir a hacer algo con ese dolor. El sábado empezó a caer la ficha: miles en Comodoro, miles más en sus casas frente a la pantalla, vieron la despedida de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado al Indio sin poder retener las lágrimas. Otros fueron al banderazo en el Obelisco, para ser desalojados por la Policía. Ayer ya la procesión fue a darse con la realidad de bruces.
Algunos llegaron temprano, desde el Obelisco, o acampaban desde que se confirmó la noticia. Las puertas se abrieron para ellos una hora antes de lo previsto, alrededor de las 10 de la mañana: para entonces ya había más de 3 kilómetros de cola, que llegaron a ser más de 7, 70 cuadras de extensión ricotera.
Temprano, la familia tranquilizó avisando que “habrá tiempo para que nadie se quede sin adiós”. La multitud, pese a algunas voces que profetizaban desmanes, fue paciente, y manifestó su dolor en paz, en medio de un importante operativo de seguridad y asistencia para los presentes, aunque algo estaba claro: como ocurría en las misas, la multitud no devenía en caos por la premisa de “cuidarnos entre nosotros” que rige a la familia ricotera.
Por allí, entre vallas, baños químicos y vendedores ambulantes, en silencio, por momentos, con canciones a veces, caminaron por horas bajo una llovizna intermitente los ricoteros. Cada uno que llegaba al último adiós le ofrendaba al Mister flores, remeras de los Redondos, de sus equipos de fútbol. Alguna canción, también. Allí quedaron colocados también los pañuelos blancos de Abuelas de Plaza de Mayo, Madres de Plaza de Mayo e H.I.J.O.S., que lo despidieron: “En nuestra memoria. En nuestra rebeldía”.
El Indio fue para muchos un faro en ese sentido, tejiendo con su música, con sus letras, con sus decisiones artísticas, una carrera intransigente con el mercado, mordaz, y que siempre apuntó al poder. Se viralizó en estos días una vieja entrevista que le realizó Enrique Symns donde vaticinaba que “los psicópatas serán los hombres del siglo XXI”. Pero más allá del título, advertía también en esa charla que “el problema actual del estado de esclavitud del hombre depende exclusivamente de la ignorancia, el desconocimiento que se tiene sobre este orden internacional maffioso”. Se señala a menudo lo críptico de la lírica de Solari: siempre se entendió, sin embargo, que Los Redondos hablaban sobre esos esclavos modernos, y rabiaban contra ese poder mucho más opaco y turbio que las letras de aquellos himnos.
”Hoy es más que emoción. El Indio es como mi viejo, el Indio me enseñó mucho”, dijo Gerardo López, un fanático del cantante. que creció rodeado de “delincuentes y drogadictos” pero El Indio lo ayudó a seguir otro camino. La mayoría de los presentes llevó esa convicción: Solari le habló a los que se descolgaban en este país moldeado por fuertes crisis económicas.
”Acá en Argentina es todo muy cíclico, siempre hay altas y bajas y la música del Indio representa mucho de eso. No importa en qué año estés siempre hay una ocasión en la que un tema del Indio va a representar lo que está sucediendo en el momento”, dijo Alan Ruiz, albañil que realizaba la procesión con un ramo de flores en sus manos. “Nos diste la libertad que nos quitaron tantos gobiernos”, gritó otro ricotero al micrófono de un canal televisivo. “Estábamos necesitando un abrazo colectivo, y el Indio nos dijo que nos lo diéramos hoy”, dijo otra seguidora. Todos querían decir algo, desahogar algo.
Hubo cantos contra Milei, claro, que no autorizó la despedida en espacios oficiales ni dio luto. La familia también realizó un pedido en las redes: que el adiós “no será el momento de sacar afuera la rabia, ni caer en provocaciones, sino de honrarlo”, señaló. De todos modos, hubo, como con casi todos los temas, cruces entre oficialismo y oposición en las redes durante la despedida. También, algún lugar para la interna del peronismo.
Pero todo estuvo atemperado, asordinado. El frío hacía lo suyo, mucho más hacia el atardecer, superadas ya las 8 horas de velorio, pero lo que realmente ocurría es que caía la ficha. De alguna manera, para eso son las despedidas: en algún momento hay que ponerle un punto final al dolor, porque hay que seguir aunque se sienta que no se puede seguir.
“La fila avanza. La gente llega a verlo. Aplaude, llora, le habla, le canta, le tira flores, camisetas, banderas. La despedida del Indio es una rara mezcla de desgarro y agradecimiento eterno. Sigamos despidiéndolo así, tal como merece porque se lo ganó: en familia, en paz, hermanados por la belleza que coló en nuestras vidas”
Flia. Solari
Con esa misión, llegaban ayer ricoteros desde distintos sectores (sociales y geográficos) del país. San Luis, Córdoba, Mendoza, Santa Fe. En la fila, como siempre ocurrió en las misas, todos recordaban los viajes, los delirios, aquel show o aquel otro. Muchos padres llevaron a sus hijos con la convicción de que allí, donde ellos habían sido felices, había algo también para el futuro. “Conocí al Indio de chica gracias a mi papá, con los Redondos, y después de grande continué yo”, recordó emocionada una mujer, que vino desde zona Oeste. “El Indio es familia”, acotó otro, que llegó desde Tierra del Fuego, nada menos.
La fila continuaba al cierre de esta edición, y lejos de de acortarse parecía crecer con nuevos contingentes arribando hacia la tarde. “La fila avanza. La gente llega a verlo. Aplaude, llora, le habla, le canta, le tira flores, camisetas, banderas. La despedida del Indio es una rara mezcla de desgarro y agradecimiento eterno. Sigamos despidiéndolo así, tal como merece porque se lo ganó: en familia, en paz, hermanados por la belleza que coló en nuestras vidas. Hay lugar para todos y todas los que quieran darle forma a su adiós”, escribió la familia a la tarde.
Se estima que la procesión (¿cuántos cientos de miles caminaron por Dominico? Ayer algunas estimaciones señalaban más de un millón) continuará al menos hasta hoy. Después, tal vez, se empezará a disipar el adiós (o tal vez no, tal vez sea eterno), porque habrá que volver a la vida cotidiana, al trabajo, a las obligaciones, a la familia. ¿Sin el Indio? Con el Indio más presente que nunca, o presente como siempre, dicen en la fila los que viajaron kilómetros y caminaron más kilómetros hacia esa última misa. “El Indio”, dijo Roberto Silva, uno más entre la multitud, “no se va a morir nunca. Siempre va a estar con nosotros en los momentos buenos y difíciles”.
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